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La prehistoria como parte del paisaje natural

Con el tiempo, la cultura se convierte en geología

La Prehistoria en la Península Ibérica comprende el periodo de tiempo entre la aparición de los primeros seres humanos (género Homo), presentes en esta península desde hace al menos 1,4 millones de años (según la datación de un diente de leche fosilizado, el Niño de Orce), y la aparición de la escritura. Se distinguen dos etapas prehistóricas: la Edad de Piedra y la Edad de los Metales.

En la Edad de Piedra (Paleolítico y Neolítico) los seres humanos utilizaban piedras, madera y huesos para elaborar sus herramientas. Durante el Paleolítico eran nómadas cazadores-recolectores que vivían en cuevas formando pequeños grupos (clanes), vestían pieles, usaban el fuego y elaboraban pinturas rupestres. Posteriormente, en el Neolítico se hicieron más sedentarios, comenzaron a practicar la agricultura y domesticaron algunos animales, aprendieron a construir viviendas y a fabricar tejidos con fibras vegetales, descubrieron la alfarería y se aficionaron a erigir monumentos megalíticos como los dólmenes.

La Edad de los Metales, caracterizada por la aparición de la metalurgia, se inició hace unos 5000 años y se divide en la Edad de Cobre (o Calcolítico), la Edad de Bronce y la Edad de Hierro. A lo largo de este periodo prehistórico existieron varias culturas en la península, que ocuparon territorios definidos.

- A la Edad de Cobre pertenecen la cultura de Los Millares, localizada en el SE peninsular, y la cultura de Vila Nova, en la desembocadura del río Tajo.

- Durante la Edad de Bronce se desarrolló la cultura de El Argar (argárica) en el SE peninsular, así como el denominado Bronce Manchego o Cultura de las Motillas, que se extendió principalmente por las actuales provincias de Ciudad Real y Albacete. Estas dos culturas mantuvieron relaciones importantes.

- En la Edad de Hierro la Península Ibérica quedó dividida en dos zonas culturales, como consecuencia de la llegada de varios pueblos colonizadores (fenicios, cartagineses, griegos y celtas). En el E y S peninsular se asentaban los pueblos iberos, descendientes de las culturas de la Edad de Bronce que recibieron la influencia de otras culturas mediterráneas como la griega. En cambio, el N, O y centro peninsular quedaron habitados mayoritariamente por los pueblos celtas procedentes del norte del continente europeo, si bien en ese territorio persistieron algunas culturas preexistentes distintas a la ibera. En el espacio donde estas dos zonas se solapaban vivían los celtíberos, fruto de la interacción entre ambas. La Edad de Hierro (considerada protohistórica) finalizó con la conquista romana de Hispania (que duró 200 años y terminó el año 19 a.C.) y el comienzo de la romanización de la península.

Pero volvamos un poco hacia atrás, antes de que los romanos impusieran su dominio por la fuerza y nos obligaran a aprender latín en la escuela. Regresemos a la Edad de los Metales y a las personas que habitaban la llanura manchega en esa época, en concreto a los pobladores de la parte oriental de la actual provincia de Ciudad Real. En esa etapa prehistórica, en esta zona la cultura humana experimentó muchos cambios, desde la existencia de pequeñas aldeas calcolíticas hasta el desarrollo de los grandes oppida oretanos que dominaron todo el territorio.

Edad de Cobre

A diferencia de lo que ocurre en otras áreas peninsulares, la Edad de Cobre en Ciudad Real todavía no ha sido caracterizada adecuadamente y la información disponible sobre este periodo es escasa. No obstante, se sabe que en aquel entonces esta zona estaba habitada, ya que sus pobladores dejaron algunas pinturas rupestres y un pequeño número de yacimientos arqueológicos. En el Campo de Montiel existen varios yacimientos calcolíticos, como los poblados en altura de El Castellón y el Cerro de los Conejos o el monumento funerario de Castillejo del Bonete.

