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Las Tablas de Daimiel

Historia de un humedal que no se rinde

En la Mancha, la más extensa de las llanuras peninsulares, se encuentra un complejo palustre formado por decenas de lagunas, muchas de ellas amenazadas de desaparición, que se conoce como la “Mancha húmeda”. En el Campo de San Juan predominan las lagunas endorreicas, acumulaciones de agua en depresiones del terreno que suelen tener un carácter salino. En el Campo de Montiel se encuentran las Lagunas de Ruidera, que son el mejor ejemplo de las de origen travertínico. Las más escasas se forman por la acumulación de agua en cráteres de antiguos volcanes, existiendo algunos ejemplos en el Campo de Calatrava. Por último, están las llanuras de inundación, que tienen su origen en el desbordamiento de los ríos en sus tramos medios y que se conocen en la región como “tablas”. Las “tablas” eran el ecosistema palustre más característico de la Mancha, donde estaba muy bien representado hasta hace pocos años: las Tablas del Záncara, de Villarta de San Juan, de Arenas de San Juan, de Villarrubia de los Ojos, etc. Y entre todas ellas destacaban las Tablas de Daimiel.

Las Tablas de Daimiel están enclavadas en esta gran llanura, la Llanura Manchega, entre los términos municipales de Daimiel y Villarrubia de los Ojos (Ciudad Real). Se trata de un humedal prácticamente único en Europa y el último representante en nuestro país del ecosistema denominado tablas fluviales, antaño característico de la llanura central de la Península Ibérica. Las Tablas son un ecosistema complejo, formado por la combinación de una llanura de inundación, producida por el desbordamiento de los ríos Gigüela y Guadiana, y la zona de descarga de un acuífero de gran tamaño, el acuífero 23. La zona de confluencia de estos dos ríos, al situarse en una suave depresión del terreno y sobre rocas calizas, da lugar a una amplia laguna fluvial, con aportes de agua subterránea procedentes del acuífero. La característica principal de este sistema hidrológico es que con pequeños volúmenes de agua se consigue una gran superficie de terreno inundado, cuya profundidad media es inferior a un metro.

El funcionamiento en régimen natural era el siguiente: el Gigüela, que es un río con carácter estacional procedente de la serranía conquense, inundaba la llanura durante el invierno, mientras que el Guadiana, con carácter permanente, aportaba agua dulce del acuífero durante todo el año desde los Ojos del Guadiana. Las Tablas también recibían aportes continuos de agua, debido a la proximidad del nivel freático a la superficie, por medio de los numerosos «ojos» y «ojillos», en las zonas donde el nivel de agua subterránea cortaba la superficie del terreno. Este fenómeno generaba un área inundada de gran extensión durante casi todo el año. El agua, al recibir aportes de dos fuentes distintas, tenía una composición química muy peculiar. Las aguas procedentes del río Gigüela, que en su recorrido atraviesa margas y yesos, eran más salinas. Mientras que las del río Guadiana, procedentes de la descarga del acuífero, eran dulces. La interacción entre aportaciones de aguas superficiales y subterráneas con distintas características químicas y diferente estacionalidad favorecía que el humedal tuviera una gran diversidad ecológica.

El clima en las Tablas de Daimiel se caracteriza por veranos calurosos e inviernos fríos, con frecuentes días de niebla. Las precipitaciones son escasas y las lluvias principales suelen ocurrir en invierno, primavera y otoño. Este humedal está situado en la zona terminal de la Cuenca Alta del Guadiana, recibiendo todas las aguas procedentes del drenaje de la misma. La extensión de la cuenca es de aproximadamente 13.000 km2. La red hidrográfica principal la forman los ríos Gigüela, Záncara, Azuer y Alto Guadiana, todos ellos con unas características y funcionamiento estacional similar. Hasta hace unos años los aportes superficiales que recibían Las Tablas procedían del Gigüela, del Azuer y del Guadiana (procedente de los Ojos). No obstante, el clima relativamente árido de esta zona genera unos recursos hídricos muy reducidos, lo que confiere una gran importancia a las aguas subterráneas, las cuales suponían hasta hace poco más del 70% de los aportes totales al humedal. El acuífero de la Llanura Manchega Occidental, denominado «acuífero 23» o unidad hidrogeológica «04.04», es una gran bolsa de agua subterránea que tiene una extensión de unos 5.000 km2. Las Tablas se sitúan sobre un sustrato calizo que actúa como una esponja y puede funcionar como rebosadero natural del acuífero que hay debajo. De hecho, el karst que se encuentra bajo La Mancha es el mayor de cuantos se conocen en nuestro país. Antiguamente el río Guadiana, tras nacer en las Lagunas de Ruidera y en su discurrir hacia Las Tablas, se filtraba poco a poco en las calizas hasta desaparecer completamente en Argamasilla de Alba, renaciendo a 50 km al oeste a partir de los Ojos del Guadiana.

