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¿Por qué en la radio nunca se habla de decrecimiento?

Hace tiempo que quería leer sobre el decrecimiento económico. No recuerdo en qué momento escuché hablar de este término, que tan poco se menciona en los medios de comunicación. Buscando referentes de esta corriente en España, suponía que encontraría a economistas posicionados al margen de la teoría económica predominante. Sin embargo, me he topado con un profesor universitario de ciencia política llamado Carlos Taibo que, al parecer, es uno de los principales divulgadores del decrecimiento en este país. Imagino que habrá algún economista español que sea crítico con el sistema socioeconómico actual, aunque todavía no haya conocido a ninguno.

En los últimos meses, denunciar el cambio climático se ha vuelto políticamente correcto. Tanto que incluso en la radio y la televisión se ha empezado a tratar este tema. Ya era hora, teniendo en cuenta que es un fenómeno conocido desde hace más de treinta años. No obstante, algo chirría cuando los periodistas, políticos y economistas que hablan del calentamiento global en los medios de comunicación apoyan al mismo tiempo el discurso del crecimiento económico. ¿Es que es posible combatir el cambio climático sin frenar la producción y el consumo? Ya sea por desconocimiento o por hipocresía, el mensaje que están transmitiendo es incompleto.

Según Serge Latouche, uno de los pensadores más relevantes acerca del decrecimiento, el crecimiento económico se alimenta de un consumismo basado en la publicidad, el crédito (endeudamiento) y la caducidad (obsolescencia programada) de los productos. En la actualidad, la publicidad supone la segunda partida en términos de gasto a nivel planetario, después del armamento. El crédito nos da el dinero necesario para comprar más de lo que podemos. Y la obsolescencia programada provoca que los bienes se estropeen rápida y fácilmente, no siendo posible repararlos, lo que tiene como consecuencia el despilfarro de la energía y las materias primas precisas para su fabricación, así como una enorme generación de residuos.

El crecimiento económico ha conllevado innumerables problemas medioambientales, el agotamiento de los recursos naturales y la explotación de los países más pobres. Además, no ha proporcionado una distribución igualitaria de la riqueza entre los países ni dentro de cada país. De hecho, la globalización capitalista ha aumentado las diferencias sociales. Tampoco ha acabado con el desempleo, ya que buena parte de los beneficios empresariales se destinan a la especulación o los paraísos fiscales, no a la creación de puestos de trabajo. En las sociedades opulentas, la tendencia es aumentar el número de horas de trabajo, a pesar de existir una gran cantidad de personas desempleadas, reducir los salarios y ofrecer condiciones laborales más precarias.

Asimismo, el crecimiento económico no equivale a mayor bienestar para las personas, solo significa un aumento en el Producto Interior Bruto (PIB), que se define como el valor monetario de todos los bienes y servicios finales que produce un país o economía en un periodo de tiempo (normalmente un año o un trimestre). Pero el PIB es un indicador engañoso, ya que realidades indeseables como los accidentes de tráfico, la contaminación ambiental o el gasto militar hacen que aumente porque generan gastos. En cambio, el trabajo voluntario, la buena salud o la conservación del patrimonio natural, al no implicar dinero, no afectan al PIB. El bienestar aumenta con la riqueza hasta que se alcanza cierto nivel de comodidad material. Después, el crecimiento provoca problemas como la contaminación o el estrés. Se ha estimado que a partir de 15000 dólares de renta per cápita (unos 13700 euros) se desvanece la correlación entre el PIB por habitante y el bienestar.

La huella ecológica es la superficie terrestre y marítima que necesitamos para mantener nuestra forma de vida actual. Según cálculos basados en este parámetro, ya en el siglo XVIII sobrepasamos las posibilidades que la Tierra nos ofrece, de modo que no hemos hecho más que aumentar nuestra deuda ecológica desde entonces. Hoy en día la huella ecológica española es de 3,5, lo que significa que para mantener nuestro estilo de vida se necesita 3,5 veces el territorio español. Cada español precisa 6,4 hectáreas, cuando la Tierra solo puede ofrecerle 1,8 hectáreas. Para que el nivel de vida de los europeos se generalizase a toda la población terrestre harían falta tres planetas (siete si se emulara el nivel de vida de estadounidenses y canadienses). Es decir, estamos utilizando recursos que están siendo arrebatados a los países pobres y que no van a estar disponibles para las generaciones futuras.