El yacimiento de El Castellón se encuentra dentro del término municipal de Villanueva de los Infantes (Ciudad Real), a unos 3 km de su casco urbano y próximo a la carretera que une esta localidad con Montiel. Está localizado sobre una elevación del terreno de unos 50 m sobre el nivel del valle del río Jabalón, con laderas de fuerte pendiente y farallones de roca en la cima, que proporcionan una muralla defensiva natural y una superficie plana que forma una típica mesa. Su ubicación es estratégica, puesto que permite observar la cuenca alta del río Jabalón.

Este asentamiento fue ocupado durante largos periodos de tiempo por dos culturas muy diferentes, primero en la Edad de Cobre y el Bronce inicial (aprox. 2500 a.C.) y después en la Edad Media, cuando se alzaba en este lugar la aldea de Peñaflor. Entre los restos calcolíticos hallados en las distintas campañas arqueológicas que se han realizado desde la década de 1980 destacan los cuchillitos de sílex y las puntas de flecha romboidales. Los objetos de piedra pulimentada son poco abundantes y están representados por fragmentos de hachas de pequeño tamaño. También se han encontrado piezas cerámicas hechas a mano así como algunos objetos de adorno, como una cuenta de collar de ámbar y un botón de marfil de perforación en V. El material más abundante y el que más caracteriza al yacimiento consiste en fragmentos cerámicos campaniformes decorados del “Grupo Dornajos”. Todas las cerámicas decoradas del yacimiento destacan por sus acabados muy cuidados. Respecto a su ocupación durante la Edad Media, se ha encontrado una necrópolis medieval vinculada a la aldea de Peñaflor.

Se piensa que los habitantes de este asentamiento en la Edad de Cobre debieron mantener contactos con otros poblamientos próximos y que existía una ruta comercial en la que estarían implicados los grupos humanos asentados en el valle del río Jabalón. Además, las vías naturales de comunicación hacia Andalucía y Levante, por los pasos de Sierra Morena y la Sierra de Alcaraz respectivamente, habrían permitido el intercambio con otros núcleos humanos de esas regiones. Por tanto, el yacimiento de El Castellón puede representar un punto importante en las rutas del Calcolítico a través de la altiplanicie del Campo de Montiel.

Asimismo, el Cerro de los Conejos pertenece al municipio de Villanueva de los Infantes y se sitúa en el valle del Jabalón, muy próximo al cauce de este río a su paso por el Santuario de Nuestra Señora de la Antigua. Estudios realizados a principios de la década de 1980 revelaron que este lugar estuvo habitado entre la Edad de Cobre y los inicios de la Edad de Bronce. Igual que ocurre con El Castellón, se trata de un cerro aislado con una cúspide rocosa plana y con laderas de fuerte pendiente, que actúan como defensas naturales. Entre los restos hallados pueden citarse cuchillos y puntas de flecha de sílex o cerámicas hechas a mano de color terroso o negruzco, con impresiones de uñas y dedos.

En cuanto al yacimiento arqueológico del Castillejo del Bonete, se encuentra en el municipio de Terrinches (Ciudad Real). En 2014 fue declarado Bien de Interés Cultural como Zona Arqueológica y actualmente puede visitarse con guía. Está localizado en las estribaciones de Sierra Morena, entre las cuencas del Guadiana y del Guadalquivir, y pertenece a la cuenca hidrológica del río Guadalquivir. Se ubica en un lugar dotado de amplia visibilidad y cerca de un corredor natural que comunica el alto valle del Guadalquivir con la Submeseta Sur.

El Castillejo del Bonete es un complejo funerario de origen calcolítico, aunque continuó siendo utilizado en la Edad de Bronce, que consiste en varias construcciones organizadas encima y alrededor de una sima natural. Se trataría de un espacio monumental, en la tradición de los túmulos prehistóricos, donde desde tiempos neolíticos los seres humanos han enterrado ofrendas y a algunos difuntos. En su interior se han encontrado restos humanos, depósitos de ofrendas (p. ej. cuchillos) y pinturas rupestres. Recientemente se ha propuesto que en este complejo debía rendirse culto al Sol. Tanto su ubicación como las alineaciones definidas por sus muros sugieren que se prestaba especial atención a acontecimientos astronómicos como el amanecer del solsticio de invierno.

