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Los argumentos científicos a favor de la caza

De un tiempo a esta parte el sector cinegético y algunos científicos están haciendo esfuerzos por demostrar que la caza es compatible con el bienestar animal. Esto se lograría mediante el enriquecimiento ambiental de los cotos y asegurando una “muerte ética” a los animales, es decir, una muerte rápida que no prolongue la agonía. Además, están intentando darle un barniz de sostenibilidad, quizás pensando que así la caza conseguirá una mayor aceptación social. En mi opinión y dejando a un lado las consideraciones éticas, para que la caza llegara a ser sostenible tendría que cambiar tanto que habría que llamarla de otra manera. Vamos a hacer un repaso de las malas prácticas cinegéticas, todas ellas legales, que incluso los científicos que defienden esta actividad reconocen que tienen lugar en España:

1)    Muchos métodos de caza perjudican a las especies silvestres que son objeto de la misma:

Algunas de estas especies se crían en granjas intensivas y luego se liberan en los cotos de caza para que sean abatidas. Por ejemplo, la suelta de perdices de granja (con frecuencia híbridos de perdiz roja con perdices alóctonas) en los cotos perjudica gravemente a las poblaciones naturales de perdiz roja, que han sufrido un declive en las últimas décadas. Del mismo modo, la demanda cinegética ha promovido la proliferación de granjas de codorniz japonesa, cuya liberación tiene efectos negativos para la codorniz común. Además, estas aves de granja no están adaptadas al medio natural y sufren una mortalidad muy elevada.

En algunas Comunidades Autónomas, incluida Castilla-La Mancha, se permite la caza de perdiz roja con reclamo. Esta práctica tiene lugar en la época de celo de las perdices y consiste en utilizar un macho enjaulado para que atraiga a sus congéneres machos y hembras mediante su reclamo. Al matar a las perdices que se acercan, se impide que estas se reproduzcan, lo que afecta negativamente a su población.

La caza en media veda se autoriza en verano y consiste en cazar aves migratorias antes de que inicien su migración del otoño. El problema radica en que no se sabe con certeza en qué fecha finaliza el periodo reproductor de las distintas especies, por lo que habitualmente la media veda se inicia antes de que este termine.

En cuanto al conejo, ni los cupos de caza (número de ejemplares que cada cazador puede matar en un día) ni los periodos hábiles se ajustan al principio de sostenibilidad, ya que no han variado desde los tiempos previos a la mixomatosis y la enfermedad hemorrágica vírica, que provocaron su declive poblacional. Las recomendaciones para una caza sostenible del conejo que se desprenden de los estudios científicos no se tienen en cuenta en las normativas ni se han llevado a la práctica.

Los cazadores deportivos no abaten a los individuos más viejos o débiles sino a los ejemplares adultos más sanos, grandes y fuertes. Esto sucede sobre todo en la caza mayor, en la que se busca coleccionar trofeos de caza. Como consecuencia, estos animales no pueden seguir teniendo descendencia y las especies cinegéticas corren el riesgo de sufrir un deterioro en su acervo genético.

2)    Los métodos tradicionales para el control de depredadores, que buscan capturar especies generalistas como los zorros o las urracas para evitar que se alimenten de las especies objeto de caza, son poco eficaces y poco selectivos, ya que existe el riesgo de que se capture a otras especies como el lince ibérico o el gato montés (p.ej. jaulas-trampa o lazos para zorros). Asimismo, no está demostrado que este control de los depredadores naturales sea necesario ni que tenga un efecto positivo sobre las especies presa.

3)    El uso de munición de plomo causa la contaminación del medio natural, además de suponer un riesgo de intoxicación de los animales silvestres y de las personas que se alimentan de carne de caza, que pueden llegar a sufrir plumbismo.

4)    La introducción de especies exóticas de interés cinegético (muflón europeo, arruí, faisán, etc.) a veces puede alterar el equilibrio del ecosistema y reducir las poblaciones de especies autóctonas.

5)    El cierre de algunos cotos mediante cercados evita que la caza mayor abandone el coto pero al mismo tiempo impide la libre circulación de la fauna silvestre, provocando un efecto barrera.

6)    Por último, no hay que olvidar que también hay cazadores que realizan prácticas ilegales, como el uso de cebos envenenados, o incívicas, como tirar basura en el monte.

Y ahora vamos a reflexionar un poco sobre los argumentos a favor de la caza que estos mismos científicos exponen:

1)    Proporciona beneficios económicos y puestos de trabajo en el medio rural:

Esta es la madre del cordero, el dinero. En Castilla-La Mancha más del 90% del territorio está dedicado a la actividad cinegética, exclusivamente o junto a la agricultura y la ganadería. En el conjunto de España los terrenos cinegéticos ocupan el 62% de la superficie y un 70% de ellos pertenecen a los cotos privados. Se ha estimado que el beneficio total supera los 3.000 millones de euros anuales, mientras que el número de puestos de trabajo que dependen de la caza varía mucho según la fuente, aunque serían unos 30.000 empleos directos.