Se ha dicho que desde 1800 y debido a la industrialización nos encontramos en una nueva era, el Antropoceno, que se caracteriza porque la acción humana está causando profundos cambios en el funcionamiento terrestre que han provocado una crisis ecológica. Puesto que vivimos en un planeta con recursos limitados, no podemos crecer ilimitadamente en términos económicos o poblacionales. Muchos opinan que el planeta se acerca al colapso debido a que el capitalismo global no está teniendo en cuenta los límites al crecimiento, lo que ha causado el cambio climático, el agotamiento de las materias primas (p.ej. petróleo) y la pérdida de biodiversidad.

En estos días ya casi nadie niega la existencia del cambio climático ni que sea producto de la especie humana. Ante esta realidad, ¿qué podemos hacer a nivel individual para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero? Algunos ejemplos son no tener coche, consumir poca carne, no comprar verduras fuera de temporada ni productos desechables, no tener lavavajillas y no hacer viajes largos. Pero a nivel colectivo, las emisiones solo podrán reducirse si disminuye el tamaño de nuestras economías y si estas son reconvertidas. Desgraciadamente, la preocupación de algunos políticos en EE.UU., Canadá y Rusia ante el deshielo en el Ártico es conseguir controlar los yacimientos de petróleo que quedarán al descubierto y accesibles. En el mejor de los casos, las instituciones apuestan por un capitalismo verde, que no supone un cambio del sistema socioeconómico sino que considera la crisis ecológica como una oportunidad de negocio. Por ejemplo, la apuesta por las energías renovables no va a permitir mantener nuestro estilo de vida actual, ya que estas no pueden proporcionar la cantidad de energía que consumimos hoy en día. La única solución sería ahorrar energía.

El decrecimiento no es una teoría o una ideología sino una perspectiva o un enfoque en cuya base se encuentra una crítica al crecimiento económico y el capitalismo. Esta postura aúna el rechazo del modelo económico neoliberal y el reconocimiento de la crisis ecológica. No se trata de defender el Estado del bienestar (capitalismo regulado) sino de acabar con el capitalismo, regulado o desregulado. No es posible un capitalismo decrecentista. El decrecimiento propone reducir la producción y el consumo en los países ricos. No intenta llevar a cero la producción y el consumo sino restaurar el equilibrio con el medio natural. Aboga por distribuir mejor la riqueza en vez de aumentarla. El lema del decrecimiento podría ser: “Podemos vivir mejor con menos”.

En España, la propuesta del decrecimiento irrumpió con la última crisis económica. Sin embargo, los agentes sociales del sistema actual suelen ignorar el decrecimiento, ya sea por considerarlo una extravagancia irrealizable, por opinar que exageran quienes anuncian una catástrofe inminente por una crisis ecológica o por confiar en que aparecerán nuevas tecnologías que solucionarán los problemas. Muchos políticos anteponen los intereses de grandes empresas privadas al bien común. Incluso algunos segmentos de la izquierda y los sindicatos han obviado la existencia de una crisis ecológica y, en lugar de cuestionar el capitalismo que la ha provocado, se han centrado solo en reivindicar aumentos en los salarios, el empleo y las pensiones. Al menos hasta ahora, cuando el cambio climático se ha convertido en un tema candente. Todos estos agentes consideran y transmiten que nuestros problemas se resolverán si mantenemos la senda del crecimiento económico. Al mismo tiempo, los medios de comunicación sostienen el orden establecido y dependen de la publicidad para sobrevivir.