Edad de Bronce

Durante mucho tiempo se consideró que el actual territorio castellano-manchego no tuvo relevancia en la cultura de la Edad de Bronce. Sin embargo, en los años 70 del siglo XX investigadores de la Universidad de Granada comenzaron una serie de campañas arqueológicas, que dieron como resultado el descubrimiento de un complejo cultural con personalidad propia, al que se denominó Cultura de las Motillas. Ahora se sabe que el paisaje de La Mancha estaba muy humanizado en ese periodo prehistórico y que su población era elevada en comparación con otras áreas. Hoy en día se conocen numerosos yacimientos de esa época, que consisten en pequeños poblados.

Actualmente el término “Cultura de las Motillas” ha sido sustituido por “Bronce de La Mancha” (2200-1300 a.C.), ya que las motillas coexistieron con otro tipo de construcciones como los poblados en altura, normalmente fortificados y situados sobre una elevación natural de difícil acceso (castellones o morras), los campos de silos en zonas llanas para almacenar alimentos, las cuevas o los monumentos funerarios. El topónimo utilizado para describir una pequeña elevación natural o artificial es “motilla” en Ciudad Real, “morra” en Albacete y “mota” en Cuenca, lo que puede dar lugar a confusión.

Las motillas de La Mancha son unas construcciones únicas en el mundo. No existe ningún caso similar en la Península Ibérica. Se trata de fortificaciones con varias murallas concéntricas, a menudo dispuestas rodeando a una torre central. Están localizadas en zonas llanas, en las vegas de los ríos o en humedales. Curiosamente, las motillas fueron consideradas accidentes geográficos hasta el siglo XIX y túmulos funerarios hasta la segunda mitad del siglo XX. No fue hasta finales del siglo pasado cuando se realizaron las primeras excavaciones arqueológicas y ya en el siglo XXI se han identificado como fortificaciones con una importante función de gestión y control de los recursos. Son las fortificaciones más antiguas que se conservan en Castilla-La Mancha.

Actualmente se conocen más de 30 motillas en Castilla-La Mancha. La mayoría de ellas se ubican en la provincia de Ciudad Real, aunque también hay ejemplos en Albacete, Cuenca y Toledo. Por desgracia, muchas han sido desmanteladas o arrasadas, incluso en tiempos recientes, mientras que otras permanecen en el abandono. Llama la atención la inexistencia de motillas en ciertas áreas, como la cuenca del río Jabalón o gran parte del Campo de Montiel, zonas tradicionalmente adscritas a la cultura del Bronce de La Mancha. En cambio, en el entorno de las Tablas de Daimiel, donde confluye el río Guadiana con sus afluentes Gigüela y Azuer, existe una notable concentración de motillas, mayor que en otros lugares. La más estudiada ha sido la Motilla del Azuer, debido a sus grandes dimensiones y a que no tiene superposiciones de otros periodos históricos. Desde 1974 la Universidad de Granada ha desarrollado varias campañas de excavación y restauración. De hecho, este es el yacimiento más investigado de toda la Edad de Bronce en La Mancha. Recientemente se han llevado a cabo actuaciones con el objetivo de preservar y poner en valor este patrimonio arqueológico. En el año 2013 este yacimiento fue declarado Bien de Interés Cultural, con categoría de Zona Arqueológica, y actualmente se realizan visitas guiadas y otras actividades para darlo a conocer.

La Motilla del Azuer se sitúa en la vega del río Azuer, a unos 10 km al E del casco urbano de Daimiel (Ciudad Real). Fue construida en 2200 a.C. y estuvo habitada durante 900 años, hasta abandonarse hacia 1350 a.C. El recinto fortificado tiene un diámetro de unos 40 m y consta de una torre, tres líneas concéntricas de murallas y un gran patio. Hacia el final de la ocupación del asentamiento se construyó un cinturón de gran tamaño con piedra caliza, que cierra el complejo fortificado. La torre es de mampostería de planta cuadrangular y tiene una altura de 10 m. Dentro de la fortificación existía un laberinto de pasillos y rampas que comunicaban una zonas con otras. En los espacios interiores había establos, graneros, molinos, queseras, silos y hornos, lo que permitía elaborar y guardar queso, harina, metales, cerámica, tejidos y otros bienes.

