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Sobre los incendios forestales en España

Échale la culpa al bosque

1. INCIDENCIA DE LOS INCENDIOS FORESTALES

En la Cuenca Mediterránea los incendios forestales son un fenómeno natural que explica las características de los ecosistemas forestales mediterráneos (especialmente los montes de Quercus y las zonas de arbustos), capaces de regenerarse después de un incendio. Las plantas se han adaptado a los incendios naturales desarrollando estrategias como el crecimiento de nuevos brotes, gracias a la supervivencia de algunas estructuras en el subsuelo, o la germinación de semillas que permanecen en las piñas de los pinos y en el banco de semillas del suelo. Por ejemplo, el alcornoque (Quercus suber) y la encina (Quercus ilex) tienen una elevada capacidad de rebrote de cepa, tronco o raíz después de los incendios. Y los bosques de pino carrasco (Pinus halepensis) se recuperan a partir de las semillas de las piñas. La mayoría de los ecosistemas se regeneran de forma natural sin necesidad de intervención humana. Pero el daño puede ser irreparable si la capacidad de recuperación del ecosistema es baja, la frecuencia de incendios es alta o cuando estos están acompañados por otros factores dañinos.

España posee una de las bases de datos sobre incendios forestales más completa de Europa: la Estadística General de Incendios Forestales (EGIF), que recoge información desde 1968. Hasta los años 80 la EGIF se nutría fundamentalmente de incendios ocurridos en terrenos públicos y sobre repoblaciones, aunque también se recopilaban incendios en terrenos privados. Actualmente se registran todos los incendios forestales que tienen lugar en España, con independencia de la titularidad del terreno. Cuando sucede un incendio, los agentes forestales rellenan un formulario, en el que se recogen los datos que pasarán a formar parte de la EGIF.

El número de incendios forestales entre 1968 y 2015 mostró una tendencia cambiante. La evolución fue creciente hasta los años 90, cuando los valores se estabilizaron. El máximo número de incendios se alcanzó en 1996 (25.557), cifra similar a la de 2005 (25.492). A partir de este año se aprecia un descenso acusado hasta situarse en 11.810 incendios en 2015. Si en el decenio 1996-2005 ya se observaba una estabilización en el número de incendios, en el decenio 2001-2010 por primera vez este número mostró una tendencia decreciente, manteniéndose esta evolución en el decenio 2006-2015, si bien con menor intensidad. Entre 2006 y 2015 los incendios anuales oscilaron entre máximos cercanos a 16.000 (como en 2009, 2011 y 2012) y mínimos inferiores a 10.000 (como en 2014, que registró el mínimo del decenio). El 73,73% de los incendios ocurrieron en montes privados y el 26,27% en montes públicos.

Las superficies afectadas por incendios forestales entre 1968 y 2015 tuvieron una evolución similar al número de incendios, aunque con mayor variabilidad interanual y un descenso más temprano. La tendencia fue creciente hasta mediados de los años 80, con un valor máximo de 484.475 ha en 1985. En 1989 y 1994 también se quemaron más de 400.000 ha. A partir de 1994 se produjo un notable descenso, hasta llegar a valores cercanos a 100.000 ha, lo que se explicaría en gran parte por la implantación, desarrollo y mejora de la eficacia de los dispositivos de extinción de incendios forestales autonómicos, tras el traspaso de competencias desde el Estado, así como por las actuaciones preventivas iniciadas en años precedentes. Los factores climáticos estarían detrás de la variación interanual en las superficies quemadas, en especial los periodos de sequía y las olas de calor. En el decenio 2006-2015 ocurrió una cierta estabilización en la superficie forestal afectada. Aunque se alcanzaron valores mínimos históricos, como en 2014 (48.718 ha), el decenio estuvo marcado por el año 2012, con una superficie quemada de 218.957 ha. Igual que en el decenio anterior, la tendencia fue decreciente, especialmente en lo que respecta a la superficie arbolada. De media cada año un 31,8% de la superficie forestal quemada fue arbolada, siendo Pinus halepensis la especie más afectada. Un 23,75% de la superficie forestal que ardió durante el decenio pertenecía a un área protegida.

Una importante característica de los incendios forestales en España es la importante variabilidad interanual en el número de siniestros y en la superficie afectada, por lo que es conveniente analizar series temporales prolongadas. No obstante, en la serie histórica se aprecia una reducción progresiva de los valores medios y extremos, más acusada en el caso de las superficies afectadas (ver en el GRÁFICO 1 los valores máximos alcanzados en los años 80 o 90 frente a los de la última década), y una disminución de la variabilidad en los últimos decenios.

En cuanto a la distribución de los incendios forestales a lo largo del año, en el decenio 2006-2015 el número máximo de siniestros correspondió al mes de Agosto, seguido de Marzo, Julio y Septiembre. Aunque en España los incendios están presentes todo el año, con una elevada incidencia en verano, su repercusión en cuanto a superficie afectada se concentra en los meses de verano.

GRÁFICO 1. Evolución del número de incendios forestales y de las superficies afectadas en España entre 1968 y 2015.

Se denomina conatos a los incendios forestales con una superficie afectada inferior o igual a 1 ha (si afectan a más de 1 ha, reciben el nombre de incendios). Durante el decenio 2006-2015 el porcentaje de conatos respecto al total de incendios continuó aumentando, con un leve incremento respecto al decenio anterior. Este es un dato muy positivo, ya que se explica por la mayor rapidez y efectividad de la intervención de los medios de extinción, lo que evita que los incendios lleguen a ser más graves. Cuanto mayor es el tiempo de llegada al incendio, mayor es la superficie finalmente afectada. La llegada de los primeros medios se produce antes de 15 minutos en el 34,81% de los incendios y en los primeros 45 minutos en el 80,28% de los incendios. Por otra parte, a medida que aumenta el tamaño de los incendios, el tiempo para su extinción es más prolongado. El 17,06% de los incendios se extinguen antes de 1 hora desde su detección, mientras que en las 6 primeras horas se extingue el 84,91% de los incendios, siendo de una superficie media inferior a 3,5 ha. La mayoría de los incendios son controlados rápidamente con la participación exclusiva de medios terrestres (75,90%), sin necesidad de movilizar a los medios aéreos.

Los Grandes Incendios Forestales (GIF) son aquellos con una superficie afectada igual o superior a 500 ha. Al analizar la serie histórica entre 1968 y 2015, se observa que el número de GIF tuvo una tendencia creciente hasta 1985 (año de mayor número de GIF de toda la serie, con 160) y una evolución claramente decreciente hasta la actualidad. En los años 90 el número de GIF disminuyó gradualmente, a consecuencia del importante desarrollo y profesionalización de los dispositivos de extinción autonómicos. Entre los años 2000 y 2009 ocurrieron menos GIF que en los años 70, 80 y 90. Y en el decenio 2006-2015 se alcanzaron los valores más bajos de la serie (6 GIF en 2008 y 7 en 2014), si bien en 2006 se produjeron 58 GIF. La variabilidad interanual del número de GIF se ha reducido con respecto a décadas anteriores.

GRÁFICO 2. Evolución del número total de incendios forestales y del número de GIF entre 1968 y 2015.

En relación a la superficie afectada por GIF entre 1968 y 2015, la variación interanual en la superficie quemada fue menos acusada que en el número de GIF, aunque el año 1994 tuvo un valor especialmente elevado. Ese año estuvo marcado por una ola de calor estival tras un acusado periodo de sequía en buena parte de la Península Ibérica, ocurriendo hasta 88 GIF que afectaron a más de 335.749 ha. En los últimos decenios, con la excepción del año 2012, la superficie afectada por GIF ha disminuido en comparación con los decenios centrales de la serie histórica.