De acuerdo. Pero que una actividad económica sea rentable no justifica que se permita si existen razones éticas, medioambientales o sociales que aconsejen prohibirla. Hay multitud de negocios que aportan enormes ganancias y, sin embargo, son ilegales. Por otro lado, cabe preguntarse cómo se reparten esos beneficios de la actividad cinegética y qué porcentaje llega a los trabajadores y a los municipios rurales. ¿Y quién dice que no hay alternativas a la caza? A un circo que ya no podía utilizar animales se le ocurrió un espectáculo con hologramas que ha tenido un gran éxito. Los cambios a veces son a mejor.

2)    Gracias a ella se han conservado muchos espacios naturales en España:

En el círculo de la aristocracia, los gobernantes y las clases adineradas siempre ha estado bien visto cazar por placer. Caza deportiva la llaman. Por eso históricamente se han reservado para esta práctica los mejores espacios naturales que, como consecuencia, han llegado a nuestros días en un estado de conservación más favorable que si hubieran sido transformados para dedicarlos a otros fines. Ahora algunos de estos lugares son Parques Nacionales, Parques Naturales o cuentan con otra figura de protección legal, a pesar de lo cual se sigue cazando en ellos. Otros continúan siendo Cotos o Reservas de Caza nacionales o autonómicos. Por ejemplo, en el Parque Nacional de Cabañeros los cotos privados ocupan el 45% de la superficie, mientras que en los terrenos públicos se realizan monterías de ciervo y jabalí, lo que implica el corte de una ruta senderista. Sin embargo, está previsto que, tras la moratoria actual, la caza deportiva deje de estar permitida en Cabañeros en el año 2020.

Asumiendo que la caza ha contribuido en cierta medida a preservar estos espacios naturales, y aunque es difícil encontrar información sobre el impacto de la caza sobre las especies protegidas que conviven con las especies cinegéticas, es lógico pensar que los disparos, la presencia de personas y el tráfico de coches por los caminos como mínimo deben causarles molestias que intentarán evitar. Y no es descabellado imaginar que un cierto número de ejemplares de estas especies protegidas morirán cada temporada víctimas de errores o de la caza furtiva. Todo indica que ha llegado el momento de dar las gracias a los cazadores y decirles que ya no tienen que seguir velando por estos lugares, que la sociedad ha aprendido a valorarlos por otros motivos y que pueden continuar visitándolos pero desarmados. Vivimos en un país del Primer Mundo. Si se quiere, hay dinero para gastar en la protección del medio ambiente.

3)    Es necesaria para la gestión sostenible del medio natural:

Continuamente se dice que la caza impide que las poblaciones de algunas especies como los jabalíes aumenten tanto que destruirían el ecosistema. En realidad el medio natural no le importa a casi nadie. Lo que de verdad quieren decir es que no se puede tolerar que la fauna silvestre perjudique a los agricultores, los ganaderos, el propio negocio cinegético y los automovilistas. Algo huele mal en la ciencia cuando el autor anónimo de un texto divulgativo publicado en la web de un centro del CSIC comienza su argumentación a favor de la caza invocando a la libertad personal, la “pasión por cazar”, la tradición, la cultura, el ocio, las ganancias económicas y los puestos de trabajo. Y solo después, quizás obligado a ofrecer una justificación basada en la biología o la ecología, el autor recurre a lo del control de plagas. No es serio defender que hay que matar a ciertas especies porque hay sobreabundancia sin haber realizado estudios previos que respondan a las siguientes preguntas:

-    ¿Hay un exceso poblacional? ¿Cuál sería la población óptima? ¿En base a qué criterios: ecológicos o antrópicos?
-    ¿Por qué hay un exceso poblacional? ¿Cuáles son las causas?
-    ¿Este exceso desaparecerá de forma natural sin necesidad de intervención humana?
-    Si es necesario intervenir, ¿puede disminuir la población actuando sobre las causas que provocaron el exceso?
-    ¿Es absolutamente ineludible matar a los animales?

Siempre se ha cazado a todo carnívoro, herbívoro u omnívoro que nos molestara o nos proporcionara recursos (pieles, carne, etc.), o simplemente por diversión. Así diezmamos las poblaciones de muchas especies silvestres en nuestro país (lobos, osos, urogallos y un largo etcétera), que además sufrieron la degradación, reducción y fragmentación de su hábitat. Por ejemplo, la actividad cinegética tuvo un efecto muy negativo en la población ibérica de avutardas, que también se vio perjudicada por otros factores antrópicos (p.ej. la expansión del regadío). En España cada año se mataban más de 2000 avutardas, lo que causó una importante regresión de esta especie hasta la prohibición de su caza en 1980. En Castilla-La Mancha se cazaron 962 avutardas entre 1969 y 1970 (según los datos oficiales y sin contar la provincia de Albacete). Solo en Ciudad Real, unas 20 personas mataron más de 100 avutardas al año. Si tenemos en cuenta que la población estimada de avutarda común en Castilla-La Mancha, según un estudio publicado en el año 2005, es de 3100-3300 individuos, podemos hacernos una idea de la gran amenaza que supuso la actividad cinegética para la conservación de estas aves, aún más teniendo en cuenta que actualmente al menos la mitad de la población mundial de avutardas se concentra en la Península Ibérica.