Alrededor de este núcleo fortificado se localizaba un poblado, en un radio de unos 50 m, con cabañas, hogares y fosas de desperdicios. Las viviendas se construyeron con muros de tapial sobre pequeños zócalos de mampostería, a veces utilizando postes de madera. En esta zona se han localizado la mayor parte de los enterramientos, en pequeñas fosas. La necrópolis se superponía al poblado, ya que se han documentado enterramientos bajo las viviendas o junto a sus muros y murallas. En las motillas se vivía y se enterraba a los muertos. Sus habitantes sufrían una elevada mortalidad infantil y su esperanza de vida era de unos 30 años, siendo muy pocos los individuos que llegaban a los 50 años. Las inhumaciones solían ser individuales, con el cadáver en posición fetal. Los niños eran enterrados habitualmente en el interior de una vasija. Normalmente el ajuar no existía o era modesto.

Además, esta motilla cuenta con un gran patio en cuyo interior existe una estructura hidráulica excavada en forma de embudo, compuesta por plataformas de mampostería que van reduciendo progresivamente su superficie, lo que facilita el acceso a un profundo pozo que alcanza el nivel freático del acuífero 23. Este pozo, de unos 20 m de profundidad, es el más antiguo de la Península Ibérica. Para alcanzar el nivel del agua subterránea, los habitantes de esta motilla tuvieron que atravesar incluso la roca caliza. Se supone que este pozo abastecía de agua al asentamiento y que se mantuvo en uso durante toda la ocupación de la motilla. Las motillas pudieron ser el primer sistema de captación de agua subterránea en la península.

Gracias a las investigaciones arqueológicas, hoy se sabe que las personas del Bronce de La Mancha basaban su economía en una agricultura cerealista extensiva de secano con rotación de cultivos (trigo, cebada), complementada con el cultivo de leguminosas como los guisantes y las lentejas. Además, practicaban la ganadería, fundamentalmente de ovejas y cabras, aunque también se alimentaban de otras especies como los cerdos, y utilizaban animales de tiro. El territorio alrededor de los poblados era aclarado y aprovechado como pasto para el ganado. Se han encontrado restos de telares y queseras, que demuestran su capacidad para aprovechar productos ganaderos secundarios como la lana y la leche. Aparte de los animales domésticos, conseguían sustento mediante la caza de fauna silvestre (ciervo, jabalí, tejón, lince, zorro, liebre, conejo y distintas aves). También utilizaban especies vegetales mediterráneas (encina, coscoja) como combustible, fabricaban postes de madera y aprovechaban el corcho de los alcornoques. Asimismo, elaboraban objetos artesanales como cuerdas y cestos de esparto o piezas cerámicas. Además, realizaban intercambios comerciales con otros pueblos de la península y del norte de África.

Al elegir la ubicación de sus asentamientos, los seres humanos del Bronce de La Mancha parecen haber tenido en cuenta aspectos como la disponibilidad de agua, la adecuación del terreno para la agricultura y la ganadería (zonas de pastos permanentes o suelos que podían cultivarse mediante un barbecho corto, desechando los terrenos apropiados para cultivos de secano de ciclo largo) o el potencial defensivo del emplazamiento. Algunas motillas se establecieron sobre asentamientos de origen calcolítico, como se desprende de los resultados de las investigaciones de los niveles inferiores de la Motilla del Azuer.

Según algunos autores, una “motilla” se define como un poblado fortificado en llano construido sobre un acuífero. La ubicación de las motillas no parece depender de la cercanía a un curso fluvial sino de la accesibilidad a los acuíferos. Casi todas ellas se sitúan sobre los acuíferos 23 (Ciudad Real) o 24 (Albacete), con la excepción de la Motilla del Acequión (Albacete), que se halla sobre una laguna. Estos investigadores interpretan la aparición de las motillas como una reacción ante una crisis climática y ecológica caracterizada por la sequía, que habría tenido lugar en la prehistoria reciente.