GRÁFICO 3. Evolución de la superficie afectada por GIF entre 1968 y 2015.

La mayoría de GIF afectan a una superficie de 500-1000 ha, siendo también importante el número de GIF de 1000-3000 ha. A medida que aumenta la superficie afectada, se reduce el número de casos. Entre 1970 y 2009 hubo 1.121 GIF entre 500-1000 ha y 565 GIF entre 1000-3000 ha pero solo 136 GIF de más de 3.000 ha. Aunque se aprecia una disminución del número de GIF y de la superficie quemada por estos, parece que en los últimos decenios los GIF que afectan a enormes superficies son más recurrentes que en el pasado. El tamaño medio de los GIF ha sufrido un aumento paulatino desde 1.115,49 ha como valor medio en la década de los 70 a las 1.648,27 ha en los años 2000. Sin embargo, los mayores GIF registrados en toda la serie histórica, con superficies superiores a 28.000 ha, no solo han ocurrido en años recientes, sino también en los inicios de la serie. En 2004 se produjo el mayor incendio forestal del que hay registro (29.867 ha) en Minas de Riotinto y Berrocal, provincias de Huelva y Sevilla. El segundo (28.879 ha) ocurrió en 2012 en Cortes de Pallás (Valencia) y el tercero (28.310 ha) tuvo lugar en 1979, también en la Comunidad Valenciana. En el decenio 2006-2015, se redujo el número de GIF y la superficie afectada por estos respecto al decenio anterior, si bien la superficie media de los GIF aumentó ligeramente.

En cuanto al porcentaje que representan los GIF respecto al número total de incendios ocurridos anualmente, se aprecia una tendencia claramente descendente, desde un 1% en los años 70 hasta un 0,17% entre los años 2000 y 2009. En el decenio 2006-2015 este porcentaje fue de 0,18%. Sin embargo, el porcentaje de la superficie afectada por GIF respecto a la superficie total afectada (37,5% en el periodo 2000-2009) no parece reflejar ninguna tendencia sino una variabilidad interanual muy marcada, influida por la variabilidad climática. En el decenio 2006-2015 este porcentaje fue del 42,87%.

GRÁFICO 4. Evolución del número y las superficies afectadas por GIF en porcentaje respecto a los totales entre 1968 y 2015.

En 2019 el número de incendios forestales en España disminuyó un 10,66% respecto a la media del decenio 2009-2018, con un descenso del 9,90% en el número de conatos y del 12,17% en el de incendios. En cuanto a las superficies afectadas, también han disminuido respecto a la media del último decenio, con un descenso de un 14,20% en superficie arbolada y de un 15,26% en superficie forestal. Desde 2009 se observa una tendencia decreciente en el número de incendios, mientras que la superficie afectada varía mucho de un año a otro, con años buenos y otros malos. Durante 2019 ocurrieron 14 GIF, que supusieron el 34% de la superficie total quemada y el 0,13% del total de incendios ocurridos ese año. Entre 2009-2018 el número de GIF osciló entre los 56 de 2017 y los 3 de 2018, con un promedio de 23 GIF anuales.

Debido a que las cifras nacionales pueden ocultar diferencias regionales, el número de incendios forestales y las superficies quemadas también se analizan por áreas geográficas con una cierta homogeneidad respecto a este fenómeno. El reparto territorial de los incendios en España depende de factores como la diversidad de climas y ecosistemas, que dan lugar a distintos tipos de combustible forestal, así como los diferentes usos practicados en el territorio. La zonificación histórica es la siguiente:

- Noroeste: Galicia, Asturias y Cantabria, así como las provincias de León y Zamora.

- Región Mediterránea: Cataluña, Comunidad Valenciana, Islas Baleares, Murcia y Andalucía.

- Canarias: Islas Canarias.

- Comunidades Interiores: provincias de las CC.AA. interiores, excepto León y Zamora. Actualmente el País Vasco se incluye en esta zona, debido al número, superficie y causalidad de sus incendios.

En el decenio 2006-2015, el 54% de los incendios forestales en España ocurrieron en la zona Noroeste (en 2001-2010 fueron el 62%). Galicia fue la CC.AA. con el mayor número de incendios, seguida por Castilla y León y Asturias. En cada una de estas tres regiones ocurrieron más de 1.000 incendios anuales. Los valores más altos durante el decenio se produjeron en los municipios asturianos de Llanes, Piloña y Cangas de Narcea, con más de 1.000 incendios en cada uno, seguidos por los municipios orensanos de A Gudiña, Viana Do Bolo y A Mezquita, que superaron los 600 incendios en cada uno. La elevada ocurrencia de incendios en estos territorios, donde la intencionalidad es una causa importante, responde en buena medida a un uso tradicional del fuego relacionado con prácticas agropecuarias. Entre las CC.AA. con menos de 200 incendios anuales se encuentran el País Vasco, Murcia, La Rioja y Canarias, mientras que otras regiones como Cantabria, Cataluña, Castilla-La Mancha, Andalucía o Extremadura sufren frecuentemente más de 600 incendios anuales, con una destacada variabilidad interanual.

Considerando la superficie quemada, nuevamente Galicia, Castilla y León y Asturias fueron los tres territorios más afectados, ya que el conjunto de estas tres regiones concentraron casi la mitad de la superficie nacional afectada durante el decenio 2006-2015. Aunque el número medio de incendios en las Comunidades Interiores fue casi el doble que en la Región Mediterránea, las superficies medias afectadas fueron muy similares. Esto se debe a la mayor superficie de los incendios que tienen lugar en la Región Mediterránea, muy influenciados por la continuidad de las masas forestales, la orografía y las condiciones meteorológicas de viento, temperatura y humedad.

En el decenio 2006-2015, las CC.AA. con mayor número de GIF fueron Galicia y Castilla y León, aunque estos no afectaron a enormes superficies. Por el contrario, en la Región Mediterránea y en las Comunidades Interiores se produjeron GIF muy destacados, con una importante contribución a la superficie total afectada. En las Islas Canarias, donde la ocurrencia de incendios es escasa, cuando estos se producen tienen una alta probabilidad de convertirse en GIF, en parte debido a la dificultad de apoyo a la extinción con medios peninsulares.

En 2019 la zona Noroeste fue la que sufrió un mayor número de incendios (un 43,03% del total), seguida por las Comunidades Interiores (38,72%), la Región Mediterránea y Canarias. En relación a la superficie forestal afectada, la zona Noroeste representó el 45,98% del total, seguida por las Comunidades Interiores, la Región Mediterránea y Canarias. El mayor número de conatos correspondió a Galicia, seguida de cerca por Castilla y León (más de 1000 en ambos casos). El mayor número de incendios sucedió en Asturias (864) y Castilla y León (522). En cuanto a la superficie forestal afectada, destacó Asturias. Respecto a la incidencia de GIF, la Región Mediterránea y las Comunidades Interiores experimentaron el mayor número. Las Islas Canarias fue la región más afectada en lo que respecta a la superficie quemada, casi en su totalidad en un único GIF que se produjo en Valleseco (Gran Canaria).

2. CAUSAS DE LOS INCENDIOS FORESTALES

En España las causas de los incendios forestales se clasifican en cinco grandes grupos:

1. Naturales. Provocados por fenómenos naturales. La causa más habitual es el rayo y, de forma anecdótica, las erupciones volcánicas (Islas Canarias) o los meteoritos.

2. Originados por negligencias o accidentes:

2.1. Las negligencias se asocian a actividades humanas que pueden causar un incendio forestal sin que el implicado tenga intención de producirlo, aunque puede haber omitido las medidas de seguridad que impedirían que se produjera.

2.2. Los accidentes se asocian a actividades humanas en las que el implicado no ha podido prever que se iba a producir un incendio forestal.

