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Minería de tierras raras

Las tierras raras son un grupo de 17 elementos químicos: escandio, itrio y los 15 elementos del grupo de los lantánidos: lantano, cerio, praseodimio, neodimio, prometio, samario, europio, gadolinio, terbio, disprosio, holmio, erbio, tulio, iterbio y lutecio. Contrariamente a lo que su nombre sugiere, son abundantes en la corteza terrestre. Solo el prometio, un elemento radiactivo con una vida media inferior a tres años, es extremadamente raro en nuestro planeta. Están presentes en varios minerales, como la monacita, un fosfato de tierras raras y torio.

Hoy en día estos elementos químicos tienen aplicaciones extraordinariamente diversas. Aparecen en productos tan distintos como la fibra óptica, la pintura anticorrosiva o los billetes de 50 euros. Son muy utilizados en la fabricación de artículos tecnológicos cotidianos como ordenadores, teléfonos inteligentes o televisores. También se usan en la industria militar para fabricar bombas, aviones de combate o gafas de visión nocturna. Tienen aplicaciones médicas, por ejemplo forman parte de los láseres que se usan en cirujía ocular. Además, son importantes para el desarrollo de algunas tecnologías consideradas de bajo impacto ambiental, como los coches híbridos y eléctricos o los aerogeneradores. El mayor consumo de tierras raras se debe a los imanes, puesto que aumentan su potencia.

Las tierras raras se consideran un recurso crítico para la Unión Europea debido a su relevancia para la industria y a que su suministro depende de países no europeos. Sin embargo, aún no hay ninguna mina de tierras raras en Europa y la mayor parte de los minerales se importan de China, que es el principal productor mundial, hasta el punto de haber disfrutado de un monopolio casi total hasta hace pocos años. Esto se ha debido no solo a las abundantes reservas chinas de estos elementos, sino también a sus reducidos costes de extracción, que se explican por el empleo de mano de obra barata, la minería ilegal y la falta de interés por los daños medioambientales derivados de la minería de tierras raras.

Tanto la extracción como el procesamiento de las tierras raras causan un elevado impacto ambiental. La extracción de estos elementos se hace en grandes minas a cielo abierto y para su procesamiento se requieren productos químicos contaminantes. Su producción genera emisiones de dióxido de azufre, ácido sulfúrico, ácido fluorhídrico y polvo concentrado, así como agua residual ácida. Además, en los minerales de los que se extraen es común la presencia de elementos radiactivos como el torio o el uranio. Las acumulaciones de estos minerales también liberan gases radiactivos como el radón. La minería de tierras raras se localiza principalmente al sur de China y en Mongolia, donde se encuentra el área minera de Baotou, que sufre graves problemas de contaminación del aire, el suelo y el agua. Allí los lodos tóxicos derivados del proceso de obtención de estos elementos forman un enorme lago negro artificial.

Hace unos años China redujo la exportación de tierras raras, supuestamente debido a la lucha contra la minería ilegal y a una mayor preocupación por proteger el medio ambiente, lo que causó un fuerte incremento de los precios. Al mismo tiempo, el gobierno chino empezó a utilizar este recurso como arma geopolítica, amenazando con cortar el suministro si los países compradores no actuaban según su deseo.

Por ello, en los últimos tiempos algunos países que son grandes consumidores de estos elementos y dependen de China para abastecerse, como Estados Unidos o Japón, han comenzado a impulsar proyectos de extracción de tierras raras por su cuenta, con el fin de evitar que China pueda controlar el precio mundial. En cuanto a la UE, también ha crecido su interés por extraer estos minerales en territorio europeo. Los yacimientos de tierras raras más conocidos están en Escandinavia y Groenlandia, pero hay muchas otras zonas que están siendo exploradas, incluida España.

Por ejemplo, desde el año 2013 se han otorgado varios permisos de investigación minera en la provincia de Ciudad Real para determinar la concentración de tierras raras, en concreto de monacita. Posteriormente la empresa española Quantum Minería S.L. inició los trámites para la explotación de la primera mina europea de monacita en la comarca del Campo de Montiel, en los municipios de Torrenueva y Torre de Juan Abad. Además, se presentaron proyectos de investigación para este tipo de minerales en las localidades de Valdepeñas, Manzanares, Santa Cruz de Mudela, Membrilla, Moral de Calatrava, San Carlos del Valle, Alhambra y Navas de Estena, lo que demuestra el interés por llevar a cabo esta actividad minera en toda la provincia.

No obstante, el principal inconveniente para la creación de explotaciones de tierras raras en Europa, a pesar de su importancia crítica, es que no resulta rentable. Las restricciones chinas incentivaron la apertura de nuevas minas en otros países, el diseño de nuevos modelos que requieren una menor cantidad de estos elementos, el reciclaje de productos con tierras raras y la sustitución por materiales alternativos. Como consecuencia, el precio de estos elementos volvió a bajar. Y estas explotaciones requieren mucha inversión. De hecho, se considera que la mejor estrategia para Europa sería centrarse en reciclar mucho, y abrir solamente una o dos minas de tierras raras en su territorio.

Pero más allá de la rentabilidad, este tipo de proyectos en España se han encontrado con otro problema: la oposición ciudadana. Se ha dicho que estas empresas buscan lugares donde la población no proteste. Y esos lugares son más difíciles de encontrar en el Primer Mundo, donde las personas tienen herramientas para defender sus derechos y sus intereses sin jugarse la vida.

En el Campo de Montiel, distintos sectores sociales (agricultores, científicos, ecologistas, etc.) se movilizaron durante muchos meses en contra del proyecto de la mina a cielo abierto de tierras raras. Finalmente, el gobierno castellano-manchego emitió una declaración de impacto ambiental del proyecto desfavorable y, a finales de 2017, se publicó la denegación de la concesión de explotación de la mina, a causa de su inviabilidad ambiental. Los argumentos fundamentales fueron la afección a la biodiversidad (la zona cuenta con espacios naturales protegidos y en ella viven varias especies amenazadas como el lince ibérico) y la falta de recursos hídricos para ser destinados a esa actividad.

A nadie le gusta que le destrocen las tierras, que le contaminen el agua y el suelo o que le expongan a la radiactividad. Ni a un español ni a un chino. Podemos decir: “mientras no me afecte a mí” o bien “ojos que no ven, corazón que no siente”. Y seguir cambiando de móvil cada año. O comprar un coche eléctrico sin preguntarnos cómo va a generarse la energía necesaria para que funcione o cómo se fabrica su batería. Creyéndonos la publicidad engañosa de los empresarios y políticos que no ven el cambio climático como un problema a resolver sino como una nueva oportunidad de negocio. Podemos seguir consumiendo sin remordimientos. Eso sí, siempre y cuando las consecuencias las sufran otros. O podemos hacer otras cosas como:

- Informarnos del ciclo de vida de los productos que compramos.
- Elegir a los fabricantes que garanticen que el origen de las materias primas sea legal y que tengan en cuenta los aspectos medioambientales y sociales.
- Evitar el consumismo.
- Llevar a un Punto Limpio los artículos que tengamos que desechar.

Es decir, podemos esforzarnos para que no estropeen nuestro patio. Y tampoco el de otras personas.

BIBLIOGRAFÍA: Prego Reboredo, Ricardo. 2019. Las tierras raras. Consejo Superior de Investigaciones Científicas / Los Libros de la Catarata. 141 páginas.