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¿Y si los automóviles desaparecieran de nuestra vida?

Víctimas de nuestro propio invento

El motor de combustión interna se inventó en el siglo XIX. Permite transformar en movimiento la energía procedente de la combustión, utilizando gasóleo o gasolina como combustibles. Probablemente ninguna de las personas que contribuyeron a su desarrollo imaginó las consecuencias que este invento iba a tener sobre nuestra forma de vivir y nuestro entorno en los dos siglos siguientes.

Entre todos los vehículos terrestres, aéreos y acuáticos con un motor de combustión interna que existen actualmente, los vehículos rodados son los que más afectan a nuestra calidad de vida diaria. Y entre todos esos autobuses, coches, motos, furgonetas, camiones, tractores y demás, los que causan más perjuicios son los coches particulares, debido a su gran número. A cambio de disponer de nuestro propio coche, hemos aceptado implícitamente una larga lista de inconvenientes, entre los que se encuentran:

- Pérdida de espacio, que es destinado a infraestructuras (carreteras, aparcamientos, etc.)
- Contaminación acústica
- Contaminación del aire
- Muertos y heridos en accidentes de tráfico
- Atropellos de personas y animales
- Mayor consumo de combustibles fósiles y materias primas
- Generación de residuos (neumáticos, carrocerías, aceite de motor, baterías, etc.)

Habrá quien diga que la solución es sustituir la combustión interna por otras tecnologías supuestamente más benignas. Y, en efecto, la industria automovilística finalmente ha decidido apostar por el motor eléctrico. Es previsible que la sustitución de los motores de combustión por los motores eléctricos mejorará la calidad del aire en las ciudades, disminuirá en cierta medida el nivel de ruido y reducirá el consumo directo de combustibles fósiles. Sin embargo, aunque posiblemente en pocos años hasta los tractores serán eléctricos, la mayoría de los efectos negativos expuestos anteriormente seguirán existiendo y, además, aparecerán otros adicionales asociados a la nueva tecnología, como siempre sucede.

Teniendo en cuenta lo anterior, es inevitable preguntarse: ¿ha merecido la pena? Los medios de transporte motorizados nos han proporcionado libertad para viajar de forma rápida y cómoda. También han facilitado el comercio nacional e internacional. Sin embargo, hemos pagado un elevado coste por disfrutar de estas ventajas. Cerremos los ojos y probemos a visualizar un mundo sin automóviles. Lo primero que llama la atención es la ausencia de ruido, el silencio. Lo segundo es que desaparece la prisa por llegar a alguna otra parte. ¿Es el invento el que crea la necesidad o solo la satisface? 

Es difícil cuestionar ideas tan extendidas y socialmente aceptadas como “tienes que tener coche” y “ya que lo tienes, debes usarlo en lugar de caminar o utilizar otros medios de transporte”. Sobre todo cuando hay intereses económicos detrás que incitan a las personas a actuar de una determinada manera. Fabricar automóviles ha demostrado ser un negocio lucrativo. Con la venta de automóviles ocurre lo mismo que con la economía en general. La expectativa es que su volumen aumente año tras año. Una persona, un coche (como mínimo). Las campañas de publicidad para conseguir este objetivo son inmisericordes. Gracias a ellas el automóvil no se percibe solo como una herramienta útil que nos facilita el día a día. Para muchas personas es un elemento importante de la imagen social que proyectan. Para otras es un juguete de adultos, que forma parte de una cierta concepción del ocio que a menudo implica conducir a gran velocidad y con música a todo volumen.

Tengo coche y lo considero un bien muy preciado. Sin embargo, cada día estoy más convencida de que el automóvil ha sido un pésimo invento. Y los problemas que conlleva se agravan por el uso generalizado y abusivo que hacemos de él. Pero, ¿cómo eliminar este hábito tan arraigado en nuestro estilo de vida actual? A menos que la población mundial comience a decrecer, la solución al exceso de automóviles pasaría por un aumento del número de personas sin automóvil propio o por una disminución del uso que cada persona hace del suyo. Que levante la mano quien esté dispuesto a renunciar a su coche por el bien común. ¿Nadie? Bueno, quizás era mucho pedir. Está bien. Que levante la mano quien se comprometa a reducir el uso de su coche particular. ¿He visto una mano por ahí?

En el Campo de Montiel no llueve desde hace varios meses y el estado de los recursos hídricos es preocupante. Sin embargo, la gente sigue limpiando sus coches en los lavaderos automáticos. Es un círculo vicioso. Cuanto menos llueve, más sucios están los coches. Y cuanto más sucios están los coches, más agua se desperdicia en los lavaderos para limpiarlos. Un vez más. ¿Quién es capaz de lavar su coche a mano, con un cubo y un trapo, minimizando así el gasto de agua? ¿Quién renuncia a la comodidad por la conciencia medioambiental?

Sea como sea, la solución va a depender tanto de las decisiones de los ciudadanos como de la planificación y gestión de las Administraciones públicas. Por ejemplo, algunas personas que viven en grandes ciudades eligen no tener un vehículo propio porque se dan cuenta de que no lo necesitan. Pero, ¿qué pasa con los pueblos? Que la Administración tendría que mejorar muchísimo el servicio de autobuses y de trenes para que fuera viable moderar el uso del coche particular. No obstante, el cambio en el modelo de movilidad debería ser más amplio y abarcar a todos los vehículos rodados y a otros medios de transporte, incluidos los aviones y los barcos. Por ejemplo, si la Administración potenciara el transporte ferroviario de mercancías frente al transporte por carretera disminuiría el número de camiones y furgonetas. Y sería deseable que los ciudadanos comenzaran a tener en consideración los impactos ambientales negativos de sus viajes de ocio en avión o en barco, cada vez más de moda.

Puedo imaginar un futuro en el que circulen tan pocos automóviles que empiecen a sobrar carreteras. Veo máquinas y operarios desmantelando autopistas, en lugar de trabajar ampliando continuamente la red viaria. Veo crecer la hierba y emerger a las lombrices de tierra allí donde se ha retirado el asfalto. Sonrío al pensar en mí misma estando en casa con las ventanas abiertas sin oír continuamente el ruido del tráfico. Disfruto con la idea de observar a los gatos paseando por las calles del pueblo sin riesgo de ser atropellados. ¿Llegaremos a vivir esta realidad? Limitar voluntariamente el consumo de vehículos motorizados sería lo más inteligente pero significaría ir en contra de la lógica del beneficio económico y de la recompensa inmediata. También sabemos de sobra que fumar tabaco, beber alcohol o comer carne procesada es perjudicial y, aun así, estos productos siguen fabricándose y hay muchas personas que los compran. De modo que sería ingenuo esperar que el sistema de transporte cambie por iniciativa de las empresas que se lucran del mismo o por la rebeldía de una gran parte de la población. Entonces, ¿alguien con responsabilidades públicas se atreverá a ir contracorriente y a restringir el uso de los vehículos motorizados? El desenlace de esta situación insostenible es una de las incógnitas más decisivas que nos depara el futuro.