3. De origen intencionado. Causados por la acción de personas con el fin de generar un incendio forestal.

4. Reproducciones. Originados a partir de un incendio previo. Para que exista reproducción tiene que haber un aumento de la superficie forestal quemada anteriormente, haciendo necesario rellenar un nuevo parte oficial de incendios forestales.

5. Desconocida. Engloba a los incendios cuya causa no ha sido investigada o no ha podido ser determinada.

En el decenio 2006-2015, el porcentaje de incendios forestales con causa conocida fue del 87,88%, valor ligeramente superior al del decenio 2001-2010 (84,62%). El porcentaje de incendios de causa desconocida ha ido reduciéndose de forma continuada desde 1991, hasta situarse en el decenio 2006-2015 en el 12,11%, la cifra más baja de toda la serie histórica. Esta tendencia decreciente se explica por los mayores conocimientos en el campo de la investigación de las causas de los incendios y por la mejora de los dispositivos encargados de investigarlas.

El 80,77% de los incendios forestales del decenio 2006-2015 tuvo un origen antrópico, ya sea debido a negligencias y accidentes (36.809 incendios) o a intencionalidad (69.097 incendios), siendo estas dos causas responsables del 87,35% de la superficie forestal afectada en el decenio (880.408 ha). El rayo, que es la única causa natural relevante en España, solamente provocó el 4,92% de los incendios que tuvieron lugar entre 2006-2015, siendo responsable del 4,55% de la superficie forestal afectada. El porcentaje de los incendios causados por rayos se ha mantenido más o menos constante desde 1968. La incidencia de incendios producidos por rayo se concentra en las Comunidades Interiores y la Región Mediterránea, donde se encuentran las zonas con mayor actividad eléctrica de la Península, como son las sierras turolenses, las sierras de Castellón, las estribaciones del Sistema Ibérico y la Cordillera Costero-Catalana.

Los incendios intencionados fueron los más numerosos en el decenio 2006-2015, representando más de la mitad del total (52,70%) y casi el 60% de la superficie afectada, porcentajes prácticamente idénticos a los del decenio 2001-2010. La disminución del porcentaje de los incendios de causa desconocida desde principios de los años 90 ha ido acompañada de un notable aumento en los incendios clasificados como intencionados. Por su parte, las negligencias y accidentes fueron responsables del 28,07% de los incendios y del 28,11% de la superficie afectada, cifras ligeramente superiores a las del decenio 2001-2010.

Es importante destacar el alto número de incendios intencionados de los que se desconoce la motivación (24,9%) y que supusieron hasta el 15,42% de la superficie forestal afectada en el decenio 2006-2015. Cuando se conocen, las motivaciones de las personas que provocan los incendios intencionados se clasifican en:

1. Obtener beneficios directos.

2. Producir daños a terceros.

3. Prácticas tradicionales inadecuadas.

4. Otras motivaciones.

Las prácticas tradicionales inadecuadas fueron la causa de más del 52,35% de los incendios intencionados y del 27,58% del total de incendios del decenio 2006-2015. Además, fueron responsables de más de 280.149 ha quemadas, es decir, un 27,79% de la superficie total incendiada. Estas prácticas aluden a las quemas provocadas por campesinos para eliminar matorral o residuos agrícolas, por pastores y ganaderos para regenerar pasto, o con objeto de ahuyentar a la fauna silvestre (por ejemplo, jabalíes), que se dejan arder incontroladamente y pasan al monte o que son iniciadas directamente en terreno forestal.

Entre los incendios forestales intencionados cuya motivación es obtener beneficios directos, se puede distinguir entre los provocados para:

- Facilitar la caza: Tienen como finalidad la limpieza del monte para facilitar el movimiento de los cazadores, establecer puestos de tiro o mejorar la visibilidad de las piezas. También se puede perseguir la regeneración de pastos o lograr brotes tiernos para atraer a las especies cinegéticas, forzar el desplazamiento de la caza hacia determinadas zonas o crear pasos para los animales donde puedan cazarse. A veces son provocados por cazadores furtivos.

- Conseguir salarios en la extinción o la restauración: Causados por personas que trabajan o desean trabajar en la prevención y extinción de incendios.

- Lograr que cambie el uso del suelo: Se busca un cambio de uso del suelo de forestal a urbanizable o de forestal a agrario. Lo más habitual es pretender el cambio de uso de forestal a agrario. Este tipo de incendios se han documentado en algunas zonas con una importante producción agrícola, como en el Valle del Jerte en Cáceres para aumentar la superficie de cultivo de cerezos o en Huelva para la producción de fresas y frambuesas.

- Distraer a la Policía o la Guardia Civil: Alguien provoca un incendio forestal como distracción para ocultar la comisión de otro delito, como el contrabando o el furtivismo.

- Favorecer la producción de productos del monte: Por ejemplo, algunas especies de hongos fructifican más fácilmente tras un incendio.

- Otras motivaciones para obtener beneficios directos son “hacer bajar el precio de la madera”, “forzar resoluciones de consorcios o convenios” o “abaratar el precio de un coto”.

Respecto a los incendios forestales intencionados con la motivación de producir daños a terceros, puede tratarse de:

- Vandalismo: El incendiario, sin sufrir un trastorno mental ni tener un interés directo, “prende por prender”, sin razón aparente.

- Venganzas: Es frecuente que se provoquen incendios forestales como venganza contra la Administración o contra particulares. El resentimiento puede deberse a desacuerdos en la concesión de pastos, expropiaciones, repoblaciones forestales, multas, desavenencias por la titularidad pública o privada de los montes, etc. La creación o existencia de un espacio natural protegido a veces también despierta malestar en parte de la población rural y motiva incendios forestales intencionados.

Muchos de los incendios intencionados relacionados con la caza pueden ser clasificados como incendios provocados por venganzas, es decir, tienen su origen en conflictos entre personas y no están vinculados directamente con la práctica cinegética. Estos conflictos pueden darse:

- Entre cazadores y ganaderos: Muchas zonas de caza son a la vez zonas de pasto. Se han dado casos en los que una quema autorizada de matorral para generar pastos se ha escapado a terrenos acotados para caza y, posteriormente, el cazador se ha vengado prendiendo fuego a superficies aprovechables por el ganado.

- Entre cazadores y agricultores: Ocurre en la media veda, cuando el agricultor recoge la paja de los campos de cereal antes de lo deseado por los cazadores, ya que elimina el refugio y zona de cría de especies de caza menor. A veces este hecho ha desencadenado un incendio intencionado por los cazadores sobre el rastrojo en represalia contra el agricultor.

- Entre cazadores, Ayuntamientos y propietarios de fincas colindantes a los cotos: Por ejemplo, establecer un coto privado donde anteriormente la caza era libre o no estaba regulada puede causar el rechazo de los cazadores que viven en el municipio. Si en esa zona se realizaban otros aprovechamientos por los vecinos, como la recolección de espárragos silvestres o caracoles, prohibir esas actividades en el coto privado puede generar rencor. Igualmente, se dan represalias por limitaciones a la caza impuestas por la Administración. En ocasiones los incendios también son debidos a envidias, desavenencias o rencillas entre cazadores.

Otras motivaciones para provocar incendios intencionados son:

- Pirómanos: Un pirómano es una persona que padece piromanía, una enfermedad mental o trastorno de la personalidad poco frecuente. No todo el que provoca un incendio forestal es un pirómano. Para poder afirmar que un incendio ha sido provocado por un pirómano sería necesario identificar al causante y someterlo a una evaluación forense. No hay que confundir a los pirómanos con los incendiarios, que son aquellos que provocan incendios con premeditación por afán de lucro o maldad. La confusión entre pirómano e incendiario tiene como consecuencia que el número de incendios intencionados que son atribuidos a pirómanos sea mayor de lo que debería.