Pongamos un ejemplo para entender las diferencias entre el planteamiento decrecentista y el que defiende el crecimiento económico. En España en las últimas décadas se ha favorecido el automóvil privado, el AVE y el avión frente a otras formas de transporte, a pesar de que el transporte público y el tren convencional son mucho más ecológicos. El automóvil domina el medio urbano, en el que ocupa 1/3 parte del espacio. Además, la mayor velocidad de los desplazamientos ha aumentado el número y extensión de los mismos. En cuanto al AVE, que puede alcanzar 300 km/h, consume nueve veces más energía que otro tren que se mueva a 100 km/h. El AVE ha reducido el tiempo de viaje entre grandes ciudades pero ha empeorado el servicio ferroviario en el medio rural, ya que ha supuesto el cierre de muchas líneas de ferrocarril convencional, argumentando que no eran rentables. Por otro lado, el AVE es caro, por lo que está fuera del alcance de gran parte de los ciudadanos y no ha servido para reducir el tráfico aéreo. Frente a esto, el enfoque decrecentista sostiene que el dinero gastado en megaproyectos como el AVE, aeropuertos o autovías y autopistas debería haberse destinado a modernizar el sistema ferroviario convencional y a mejorar la red de transporte público. Adicionalmente, la reducción de la velocidad máxima en las carreteras supondría una disminución del consumo energético y del número de accidentes.

¿El decrecimiento causaría desempleo? No si conllevara un aumento de las actividades económicas relacionadas con el cuidado del medio ambiente y los servicios sociales. Tampoco si hubiera un reparto del empleo correspondiente a otros sectores económicos que sea necesario mantener. Además, si la actividad productiva de las empresas volviera a asentarse en España se pondría fin a la explotación de los países pobres y se crearían puestos de trabajo. En el caso de la industria automovilística, la reducción en su actividad podría ser compensada por una mayor contratación en el servicio de transporte público. Otros sectores que podrían proporcionar muchos empleos son la rehabilitación de edificios, la reparación y el reciclaje de objetos, la artesanía, la agricultura ecológica, las energías renovables, el alquiler de equipos, los servicios a la infancia y la tercera edad o la administración local.

Quienes apoyan el decrecimiento aún no tienen respuestas para todos los problemas de la sociedad actual pero algunas de sus propuestas son:

- Ciertos sectores económicos deberían reducir su actividad (p.ej. industrias del automóvil, aeronáutica, construcción, turismo y publicidad), mientras que otros tendrían que desaparecer (p.ej. industria militar).
- Reducir el consumo de energía y priorizar las energías renovables.
- El uso razonable de recursos básicos como la electricidad, el gas o el agua sería gratuito o muy barato, mientras que el uso abusivo supondría pagar mucho más que ahora. Por ejemplo, el agua gastada en llenar una piscina o lavar un coche costaría más que la destinada a las tareas domésticas.
- Viajar con menor frecuencia, a lugares más próximos y más despacio.
- Cuestionar la necesidad de tener coche, aunque sea eléctrico.
- Usar menos el coche particular en favor de otras alternativas como el transporte público, la bicicleta, caminar o compartir coche.
- Ofrecer transporte público gratuito.
- Reducir las infraestructuras de transporte.
- Comprar lo menos posible.
- Acudir a comercios locales y dejar de comprar en grandes superficies.
- Comprar productos locales y que hayan sido producidos de forma justa.
- Fabricar en España en lugar de en otros países.
- Producir menos bienes pero que tengan mayor calidad y durabilidad.
- Comprar productos de agricultura ecológica.
- Comprar bienes usados y reparar los que tenemos.
- Compartir algunos bienes con los vecinos (p.ej. lavadora comunitaria).
- Mejorar la autonomía mediante redes de economía social (bancos de tiempo, grupos de consumo, cooperativas, bancos de alimentos, etc.)
- Reutilizar, reciclar y donar bienes.
- Intercambiar (trueque) bienes y servicios.
- Autoproducir en vez de comprar.
- Reducir la jornada laboral mediante el reparto del trabajo entre todos, con lo que se conseguiría reducir el desempleo y disfrutar de más tiempo libre para la vida social y el ocio creativo (no basado en gastar dinero).
- Moderar la población humana mediante el control de la natalidad.
- Establecer una renta básica.
- Extender los servicios sociales universales y gratuitos.