De acuerdo con algunas investigaciones, hace unos 4200 años (2200 a.C.) tuvo lugar el Evento Climático 4,2 ka BP. Un cambio en la oscilación de la órbita terrestre pudo modificar la radiación solar recibida por la Tierra, lo que terminó alterando el clima global. Una de sus consecuencias fue una disminución de las precipitaciones en algunas áreas del planeta. Es posible que la Península Ibérica también sufriera un fuerte periodo de sequía. En la Mancha, este evento climático debió significar un descenso de los niveles freáticos en los acuíferos 23 y 24, la desaparición de cursos de agua, la desecación de manantiales y la pérdida de pastos, como se ha comprobado en otras regiones españolas. Estas condiciones de sequía se prolongaron durante 300 años. Este evento pudo haber forzado un cambio cultural en los pobladores de La Mancha, ya que coincidió con la transición entre la Edad de Cobre y la Edad de Bronce, cuando las aldeas calcolíticas fueron sustituidas por las motillas, que ocuparon el espacio donde anteriormente había ríos y humedales.

Según este enfoque, la sociedad del Bronce de La Mancha sufrió el estrés ambiental derivado de la aridez y la baja productividad del medio. Ante esta situación, las personas habrían ideado una novedosa y singular solución, instalando las motillas donde los acuíferos podían alcanzarse con mayor facilidad. Estos poblamientos habrían sido construidos allí donde las características hidrogeológicas del subsuelo, los niveles piezométricos y la tecnología prehistórica hicieron posible la excavación de un pozo. Estos recintos fortificados servirían para asegurar y proteger un recurso básico como es el agua.

Las motillas ya estaban establecidas en La Mancha en el siglo XXIII a.C. y, tras una ocupación continuada durante casi un milenio, se abandonaron alrededor del siglo XIV a.C. debido a causas que todavía no han sido precisadas. El Evento Climático 4,2 ka BP ha sido relacionado a nivel mundial con el ocaso de diversas culturas, por ejemplo en Mesopotamia y Egipto. Sin embargo, en La Mancha habría impulsado el desarrollo de la Cultura de las Motillas. Del mismo modo, el fin de este periodo de aridez podría haber significado el abandono de estos asentamientos. Su colapso se ha situado alrededor de 3,35 ka BP, antes de que tuviera lugar otro evento climático conocido como el Evento 2,8 ka BP (850-760 a.C.), que sucedió en el origen de la Edad de Hierro y duró menos de 100 años. Fue un fenómeno planetario abrupto, que posiblemente también fue causado por un cambio en la actividad solar. Se ha propuesto que el aumento de las precipitaciones y la elevación del nivel freático en La Mancha, a partir de 3750 BP, pudieron causar el incremento de los caudales de los ríos y la recuperación de las zonas húmedas que habían permanecido secas durante siglos, provocando que algunas motillas sufrieran inundaciones. Antes de decidir marcharse, los habitantes de las motillas pudieron intentar construir diques de contención contra la crecida de las aguas. Además de la dificultad de seguir viviendo en los humedales, si la razón de ser de las motillas era garantizar el acceso al agua, estas dejaron de resultar necesarias cuando el agua se convirtió en un recurso más abundante.

Sin embargo, aunque este relato resulta muy atractivo, aún no ha sido probado. De hecho, otros investigadores han señalado que la ubicación de los yacimientos contradice la hipótesis de que las motillas no existieron en zonas donde el nivel freático no era fácilmente accesible con tecnología prehistórica. En su opinión, la localización de las motillas está vinculada al control de las vías naturales de comunicación y los vados, en especial en relación con la trashumancia y los pastos de invierno. Por otra parte, según un grupo de investigación que ha intentado reconstruir el clima de la zona de las Tablas de Daimiel durante el Holoceno, mediante el estudio de sedimentos del parque nacional, es improbable que un evento climático de sequía extrema fuera la causa de que los habitantes de la Motilla del Azuer realizaran un pozo. Quizás simplemente buscaban un suministro de agua más cómodo, así como agua de buena calidad.