- En las estadísticas oficiales también se indican otras motivaciones, como los incendios provocados “por grupos políticos para crear malestar social” o “para contemplar las labores de extinción”.

Dentro del grupo de incendios originados por negligencias o accidentes, en el decenio 2006-2015 las quemas agrícolas fueron las que mayor porcentaje causaron (19,21% de los incendios de este grupo), seguidas por las quemas para control de vegetación (16,18%), destacando también los incendios originados por quemas ganaderas o para regeneración de pastos (9,95%). Los incendios provocados por motores y máquinas supusieron el 11,72% de este grupo, siendo un 2,93% los producidos por cosechadoras o empacadoras, cuya incidencia es especialmente representativa durante el verano en Castilla y León, Castilla-La Mancha y Aragón. Los incendios causados por fumadores y hogueras o barbacoas representaron solo el 3,29% del total de incendios y el 3,55% de la superficie afectada. Otros factores que pueden causar incendios por accidente o negligencia son los vertederos de basura, las líneas eléctricas que no tienen un buen mantenimiento, la circulación de trenes y automóviles, las maniobras militares o las obras públicas con explosivos.

En cuanto a las diferencias regionales respecto a la causalidad, cabe resaltar los altos porcentajes, tanto en número de incendios como en superficies afectadas, que representó la intencionalidad en la zona Noroeste durante el decenio 2006-2015. En las Comunidades Interiores y la Región Mediterránea hubo porcentajes más similares entre intencionalidad y negligencias o causas accidentales, mientras que las Islas Canarias destacaron por el elevado número de incendios de los que se desconoce la causa. La causalidad a nivel nacional se ve muy influenciada por el peso de la región Noroeste, donde se localizan los mayores porcentajes en el número de incendios y en las superficies quemadas.

3. SOLUCIONES A LOS INCENDIOS FORESTALES

La prevención de los incendios forestales consiste en reducir la probabilidad de que se inicie un fuego o conseguir que los efectos del incendio una vez iniciado sean mínimos. El riesgo de incendio forestal depende del peligro de incendio (la probabilidad de que ocurra) y de la vulnerabilidad (el daño que podría causar). En la región mediterránea europea, las causas directas de los incendios se vinculan en la inmensa mayoría de los casos con las actividades humanas. Las causas indirectas son los factores climáticos, como las altas temperaturas, los periodos de sequía y los vientos fuertes, que también influyen en cómo evolucionan los incendios una vez iniciados. Otro factor importante es la vegetación en su papel como combustible (biomasa y distribución espacial). Por tanto, las posibles soluciones a los incendios forestales en España deben tener en cuenta los tres factores que hacen posible que estos siniestros sucedan: el clima, el ser humano y la vegetación.

3.1. EL CLIMA

El cambio climático va a tener como consecuencia, especialmente en Europa meridional, un aumento de la temperatura y de la frecuencia o gravedad de fenómenos extremos como tormentas, sequías y olas de calor. Los países mediterráneos europeos sufrirán un incremento en la temperatura superior a la media global. El calentamiento será más pronunciado en el sur y en las zonas de interior que en la costa, y alcanzará su máximo durante el verano. Las temperaturas máximas aumentarán más que las temperaturas medias o las mínimas. También se incrementarán los extremos y la variabilidad de la temperatura. Las olas de calor serán más frecuentes, intensas y prolongadas. En cambio, la precipitación anual y el número de días de lluvia disminuirán. Las precipitaciones durante el verano son las que más se reducirán. Al mismo tiempo, las precipitaciones extremas podrían ser más frecuentes. Descenderán la humedad relativa del aire y la cantidad de nubes. Y aumentará la incidencia de días secos y sequías.

La velocidad a la que se está produciendo el cambio climático inducido por los seres humanos está superando la capacidad de adaptación natural de los ecosistemas. Las proyecciones sobre los efectos del cambio climático en las especies forestales de Europa son complejas e inciertas. En el sur de Europa, donde la disponibilidad de agua es un factor crítico, unas sequías más frecuentes durante el verano pueden reducir la productividad y la resistencia de los bosques. En las últimas décadas se ha observado en los países mediterráneos, tras sequías y olas de calor, enfermedades degenerativas y la muerte de varias especies de pino y roble. En España, según datos de 2018, los daños observados en árboles debilitados se debieron principalmente a la sequía. Los resultados de defoliación fueron más favorables que en la campaña anterior pero peores que la media del último quinquenio. En ocasiones, estas condiciones climáticas más secas y cálidas se combinan con factores bióticos negativos (enfermedades y plagas de insectos). Además, en los últimos años ha aumentado en Europa la frecuencia de las tormentas responsables de grandes estragos en los bosques.

Las futuras condiciones meteorológicas en la región mediterránea europea podrían aumentar la probabilidad de que se produzcan incendios forestales graves. La meteorología (temperatura del aire, humedad relativa, viento, precipitaciones) puede ser el componente más relevante de la ignición y propagación de incendios, además de influir en las características de la vegetación como combustible (contenido de agua, temperatura). Por ejemplo, en España la sequía suele ir acompañada de importantes GIF. Por eso, el cambio climático puede suponer un incremento en la severidad y la duración de los periodos de alto riesgo de incendios forestales y un aumento de zonas potencialmente en riesgo de sufrir incendios. Frenar el cambio climático y sus efectos adversos sobre la meteorología es una medida imprescindible para prevenir los incendios forestales en nuestro país.

3.2. EL SER HUMANO

La investigación de las causas de los incendios forestales sucede una vez que estos ocurren pero, al mismo tiempo, es el punto de partida de cualquier programa preventivo. En estas investigaciones participan agentes medioambientales, técnicos especialistas y miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, siendo recomendable que actúen de forma coordinada. Además de intentar reconstruir el incendio desde su origen, se recogen testimonios de los testigos o de personas relacionadas con el siniestro y se analizan las circunstancias de la zona afectada (propiedad del terreno, uso del suelo, actividades humanas, etc.)

En España la mayoría de los incendios forestales intencionados con motivación conocida se deben a la eliminación de matorral y residuos agrícolas. Bajo esta denominación se incluyen la quema de rastrojos, de restos de poda en cultivos leñosos, de hojarasca bajo arbolado, de restos de cultivo para eliminar plagas y enfermedades, así como la quema para eliminar matorral de caminos, linderos, canales de riego, ribazos y fincas abandonadas.

El fuego se ha utilizado tradicionalmente en el medio rural como una herramienta fácil, barata y rápida. La quema de rastrojos se usaba sobre todo en cultivos extensivos de cereal para eliminar los restos del cultivo anterior y se pensaba que, además, facilitaba el arado posterior y eliminaba plagas, enfermedades y malas hierbas. Sin embargo, esta técnica tiene unas importantes desventajas:

- Disminuye la productividad del suelo, ya que este pierde el único aporte de materia orgánica que recibe.

- Elimina la vida animal y vegetal del suelo, que mejora la estructura edáfica.

- Emite CO2 a la atmósfera, agravando el cambio climático.

- Las quemas reiteradas y los aportes de abono convierten al suelo en un mero soporte físico para el cultivo.

- Causa la erosión del suelo y la pérdida de suelo fértil.

- No es un método eficaz para eliminar plagas, ya que a menudo los insectos que se intenta eliminar no se encuentran en los campos de cereal en la época de quema de rastrojos.

Todo lo anterior aconseja el abandono de la quema de rastrojos y su sustitución por métodos alternativos, como la recogida y venta de la paja o la siembra directa sin laboreo o con un laboreo mínimo, ya que mantener los rastrojos del cultivo anterior facilita la infiltración del agua de lluvia y la retención de humedad, aumenta la fauna edáfica, aporta materia orgánica y mejora la estructura del suelo.