El decrecimiento implica la defensa de valores diferentes a los imperantes en la actualidad. En el caso de Carlos Taibo, él mismo se define como libertario decrecentista, por lo que incorpora un enfoque decrecentista a su postura libertaria. Taibo defiende ideas como la autogestión, la democracia directa, la descentralización y el apoyo mutuo. Considera que la respuesta ante el riesgo de colapso debería ser decrecer, desurbanizar, desindustrializar, rerruralizar, destecnologizar, despatriarcalizar, descomplejizar y descolonizar nuestras sociedades. Según este autor, el decrecimiento rechaza una vida marcada por el consumo, la productividad y la competitividad. Propone desmercantilizar las relaciones humanas y sustituir una sociedad basada en la agresividad y la individualidad por otra basada en la cooperación y la solidaridad. Aprecia el medio rural frente a las grandes ciudades y aboga por recuperar la vida local frente a la globalización. Reivindica la lentitud, por ejemplo en relación con la comida o la educación, así como la sobriedad y la sencillez voluntarias en lo individual. Y respeta los derechos de otras especies de seres vivos.

Reconozco que me ha sorprendido hasta qué punto muchas de las conclusiones a las que he llegado por mi cuenta coinciden con la corriente decrecentista. Estoy de acuerdo con su diagnóstico de la situación y con la mayoría de sus propuestas. No obstante, no creo que todas las personas que encuentran atractiva la perspectiva del decrecimiento compartan necesariamente los mismos valores. Por ejemplo, pienso que alguien a quien le encanta vivir en la ciudad y nunca se iría a un pueblo puede ser decrecentista. Yo misma no me siento identificada con algunas de las ideas que expone Taibo, como cuando dice que es propio de las mujeres prestar apoyo emocional y cuidar amorosamente de niños y ancianos o que las mujeres están más cerca de la Naturaleza porque pueden parir. Tampoco creo que los problemas socioeconómicos actuales sean culpa de los hombres, mientras que las mujeres son solo víctimas del patriarcado, ni que el capitalismo sea un sistema únicamente masculino. No considero que aspectos como la dulzura, la comprensión, la emoción y la gratuidad sean femeninos o que la dureza con uno mismo y los demás, la determinación, la razón y el cálculo sean masculinos. Por otra parte, no coincido con la afirmación de que la gente del medio rural mantiene una relación equilibrada y mutuamente enriquecedora con el medio natural. Tengo la impresión de que idealiza a los pueblos indígenas o la vida rural y que muestra demasiada fe en la sabiduría popular. También pienso que es un error decir que el culpable de nuestros males es el capitalismo, eximiendo de responsabilidad a los ciudadanos que han aceptado este sistema sin cuestionarlo. La única crítica que le haría a Taibo es que su interpretación de la sociedad humana resulta excesivamente dualista, como si esta estuviera compuesta por arquetipos buenos y malos, igual que sucede en los cuentos. Los buenos serían las mujeres, el pueblo, la colectividad, los pobres, el sur, los asalariados o la artesanía. Los malos serían los hombres, la ciudad, la individualidad, los ricos, el norte, los empresarios o la industria. No creo que la realidad sea tan simple. Sin ir más lejos y por motivos obvios me siento obligada a reivindicar que, aunque pueda parecer imposible, existen empresarios con una conciencia social y ecológica sincera.

BIBLIOGRAFÍA:

Taibo, Carlos. 2014. ¿Por qué el decrecimiento? Un ensayo sobre la antesala del colapso. Los Libros del Lince. 203 páginas.

Taibo, Carlos. 2019. El decrecimiento explicado con sencillez. Los Libros de la Catarata. 5ª edición. 125 páginas.