Sea como sea, con el paso del tiempo las motillas abandonadas se derrumbaron y posteriormente sufrieron erosión, dando lugar a la formación de los montículos cónicos que caracterizan a estos yacimientos y que explican su nombre popular. En algunos casos, estas elevaciones cónicas artificiales fueron ocupadas muchos siglos después por otras culturas. Como las motillas se ubicaban a menudo sobre lechos de antiguos ríos o lagunas, estas nuevas construcciones quedaron en altura sobre las zonas húmedas.

Edad de Hierro

A finales de la Edad de Bronce aparecieron en La Mancha nuevos poblamientos alejados de los ambientes húmedos donde se localizaban las motillas. Se ha propuesto que el abandono de las motillas no estuvo asociado a un colapso cultural sino a un éxodo rural y al comienzo de un proceso de concentración urbana. Estas grandes urbes habrían dado lugar a los oppida oretanos de la Edad de Hierro.

La Oretania fue una región y cultura ibera que se extendía por el E de la actual provincia de Ciudad Real, el O de Albacete y el N de Jaén. Los asentamientos oretanos consistían en fortalezas de colina (oppidum en singular, oppida en plural) que generalmente tenían más de cinco hectáreas de extensión y se asentaban sobre cerros elevados, de fácil defensa y con un amplio campo de visión sobre el territorio. El aumento de la actividad comercial en la zona habría propiciado el levantamiento de los grandes oppida y de pequeñas torres vigía a lo largo de las vías de comunicación. Estos poblados eran paso obligado en las rutas de comercio, ejerciendo un papel de control parecido a las actuales aduanas. También actuaban como centros políticos de los territorios circundantes.

Algunos ejemplos de la cultura Ibero-Oretana son los poblados del Cerro de las Cabezas y de Cabeza de Buey. Cabeza de Buey representa la cota más alta del Campo de Montiel (1155 m) y es visible desde la mayoría de sus pueblos. El oppida que albergaba tenía una doble función: poblado refugio y centro de control de las rutas del Campo de Calatrava, Despeñaperros y Campo de Montiel. En cuanto al Cerro de las Cabezas, se encuentra al S de Valdepeñas (Ciudad Real) sobre una elevación de 900 m de altura. En este cerro existió una ciudad amurallada que estuvo habitada desde el siglo VI al II a.C. Su emplazamiento resultaba estratégico, ya que permitía controlar la ruta entre el valle del río Guadalquivir y la llanura manchega a través de Despeñaperros. En el Cerro de las Cabezas se ha descubierto un nivel de cenizas que sugiere que hubo un incendio en su última fase de ocupación. Este suceso pudo estar relacionado con los enfrentamientos que durante la segunda mitad del s. III a.C. ocurrieron entre algunos pueblos del interior peninsular y tropas cartaginesas en sus incursiones hacia la Meseta. Precisamente las vías de penetración de las tropas de Aníbal a través de Albacete y Ciudad Real coinciden con la ubicación de este yacimiento. La destrucción y el abandono de poblados como el Cerro de las Cabezas en esta zona a causa de los enfrentamientos con los cartagineses debieron provocar el estancamiento o incluso el retroceso de la cultura oretana, hasta que finalmente esta fue absorbida por la cultura romana.

En la prehistoria, la cultura humana era biodegradable, reutilizable y reciclable. Cuando un poblado era abandonado, el tiempo y los elementos meteorológicos borraban sus huellas, hasta tal punto que las personas que habitamos ese territorio en la actualidad no somos conscientes de su presencia, solo vemos un montón de piedras o una colina. Pero las pruebas de que estos seres humanos existieron siguen ahí, junto a nosotros. Sus esqueletos, sus vasijas, sus adornos, su vida. Solo hay que mirar con un poco de atención y agradecer a los arqueólogos su valiente lucha contra el olvido.

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