Asimismo, el uso del fuego para la regeneración de pastos se remonta a tiempos inmemoriales. En la actualidad, esta es la segunda causa de los incendios forestales intencionados con motivación conocida pero la primera en cuanto a superficie afectada. La gran mayoría de los incendios provocados por esta motivación ocurren en el noroeste peninsular, donde la ganadería extensiva tiene mayor relevancia. Los objetivos de este tipo de incendios son la regeneración de pastos y la eliminación de especies no apetecibles para el ganado, facilitar el tránsito del ganado en zonas de matorral, eliminar especies vegetales que pueden dañar sus mamas y eliminar parásitos (pulgas, garrapatas, etc.)

En general, la legislación española permite la quema de residuos agrícolas y las quemas para pastos fuera de la época de riesgo de incendios, siempre que se cuente con autorización administrativa y se cumplan las prescripciones. Sin embargo, las quemas controladas no son una práctica recomendable según algunos expertos, que opinan que es preferible evitar al máximo el impacto del fuego y proponen otro tipo de tratamientos, como desbroces o pastoreos intensivos. Además, consintiendo las quemas controladas se ayuda a perpetuar la cultura del fuego en el medio rural, cuando existen alternativas más respetuosas con el medio ambiente.

Entre las posibles soluciones para evitar los incendios forestales provocados para eliminar matorrales o residuos agrícolas y para la regeneración de pastos se encuentran el endurecimiento de la legislación, el aumento de la vigilancia o el fomento de las buenas prácticas ambientales mediante primas o condicionando la concesión de ayudas y subvenciones a estas buenas prácticas (por ejemplo, usar los residuos agrarios para obtener energía o compost, en lugar de quemarlos). La educación ambiental también es importante. Hay que tener presente que, aparte del uso del fuego en las labores agrarias, quemar el monte es una costumbre en algunos pueblos, porque lo perciben como “maleza” que limpiar y no lo aprecian. Pensamientos como “A mí los pinos no me dan de comer” pueden ser difíciles de cambiar.

La identificación de los causantes de los incendios forestales sigue siendo una asignatura pendiente en España. A pesar del elevado número de incendios de causa conocida en el decenio 2006-2015, solo se logró identificar al causante en un 17% de los casos (22.312 siniestros). En muchas ocasiones no se encuentran pruebas, ya que un incendio puede iniciarse con un simple mechero. Es destacable el bajo número de incendios intencionados con causante identificado. Según datos oficiales, entre los años 1995 y 2004 solamente se logró identificar al 1% de los autores del total de incendios intencionados. El hecho de que la mayor parte de los incendios forestales en España queden sin castigo incrementa la sensación de impunidad en la población. En cambio, identificar a los culpables tendría un efecto disuasorio, sobre todo si se informara a la población de las penas impuestas.

Los delitos relativos a los incendios forestales se incluyen en el Capítulo II (De los incendios) del Título XVII (De los delitos contra la seguridad colectiva) del Código Penal (Ley Orgánica 10/1995, de 23 de noviembre). El Artículo 352 dice: “Los que incendiaren montes o masas forestales, serán castigados con las penas de prisión de 1 a 5 años y multa de 12 a 18 meses. Si ha existido peligro para la vida o integridad física de las personas, se castigará el hecho conforme a lo dispuesto en el artículo 351, imponiéndose, en todo caso, la pena de multa de 12 a 24 meses”. Dicho Artículo 351 indica: “Los que provocaren un incendio que comporte un peligro para la vida o integridad física de las personas, serán castigados con la pena de prisión de 10 a 20 años”.

Por su parte, el Artículo 353 establece la pena de prisión de 3 a 6 años y multa de 18 a 24 meses cuando el autor actúe para obtener un beneficio económico o cuando el incendio alcance especial gravedad, dándose alguna de las siguientes circunstancias:

- Que afecte a una superficie de considerable importancia.

- Que se deriven grandes o graves efectos erosivos en los suelos.

- Que altere significativamente las condiciones de vida animal o vegetal, o afecte a algún espacio natural protegido.

- Que el incendio afecte a zonas próximas a núcleos de población o a lugares habitados.

- Que el incendio sea provocado en un momento en el que las condiciones climatológicas o del terreno incrementen de forma relevante el riesgo de propagación del mismo.

- En todo caso, cuando se ocasione grave deterioro o destrucción de los recursos afectados.

El Artículo 354 dice: “El que prendiere fuego a montes o masas forestales sin que llegue a propagarse el incendio de los mismos, será castigado con la pena de prisión de 6 meses a 1 año y multa de 6 a 12 meses”. Sin embargo, esta conducta quedará exenta de pena si el incendio no se propaga por la acción voluntaria y positiva de su autor.

De acuerdo con el Artículo 355, “los Jueces o Tribunales podrán acordar que la calificación del suelo en las zonas afectadas por un incendio forestal no pueda modificarse en un plazo de hasta 30 años. Igualmente podrán acordar que se limiten o supriman los usos que se vinieran llevando a cabo en las zonas afectadas por el incendio, así como la intervención administrativa de la madera quemada procedente del incendio”. En el mismo sentido, la Ley de Montes (Ley 21/2015, de 20 de julio, por la que se modifica la Ley 43/2003, de 21 de noviembre, de Montes) prohíbe el cambio de uso forestal en una zona incendiada durante al menos 30 años, lo que ha supuesto un importante avance en la prevención de los incendios con esta motivación.

En el Capítulo II del Código Penal también se incluyen los delitos de incendio en zonas no forestales (Artículo 356: “El que incendiare zonas de vegetación no forestales perjudicando gravemente el medio natural, será castigado con la pena de prisión de 6 meses a 2 años y multa de 6 a 24 meses”) y de incendio en bienes propios (Artículo 357: “El incendiario de bienes propios será castigado con la pena de prisión de 1 a 4 años si tuviere propósito de defraudar o perjudicar a terceros, hubiere causado defraudación o perjuicio, existiere peligro de propagación a edificio, arbolado o plantío ajeno o hubiere perjudicado gravemente las condiciones de la vida silvestre, los bosques o los espacios naturales”).

Según el Artículo 358, si el incendio es provocado por imprudencia grave, este será castigado con la pena inferior en grado, dentro de las previstas en cada uno de los supuestos anteriores. Además, a los delitos del Capítulo II del Código Penal se aplican las siguientes disposiciones (Artículos 338 a 340):

- Cuando las conductas afecten a algún espacio natural protegido, se impondrán las penas superiores en grado a las respectivamente previstas.

- Los jueces o tribunales ordenarán la adopción, a cargo del autor del hecho, de las medidas necesarias encaminadas a restaurar el equilibrio ecológico perturbado, así como de cualquier otra medida cautelar necesaria para la protección de los bienes.

- Si el culpable hubiera procedido voluntariamente a reparar el daño causado, los Jueces y Tribunales le impondrán la pena inferior en grado a las respectivamente previstas.

Durante los primeros años de aplicación de los citados artículos del Código Penal de 1995, las sentencias condenatorias por delito de incendio forestal fueron escasas. Sin embargo, la creación de las fiscalías de Medio Ambiente ha significado un incremento de causas abiertas por este delito. El mayor esfuerzo en la investigación de incendios, la detención de responsables y la celebración de juicios está logrando que el número de sentencias condenatorias haya crecido de manera constante en los últimos años. En 2018 hubo 144 sentencias condenatorias por incendio forestal y 43 absolutorias. Por poner un ejemplo, en una sentencia en Asturias, debido al carácter intencional del incendio, causado sin motivación ni finalidad alguna, a la gran cantidad de superficie afectada y a los perjuicios medioambientales ocasionados derivados de la extensión y de los efectos erosivos para el suelo, el acusado fue condenado por un delito de incendio forestal a una pena de 3 años y 5 meses de prisión y 20 meses de multa con cuota diaria de 18 euros, ascendiendo el total de las indemnizaciones a más de un millón y medio de euros.