El equilibrio del ser humano con el humedal se rompió hace décadas. Las primeras referencias históricas acerca de Las Tablas de Daimiel destacaban sus cualidades para la práctica de la caza. Los más renombrados personajes de la política y la aristocracia española cazaron en las Tablas, que en 1966 se convirtieron en Reserva Nacional de Caza. El complejo palustre manchego era conocido internacionalmente por su importancia para las aves acuáticas. Sin embargo, en España seguía imperando la consideración de estos ecosistemas como áreas improductivas e insanas debido al paludismo. En aplicación de una Ley de 1956 sobre «Saneamiento y colonización de los terrenos pantanosos que se extienden inmediatos a las márgenes de los ríos Guadiana, Gigüela, Záncara y afluentes de estos dos últimos, en las provincias de Ciudad Real, Toledo y Cuenca», en los años sesenta se puso en marcha un gran proyecto con la intención de desecar y poner en cultivo gran parte de las zonas palustres manchegas. Se abrieron canales de drenaje, se profundizaron lechos de ríos, se canalizaron cauces, se eliminaron meandros, etc. Como resultado se alteró profundamente el sistema hidrológico de la cuenca alta del Guadiana y sus humedales, causando la práctica desaparición de las tablas fluviales y las vegas asociadas. Sin embargo, una parte de la sociedad se movilizó para oponerse a que continuara la destrucción del humedal, especialmente Adena (la actual WWF España), lo que llevó a la protección de una pequeña superficie, que fue declarada Parque Nacional en 1973.

Por desgracia, las actuaciones para desecar la “Mancha húmeda” precedieron a la sobreexplotación de las aguas subterráneas del acuífero 23 para el regadío. En los años setenta, la transformación agrícola significó un aumento considerable de la superficie de regadío, al sustituirse los cultivos de secano tradicionales como cereales, olivar y vid, por otros que demandan una dotación de agua mucho mayor, como el maíz y la remolacha. El volumen de agua extraído del acuífero era muy superior a la recarga anual, lo que provocó un descenso del nivel freático y la anulación de todos los manantiales y fuentes existentes en la zona, causando la desaparición de los Ojos del Guadiana y afectando negativamente a Las Tablas de Daimiel. En pocos años el tramo superior del río Guadiana quedó definitivamente seco, produciéndose un desastre ecológico y geológico de graves consecuencias.

Desde 1974 hasta 1987, la superficie dedicada al regadío utilizando el agua del acuífero manchego pasó de 30.000 a 125.000 hectáreas. El volumen extraído del acuífero llegó a suponer el triple de lo que entraba y la cifra de uso para riego se triplicó desde 1970. Las consecuencias fueron el descenso del nivel freático hasta 35 metros en algunas zonas y la modificación del flujo subterráneo: originalmente el sentido de flujo subterráneo se dirigía hacia los Ojos del Guadiana y las Tablas de Daimiel y en la actualidad el Parque se ha convertido en una zona de recarga del acuífero. Esta recesión de los recursos hídricos ha provocado que los niveles de inundación de Las Tablas sean variables y decrecientes durante las últimas décadas. La pauta general solía ser de máximos en primavera y mínimos, sin desecación total, hacia el final del verano. En la actualidad, la tendencia es de máximos en invierno y desecación, en ocasiones casi total, en verano. La actual falta de aportes hídricos subterráneos, antaño permanentes, hace depender hidrológicamente al humedal de los aportes del Gigüela, río estacional que en los momentos de máxima sequía no llega a nutrir al Parque Nacional con sus caudales. Además, la calidad de las aguas de Las Tablas ha empeorado desde la década de los 70. Las aguas residuales urbanas e industriales, así como los abonos y productos fitosanitarios utilizados por la agricultura son las principales fuentes de contaminación. La situación actual ha provocado un aumento en los niveles de eutrofia. Esta disminución de la cantidad y calidad del agua afecta negativamente al Parque Nacional desde hace muchos años.