Y para más inri, como algunas presas han perdido a sus depredadores naturales y han encontrado en nuestro medio antrópico un espacio cómodo para vivir, decimos que tenemos que cazarlas porque “la caza es un servicio al ecosistema y a la sociedad” y es nuestro deber “recoger la cosecha de caza anual”. ¿No sería mejor prohibir la caza y dejar que los depredadores se recuperen y hagan lo que saben hacer? La excusa de la sobreabundancia no es creíble. ¿Es que en España se cazan lobos, zorros o perdices porque hay sobrepoblación? ¿Qué altruismo puede haber en matar avefrías, tordos y otras aves migratorias durante su estancia en nuestra península?

Hay numerosos ejemplos de las desastrosas consecuencias de la gestión humana sobre el medio ambiente. Uno de los más sangrantes, si hablamos de científicos y cazadores, es la historia que comenzó en Australia a mediados del siglo XIX, cuando un cazador introdujo al conejo, una especie exótica, para matarlo por deporte. Como en ese continente no había ningún depredador que se los comiera, la población de conejos aumentó extraordinariamente y esta especie fue declarada como plaga. Los australianos intentaron exterminar a los conejos disparándoles, envenenándoles y de otras formas, pero nada funcionaba. Los zorros, otra especie exótica introducida en Australia con fines cinegéticos, estaban demasiado ocupados atacando a los marsupiales endémicos. De modo que, ya en el siglo XX, los científicos propusieron introducir en el medio natural el virus de la mixomatosis, originario de Sudamérica, y esta enfermedad mató a casi todos los conejos. Entonces un médico francés pensó: voy a hacer lo mismo aquí en Francia, solo una pequeña prueba, no pasará nada. Y acabó causando la muerte de más del 90% de los conejos, no solo de Francia sino también de otros países europeos como España. Esto llevó al borde de la extinción a los depredadores naturales del conejo en el ecosistema mediterráneo, como el águila imperial o el lince ibérico. Con el tiempo los conejos australianos y europeos empezaron a desarrollar inmunidad al virus de la mixomatosis y las poblaciones crecieron de nuevo. Lejos de haber aprendido de sus errores, los científicos decidieron volver a equivocarse utilizando otro virus, el de la enfermedad hemorrágica del conejo. Actualmente en España la mixomatosis y la enfermedad hemorrágica afectan negativamente a las poblaciones de conejo, además de causarles una muerte dolorosa. Y la mixomatosis también ha empezado a dañar gravemente a las poblaciones de liebre de la Península Ibérica.

No se trata de demonizar a los cazadores o a los científicos. Cualquier sector social es susceptible de meter la pata y causar sufrimiento a los animales silvestres al intervenir en el medio natural, hasta los ecologistas y los departamentos públicos de medio ambiente. A pesar de que hay evidencias científicas de que el arruí, una especie exótica que fue introducida en Murcia en los años 70, no tiene efectos ecológicos negativos, varias asociaciones ecologistas han promovido su exterminio en esa región porque insisten en que es una especie invasora. Como resultado, se han realizado cacerías indiscriminadas con la intervención de agentes forestales. En cambio, los cazadores se oponen a estas matanzas porque el arruí es una especie cinegética y no les interesa que desaparezca.

Asimismo, en el Parque Nacional de Cabañeros los técnicos de medio ambiente capturan animales en vivo, que se venden a fincas privadas o a empresas que comercializan la carne. Esto se hace supuestamente para equilibrar el ecosistema mediante la gestión de las poblaciones. Si el control que ejercemos sobre el medio natural es tan intenso que hemos llegado a creer que su buen funcionamiento depende de que las personas lo gestionemos como si fuera un zoológico, una granja o un jardín, entonces solo se puede concluir que la plaga somos nosotros. Hace tiempo que se está alertando de que el nivel al que ha llegado la población humana es insostenible para el planeta. Lo más honesto si de verdad queremos alcanzar la sostenibilidad sería que nos centrásemos en reducir nuestra propia sobreabundancia.

¿Cómo puede afirmarse que los efectos ambientales y sociales de la prohibición de la caza en España serían negativos si no hay estudios que lo demuestren? ¿Por qué no hacemos el experimento, igual que han hecho otros países como Costa Rica, y vemos lo que pasa? Esa sería la manera científica de abordar la cuestión. Porque si la otra opción es esperar que una mayoría de seres humanos respeten la sostenibilidad y el bienestar animal cuando explotan o controlan el medio ambiente, antes veremos a los cerdos volar.

BIBLIOGRAFÍA:

Cassinello Roldán, Jorge. 2013. La caza como recurso renovable y la conservación de la naturaleza. Consejo Superior de Investigaciones Científicas / Los Libros de la Catarata. 135 páginas.

Martínez, Carmen. 2005. Distribución, abundancia, requerimientos de hábitat y conservación de aves esteparias de interés especial en Castilla-La Mancha. Monografías del Museo Nacional de Ciencias Naturales. Consejo Superior de Investigaciones Científicas. 140 páginas.

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Posted in: Fauna silvestre