Según los datos de incendios forestales con detenido-investigado en 2018, la causa más frecuente de incendios forestales en España fueron las quemas, tanto de residuos y restos forestales o agrícolas como regeneraciones de pasto. En cuanto a los siniestros de origen intencionado, los incendios provocados por “perturbados/pirómanos” fueron el 38,20%, y los causados para “producir daños a terceros” (venganzas, actos vandálicos, etc.) el 12,36%. Los incendios causados por “prácticas tradicionales inadecuadas” (quemas de vegetación para pastos, etc.) alcanzaron el 31,46%.

Como resultado de la intervención policial, en los incendios forestales de 2018 resultaron implicadas un total de 312 personas (31 detenidos y 281 investigados). Llama la atención la diferencia entre el número de personas que son investigadas y las que finalmente son detenidas. Por ejemplo, en Castilla-La Mancha durante 2018 fueron investigadas 13 personas pero no hubo ningún detenido. Por parte de la Guardia Civil, cuerpo policial con mayor responsabilidad a nivel nacional en la investigación de incendios forestales, durante el año 2018 se investigaron 1.754 incendios y el 40,99% de los incendios investigados tuvieron causa esclarecida. Más de la mitad de los incendios en los que se intervino policialmente fueron pequeños conatos, fruto en su mayoría de negligencias durante la realización de trabajos y en prácticas tradicionales inadecuadas con el uso del fuego, causas igualmente aplicables a los incendios superiores a 1 ha de extensión.

Como se observa, existe una discrepancia entre las características de los detenidos-investigados por delito de incendio forestal y la estadística de causalidad derivada de los partes de incendio. Algunos tipos de incendiarios reflejados en los partes de incendio (cazadores, por ejemplo) no aparecen posteriormente entre las personas enjuiciadas o condenadas por este delito. Esto hace pensar que la investigación y la acción de la justicia española se están centrando en ciertos colectivos más fáciles de detener. Sorprende que, según los datos de la Fiscalía de Medio Ambiente, la mayoría de los incendios forestales intencionados con detenido-investigado se deban a pirómanos. En relación con el número de discapacitados psíquicos o personas con trastornos mentales detenidos por este motivo, el Fiscal especial de Incendios Forestales de Galicia afirmó que “es a los que cogemos porque son los únicos que confiesan”. Asimismo, resulta curioso que la mayoría de los incendios investigados por la Guardia Civil se atribuyan a negligencias, quizás porque los incendiarios escapan mientras que los negligentes se quedan, lo que facilita su identificación.

Desde su creación, las fiscalías de Medio Ambiente también han desarrollado una importante actividad en la prevención de los incendios forestales con un enfoque muy interesante: identificar a los responsables de los incendios antes de que estos ocurran. Si desde la Fiscalía se exige a las entidades privadas o públicas que cumplan con sus obligaciones en materia de prevención de los incendios forestales, en caso de que finalmente suceda un incendio el fiscal podrá dirigir la acción penal contra esas entidades, ya que existirá la prueba de incumplimientos previos. Un ejemplo es cuando la Fiscalía se dirige a los responsables públicos o privados de áreas recreativas, líneas eléctricas y vertederos, notificándoles una ilegalidad o riesgo de incendio forestal, e instando a su eliminación o a la adopción de medidas para evitar los incendios. En el caso de que el siniestro llegara a producirse, los responsables de la instalación serían investigados por delito de incendio forestal en grado de imprudencia. De la misma manera, estas fiscalías se han interesado por la problemática de la interfaz urbano-forestal, como el hecho de que algunos Ayuntamientos permitan la proliferación de viviendas unifamiliares, a menudo ilegales, en zonas forestales y sin tomar las medidas preventivas legalmente establecidas.

3.3. LA VEGETACIÓN

Finalmente, además de la importancia del clima y del ser humano, los incendios forestales no existirían si no hubiera vegetación que actúe como combustible. Según algunos autores, la gestión humana de la vegetación susceptible de arder es indispensable para reducir la incidencia de los incendios. Algunas estrategias para gestionar el combustible forestal serían:

- Crear cortafuegos, que es la estrategia más utilizada en Europa.

- Conseguir un paisaje en mosaico agroforestal que reduzca la cantidad de combustible y aumente su discontinuidad, del que formarían parte tanto zonas de pastos como campos de cultivo, que pueden actuar como cortafuegos.

- Sustituir la vegetación más inflamable por tipos de vegetación menos inflamables.

- Practicar la selvicultura con el fin de evitar los incendios en las copas de los árboles, realizando acciones como desbrozar la vegetación superficial, podar los árboles y hacer clareos. Se busca conseguir bosques con una baja densidad de árboles, así como fomentar el vigor y el crecimiento de los árboles individuales para que aumente su resistencia al fuego.

- Realizar quemas prescritas, utilizadas habitualmente en países como Francia, Portugal y España, que también han desarrollado normativas sobre el uso tradicional del fuego.

- Utilizar fitocidas.

En el informe de Greenpeace “Proteger el medio rural es protegernos del fuego”, publicado en 2020, se comparte este punto de vista y se insiste en vincular los incendios forestales con la despoblación rural. En opinión de esta organización ecologista, la despoblación rural y la pérdida de actividad primaria generan territorios con una mayor probabilidad de que se produzcan GIF. Si un campo deja de cultivarse, si una zona deja de pastorearse y si un bosque deja de estar sometido a aprovechamiento forestal, se entiende que ocurre una situación dramática, puesto que ese territorio tendrá una superficie forestal más extensa y una acumulación de vegetación con continuidad horizontal y vertical, lo que hará que el fuego se propague rápidamente y que el incendio alcance mayor intensidad, dificultando su control.

Con el fin de reducir la cantidad de combustible y su continuidad, defienden que debe existir un paisaje en mosaico agroforestal tradicional, para lo que sería necesario reactivar la economía rural y generar “comunidades activas que prevengan y gestionen el riesgo”. Algunas de sus afirmaciones son: “Todo lo que no se gestiona, lo acaba gestionando el fuego” o “Cuidar los pueblos es cuidar nuestros montes”.

Su hilo de pensamiento lógico es el siguiente:

1º) El medio rural se está despoblando.

2º) Como consecuencia de lo anterior, la actividad del sector primario se está abandonando.

3º) Como consecuencia de lo anterior, ha aumentado la superficie forestal (matorral y/o monte bajo).

4º) Como consecuencia de lo anterior, se ha incrementado el riesgo de GIF.

5º) En conclusión, si se quieren prevenir los GIF, la población rural tiene que aumentar y dedicarse a la agricultura, la ganadería extensiva y la selvicultura.

Pero, ¿este vínculo entre despoblación rural y agravamiento de los incendios forestales es real? Vayamos punto por punto.

1º) ¿El medio rural se está despoblando?

Según el informe de Greenpeace, en 1900 había 5,5 millones de personas en las ciudades españolas y su entorno. En 2011 esa cifra había alcanzado los 40,3 millones de personas. Las zonas rurales, en el mismo periodo, pasaron de 9,2 millones de habitantes, a 6,4 millones. Considerando estas cifras, es inevitable preguntarse si el verdadero problema es la despoblación rural o, por el contrario, lo preocupante es la sobrepoblación humana que, además, se concentra en las ciudades.

2º) ¿La actividad del sector primario se está abandonando? ¿Y esto es debido a la despoblación rural?