En el verano de 2009 las Tablas de Daimiel sufrieron su peor crisis ambiental. La turba es el sedimento principal que rellena el interior del Parque. Tras un periodo de cinco años con Las Tablas completamente secas, las turberas sufrieron un doble proceso de degradación. En primer lugar, la turba se contrajo y redujo su volumen, lo que originó profundas grietas y colapsos del terreno. En segundo lugar, a través de estas grietas la materia orgánica acumulada durante miles de años bajo el agua entró en contacto con el oxígeno del aire, dando lugar a la oxidación de la materia orgánica. Esta reacción química aumentó la temperatura y originó la combustión soterrada y lenta de las turberas. Este proceso global de degradación de las turberas implica una pérdida de estructura, una reducción drástica de su capacidad de retención del agua y un aumento de la velocidad de infiltración del agua. La imposibilidad de retener el agua superficial llegó a comprometer el futuro de Las Tablas como humedal.

A lo largo de los años, las administraciones han puesto en marcha diversas medidas para intentar restaurar el funcionamiento natural del ecosistema. Por ejemplo, en la década de los 80 se elaboró el Plan de Regeneración Hídrica del Parque Nacional, con el fin de mantener unos niveles de inundación mínimos al final de la estación seca. Una de las actuaciones más relevantes para la recuperación del Parque ha sido la utilización de las aguas procedentes del trasvase Tajo-Segura, lo que ha permitido aumentar la superficie de inundación. No obstante, la recuperación de los aportes naturales de aguas superficiales y del acuífero 23 tiene una importancia vital para la supervivencia del humedal.

Tras su declaración como Parque Nacional en 1973, los valores naturales de las Tablas de Daimiel han motivado su protección como Reserva de la Biosfera, Humedal de Importancia Internacional por el Convenio de Ramsar, así como Lugar de Importancia Comunitaria (LIC) y Zona de Especial Protección para las Aves (ZEPA), por lo que forma parte de la Red Natura 2000 de la Unión Europea. Como es conocido, las Tablas de Daimiel constituyen un hábitat excepcional para la avifauna. Más de doscientas especies de aves pueblan el humedal a lo largo del año. Algunas de ellas utilizan esta zona para invernar, mientras que para otras es un lugar de nidificación y cría. Las Tablas están situadas en las rutas migratorias de miles de aves, que las usan como estación de descanso y alimentación. Existen también especies sedentarias, que pueden verse durante todo el año. La riqueza de anfibios, reptiles, peces, mamíferos e invertebrados es igualmente impresionante. En cuanto a la flora, en este enclave aún es posible contemplar el masegar más importante de la España peninsular. Otra de las formaciones vegetales destacadas del Parque son las praderas de carófitos formadas por ovas, plantas subacuáticas del género Chara, que tapizan los fondos inundados y que constituyen una fuente alimenticia para la avifauna ligada al medio acuático. Además, en las Tablas los tarayes forman pequeños bosques y están representados algunos taxones de Limonium endémicos de Castilla-La Mancha.

La conservación de las Tablas de Daimiel y, en general, de la “Mancha húmeda”, pende de un hilo. Este es el más pequeño y frágil de nuestros Parques Nacionales. Como muestra, la foto que acompaña a este texto, que tomé el 16 de Abril del 2019 desde la torre del itinerario denominado “LA TORRE DE PRADO ANCHO”. En los otros dos itinerarios con los que cuenta el Parque para ser recorridos a pie (“LA ISLA DEL PAN” y “LA LAGUNA PERMANENTE”) había agua, aunque muy escasa en algunas zonas. Lo que no impidió poder apreciar la belleza de este humedal y la gran cantidad y diversidad de vida que alberga.

BIBLIOGRAFÍA:

Información obtenida de la página web del Ministerio para la Transición Ecológica, en el apartado dedicado a la Red de Parques Nacionales.

Tag: humedales

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