Como se indica en el Censo agrario (Instituto Nacional de Estadística), el número de explotaciones agrarias en el año 2009 se situó en 989.796, con una disminución del 23,2% respecto a 1999. La Superficie Agrícola Utilizada (SAU) disminuyó en más de 2,4 millones de ha desde 1999 (un 9,2%) y se situó en 23,75 millones de ha. La disminución de la SAU tuvo reflejo tanto en las tierras labradas (-8,43%) como en las tierras para pastos permanentes (-10,58%). En cambio, las unidades de trabajo-año por explotación (UTA media por explotación) registraron un incremento del 7,3% como consecuencia del proceso de concentración y especialización de las explotaciones. Respecto a la ganadería, el número de explotaciones de cada especie de ganado se redujo entre 1999 y 2009. No obstante, el número medio de cabezas por explotación aumentó en todas las especies de ganado.

A la luz de estos datos, ¿es cierto que la actividad agraria se está abandonando o simplemente ha cambiado? Y estos cambios, ¿se deben a una pérdida de población rural o a nuevos modelos económicos? Por ejemplo, el abandono de parcelas también puede explicarse por la reducción de las cuotas de producción de diversos cultivos para evitar excedentes, según establece la política agraria europea. Hoy en día existe una tendencia hacia la intensificación de las explotaciones agrícolas y ganaderas. De hecho, uno de los motivos del éxodo rural de mediados del siglo XX fue que, debido a la mecanización de las labores agrarias, se perdieron muchos puestos de trabajo. Actualmente, con menos superficie agrícola y menos mano de obra que en el pasado, en el campo se produce incluso más de lo necesario. Otro cambio que se está produciendo consiste en la concentración de la propiedad de la tierra en pocas manos, lo que se refleja en un aumento del tamaño de las explotaciones.

3º) ¿La superficie forestal está aumentando? ¿Y esto es debido al abandono de la actividad del sector primario?

El ser humano ha eliminado o modificado gran parte de la cubierta forestal original del planeta. Ahora los bosques ocupan menos del 30% de la superficie terrestre, y esa superficie sigue reduciéndose. Hubo un tiempo en que la mayor parte de Europa estaba cubierta de bosques. Pero hoy en día los bosques no perturbados representan una pequeña parte de toda la superficie forestal europea. Las zonas forestales actuales son el resultado de las decisiones de gestión tomadas en el pasado. La mayoría de los bosques europeos están formados por rodales seminaturales y plantaciones de especies autóctonas o introducidas, con una edad de 60-80 años y compuestos principalmente por una o dos especies arbóreas.

Durante siglos, la abundante población rural española ha supuesto una importante presión sobre el medio forestal. Los bosques se explotaban para aprovechar la leña, la madera o el carbón vegetal. Y se deforestaron grandes áreas arboladas y de matorral para instalar terrenos de cultivo o conseguir pasto para el ganado. Actualmente España es el segundo país con más superficie forestal de la Unión Europea por detrás de Suecia. Según datos de 2018, el 36,5% de la superficie de España es arbolada y el 18,8% es superficie forestal desarbolada. En total, la superficie forestal ocupa el 55,2%. El 44,8% corresponde a superficie no forestal (artificial, cultivos, agua). Las formaciones arboladas con mayor superficie son la dehesa, los encinares y los pinares de pino carrasco.

Los bosques europeos llevan más de 60 años extendiéndose, aunque recientemente a un ritmo más lento. En España la superficie forestal ha aumentado ligeramente entre 2009 y 2018, desde 27.668.268 ha hasta 27.965.808 ha (es decir, 297.540 ha, algo menos que la superficie de Álava). En dicho periodo la superficie forestal pasó de representar un 54,6% a un 55,2% (la superficie arbolada aumentó del 36,1% al 36,5%, mientras que la superficie forestal desarbolada aumentó del 18,5% al 18,8%). La superficie no forestal disminuyó del 45,3% al 44,8%.

Es decir, el incremento en la superficie forestal española en la última década ha sido modesto (imaginemos dividir la superficie de Álava entre la superficie total de nuestro país) y no solo ha aumentado la superficie forestal desarbolada sino también la arbolada, por lo que este aumento no puede explicarse solo por el abandono de tierras de cultivo o de pastos. La reforestación y la plantación de nuevas masas forestales han contribuido a aumentar la superficie forestal en Europa, además de la regeneración natural. En España la superficie repoblada anualmente ha disminuido mucho respecto a las décadas anteriores, ya que la forestación de tierras agrícolas y las repoblaciones protectoras parecen haber quedado en desuso. En cambio, desde 2009 han aumentado las repoblaciones productoras.

4º) ¿El riesgo de GIF se ha incrementado? ¿Y esto es debido al aumento en la superficie forestal?

Como hemos visto anteriormente, según los datos oficiales, en España no se observa una tendencia creciente en el número de GIF, en la superficie afectada por estos ni en el porcentaje que representan los GIF respecto al número total de siniestros. Solo se aprecia cierto aumento en el tamaño medio de los GIF. La probabilidad de que se produzcan GIF de mayor envergadura no solo está relacionada con la existencia de masas forestales continuas sino también con las condiciones meteorológicas, la orografía y la eficacia de los medios de extinción. En España la situación respecto a los GIF es más favorable que en las décadas anteriores, lo que se atribuye a la mejora en los dispositivos de extinción, y los años con mayor incidencia de GIF coinciden con periodos de sequía. Decir que los GIF se producen "porque la vegetación, que actúa como combustible, ocupa enormes extensiones continuas que deben ser fragmentadas para reducir el riesgo”, como se afirma en el informe de Greenpeace, es como echarle la culpa al bosque por existir.

Los tratamientos forestales que consisten en desbroces, podas y clareos solo se recomiendan en los bosques secos. En aquellos con una vegetación poco inflamable, como los bosques caducifolios, es mejor que la densidad sea elevada para maximizar la sombra, la humedad y la protección contra el viento. Además, algunos científicos han señalado que, en condiciones adversas extremas, los resultados obtenidos por la gestión de los combustibles suelen ser muy pobres. Los GIF son poco selectivos y se pueden propagar por cualquier tipo de vegetación, incluyendo las zonas agrícolas y los jardines ornamentales. Es decir, la gestión del combustible puede ser ineficaz para detener la propagación de los incendios forestales.

Otro problema añadido es la dificultad de invertir los recursos necesarios o intervenir en la escala requerida. En España el 73,08% de los montes son privados (20.321.596 ha), mientras que el 26,92% de los montes son públicos (7.486.484 ha). En 2017, solo un 18,33% de la superficie forestal española contaba con un instrumento de ordenación (un 8,5% de los montes privados frente al 38,4% de los públicos), aunque esto supuso un aumento, ya que en 2009 este porcentaje era de un 10,53%. ¿Es realista esperar que algún día toda esta superficie forestal vaya a estar planificada y gestionada por el ser humano, como si se tratase de un gigantesco jardín con un único propietario?

5º) Entonces, ¿los GIF se evitarían si viviera más gente en el medio rural y si esta practicara más agricultura, más ganadería extensiva y más selvicultura?

La repercusión de los incendios forestales de origen natural, en número y superficie, es relativamente muy reducida en España. La gran mayoría de los incendios están directamente relacionados con las actividades humanas. El sector agropecuario, a través de accidentes, negligencias o incendios intencionados, estuvo detrás de más de un tercio de la superficie forestal quemada en el decenio 2006-2015 (más de 360.296 ha, es decir un 34,75% de la superficie afectada). En dicho decenio las prácticas tradicionales inadecuadas causaron al menos 132 GIF.

En el informe de Greenpeace se admite que “la mayor parte de los incendios forestales se producen en zonas donde se acumula población. Cuanta más gente y más actividades de origen humano, más probabilidad de inicio del fuego”. La despoblación rural supone una reducción del riesgo de ignición. Sin embargo, tiene un aspecto negativo que, según esta organización, supera al anterior: el riesgo de propagación. Como no se puede actuar sobre la topografía o la meteorología, factores que influyen en el comportamiento del incendio una vez iniciado, solo cabe realizar acciones preventivas sobre la vegetación. Pero, ¿por qué es más importante el riesgo de propagación que el de ignición? Si no hay ignición, no hay propagación. Y, en cualquier caso, lo cierto es que la propagación la impiden principalmente los dispositivos de extinción, que consiguen que la mayoría de incendios se queden en conatos.

Por otro lado, puede hacerse una crítica al fondo de la cuestión, es decir, a la idea subyacente de que los agricultores, los ganaderos y los selvicultores cuidan del medio ambiente, cuando la realidad suele ser muy distinta. En el informe de Greenpeace se dice que “el despoblamiento del campo y la reducción de la actividad agrícola y ganadera han convertido tierras útiles para el cultivo en un espacio lleno de maleza y matorrales altamente inflamable agravando el riesgo de propagación de los incendios”. Y también que “un paisaje en mosaico agroforestal, con actividades vinculadas al sector primario, es un paisaje más resiliente a los GIF, al cambio climático y a la pérdida de biodiversidad”. Todos estos argumentos se enmarcan en el discurso de la “España vaciada”, tan de moda en los últimos tiempos y que inspira frases discutibles como: “Sin personas que cuiden y amen la tierra, el territorio se convierte en inflamable y muy vulnerable al fenómeno de la desertificación”.

Resulta cínico que nos presentemos como los salvadores del planeta mientras lo destruimos. Somos nosotros quienes provocamos los incendios forestales, el cambio climático, la desertificación y la pérdida de biodiversidad. Fuimos nosotros quienes deforestamos amplias áreas en el pasado para dedicarlas a la agricultura y la ganadería, quienes hicimos una extracción intensiva de madera o leña, y quienes realizamos grandes plantaciones monoespecíficas de árboles. En este último caso, después nos dimos cuenta de que este tipo de plantaciones simplifican el entorno y propician la propagación de incendios forestales y de plagas. Por ejemplo, el pino carrasco forma masas con alta capacidad de propagación del fuego por su estructura arbórea, el abundante contenido en piñas y ramas bajas secas, así como el matorral esclerófilo que forma el sotobosque. Es una muestra más de que, cuando intervenimos en el medio ambiente, no siempre sabemos lo que estamos haciendo ni las consecuencias que nuestras acciones tendrán en el futuro.

A pesar de los errores cometidos, hoy en día se sigue defendiendo que el ser humano gestione el monte. Hay quien dice que actualmente la gestión forestal debe satisfacer las nuevas necesidades de la sociedad, en especial la reducción de los efectos del cambio climático. En el informe de Greenpeace se expone que “en el contexto mediterráneo, existe una necesidad urgente de adaptar las formaciones forestales al cambio climático con el objeto de prevenir incendios catastróficos. Esto significa disminuir la densidad de árboles, reducir el combustible acumulado y crear zonas libres de matorral y arbolado, lo que se conseguirá mediante trabajos manuales, mecánicos y el uso de quemas prescritas. También con pastoreo y ganadería extensiva, adecuando la carga ganadera a la disponibilidad de recursos y respetando la capacidad de renovación del medio”. O sea, como hemos causado el cambio climático, ahora tenemos que reducir los bosques a su mínima expresión para que cuando provoquemos un incendio no nos perjudique demasiado. Además, se da la paradoja de que esas actividades humanas que supuestamente serían tan beneficiosas implican un riesgo de incendio y la emisión de gases de efecto invernadero (GEI).

Como se ha indicado, en 2009 la superficie forestal en España era de 27,67 millones de ha, mientras que la Superficie Agrícola Utilizada (SAU) era de 23,75 millones de ha. Y gran parte de la superficie forestal corresponde a dehesas. Teniendo en cuenta esto, es difícil de entender que se proponga seguir deforestando nuestro país con la excusa de prevenir los incendios forestales, cuando sería más razonable preservar la superficie forestal que queda (más del 40% de la superficie forestal está protegida) y permitir que se recupere después de siglos de abusos por parte de la población humana. Los bosques, por sí mismos, son necesarios porque:

- Albergan una gran biodiversidad.

- Regulan las condiciones meteorológicas a nivel local y regional, principalmente por su papel en el ciclo del agua.

- Protegen las cuencas hidrográficas y regulan el suministro de agua dulce. Los bosques desempeñan un papel fundamental en el almacenamiento, depuración y liberación de agua a las masas de agua superficiales y los acuíferos. Sus suelos retienen grandes cantidades de agua, reduciendo el riesgo de inundaciones.

- Impiden los corrimientos de tierra, los desprendimientos de rocas y los aludes en zonas montañosas.

- Protegen el suelo al prevenir la erosión y la desertificación, especialmente en las zonas montañosas o semiáridas, al limitar la escorrentía y frenar la velocidad del viento. Asimismo, aumentan la profundidad y la fertilidad de los suelos en los que crecen.

- Ayudan a mitigar el cambio climático. Los bosques son sumideros y fuentes de carbono. Por un lado, absorben el CO2 de la atmósfera y lo almacenan en su biomasa y el suelo, actuando como sumideros. Por otro lado, la degradación de los bosques, o su conversión para otros usos, genera emisiones de GEI debido a los incendios, la descomposición de la biomasa o la mineralización de la materia orgánica del suelo, lo que convierte a los bosques en fuentes de CO2. En la actualidad, en Europa el crecimiento forestal es superior a la tala, es decir, los bosques europeos están actuando como sumideros de carbono.

En el informe de Greenpeace se explica que los bosques maduros son más adecuados a las nuevas condiciones de emergencia climática porque son más resistentes a perturbaciones como los incendios forestales, suponiendo una barrera contra el fuego. Además, puesto que el crecimiento de los bosques neutraliza el aumento de las concentraciones de GEI, algunos autores incluso defienden la conveniencia de realizar plantaciones de árboles para crear bosques nuevos que contribuyan a la fijación de carbono. Entonces, ¿lo deseable no sería que aumentara la superficie forestal en España y dejar que las formaciones vegetales evolucionen hacia bosques maduros? ¿El lema no debería ser “Más bosques y menos personas”?

BIBLIOGRAFÍA:

Proteger el medio rural es protegernos del fuego. Hacia paisajes y población resilientes frente a la crisis climática (2020) Greenpeace. 67 pp.

Informe anual 2018 sobre el estado del Patrimonio Natural y de la Biodiversidad en España (2020) Ministerio para la Transición Ecológica. 127 pp.

Los Incendios Forestales en España. Decenio 2006-2015 (2019) Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación. 157 pp. (NOTA: Todos los gráficos que aparecen en el artículo pertenecen a este informe).

Los Incendios Forestales en España (1 enero-31 diciembre 2019). Avance Informativo. Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico. 32 pp.

Memoria 2018 de la Unidad de Medio ambiente de la Fiscalía General del Estado. 156 pp.

Censo Agrario 2009. Nota de prensa (14 de julio de 2011). Instituto Nacional de Estadística. 7 pp.

LIBRO VERDE sobre protección de los bosques e información forestal en la UE: Preparación de los bosques al cambio climático (2010) Comisión Europea. 25 pp.

Enríquez Alcalde, Elsa (2010) Informes técnicos de los grandes incendios, contenido para elaborar una base de datos. Ministerio de Medio Ambiente y Medio Rural y Marino. 29 pp.

Birot, Yves et al. (2009) Convivir con los incendios forestales: lo que nos revela la ciencia. European Forest Institute. Discussion Paper 15. 90 pp.

Incendios forestales ¿El fin de la impunidad? Análisis de las sentencias por delito de incendio forestal en España (2008) Greenpeace. 31 pp.

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