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El suicidio que nos hace humanos

Publicado el28/01/2021

Adiós, mundo cruel

El ser humano se diferencia de otros animales en que … Nos encanta sentirnos diferentes, incluso superiores. Pero muchas personas no se imaginan la característica más sorprendente que, al menos según los datos disponibles actualmente, nos hace únicos en el reino animal: el suicidio. Según la Real Academia Española, “suicidarse” es “quitarse voluntariamente la vida”, mientras que “suicidio” se define como “acción o conducta que perjudica o puede perjudicar muy gravemente a quien la realiza”.

1) EL SUICIDIO ANIMAL

Lo cierto es que, por increíble que parezca, desconocemos si los animales no humanos se suicidan o no. No puede descartarse pero todavía no ha sido demostrado. Si bien aparece ampliamente en la mitología y el folclore, hasta ahora no hay evidencia de que el suicidio animal exista realmente. Y esto a pesar de que ha habido innumerables oportunidades a lo largo de los siglos para que los ganaderos, agricultores, naturalistas y científicos del mundo lo hubieran observado y documentado en algún momento. Solamente se han descrito algunos casos que podrían tener un paralelismo con los suicidios humanos.

Entre las conductas animales que se parecen al suicidio humano se encuentra el altruismo, por ejemplo en ciertas aves como los petirrojos o en algunos individuos de especies eusociales (castas no reproductoras de insectos himenópteros, ratas topo desnudas y otras), que se ponen en riesgo o se sacrifican en beneficio de otros con quienes tienen relaciones de parentesco. También existen relatos de mascotas y animales domésticos que mueren de pena, al rechazar la comida y el agua después del fallecimiento de un ser humano o animal cercanos (por ejemplo, gansos tras la muerte de su pareja o perros junto a la tumba de su dueño). Además, los parásitos internos en ocasiones estimulan comportamientos de riesgo: los roedores parasitados por Toxoplasma gondii parecen sentir una atracción suicida hacia los felinos.

Asimismo, se conoce popularmente que los lemmings se precipitan en masa al mar en situaciones de sobrepoblación o que los escorpiones se pican con su propio aguijón cuando se ven rodeados por el fuego. Sin embargo, el supuesto suicidio de los lemmings es un mito atribuible en gran parte a un documental de Disney, "White Wilderness" (1958), que ganó un Oscar. En una secuencia de esta película, los lemmings saltan por un acantilado. Pero se cree que sus creadores, al no encontrar casos reales de lemmings que saltaran voluntariamente al mar, compraron animales cautivos y los asustaron, empujándolos hacia el acantilado para obtener las imágenes deseadas. Y en el siglo XIX muchos escorpiones fueron quemados vivos por investigadores que intentaron demostrar en vano que estos animales se pican a sí mismos cuando se enfrentan a una muerte inevitable. Como ahora se sabe, los escorpiones no pueden morir por su picadura porque son inmunes a su propio veneno.

El suicidio parece ser un comportamiento exclusivamente humano. Aparte de la falta de pruebas empíricas concluyentes, se ha escrito mucho sobre las consideraciones filosóficas que teóricamente harían imposible la existencia del suicidio en los animales no humanos. Mucha gente piensa que únicamente los humanos tenemos las capacidades emocionales, cognitivas y conductuales necesarias para suicidarse. Consideran que los demás animales carecen de subjetividad reflexiva, libre albedrío, intencionalidad o conciencia de la muerte, por lo que el concepto de suicidio animal solo puede ser una ilusión antropomórfica.

Según esa opinión, el suicidio es un acto reflexivo y para llevarlo a cabo es preciso tener conciencia de uno mismo, algo que distinguiría a los humanos del resto de animales. Si el ser humano se define como un animal reflexivo, capaz de observarse a sí mismo, el suicidio sería un medio para escapar de esta dolorosa autoconciencia. En contra de este argumento puede objetarse que los animales tienen diferentes tipos y grados de autoconciencia. Grandes simios, delfines, elefantes, y la urraca euroasiática, por ejemplo, han pasado la prueba del espejo de Gallup, que utiliza la capacidad de reconocerse en un espejo como una evidencia de que se posee autoconciencia, lo que también sería discutible. Además, el suicidio humano no suele ser el resultado de una evaluación sobre los pros y los contras de seguir vivo, como veremos más adelante.

Respecto al suicidio como una expresión del libre albedrío, ninguna teoría científica contemporánea utiliza este concepto metafísico, que sitúa a los humanos más allá de la naturaleza. En la búsqueda de la explicación de la conducta suicida, las teorías neurológicas se centran en los procesos neuroquímicos, las teorías psicológicas en los factores mentales (sentimientos y pensamientos), y las teorías sociológicas, epidemiológicas y ecológicas en los factores sociales, políticos y ambientales. Si ya no se habla de libre albedrío para dar sentido al suicidio humano, ¿por qué hacerlo para rechazar la posibilidad de que exista en otros animales?

Otro aspecto que se suele invocar en contra del suicidio animal es que, cuando los animales no humanos muestran un comportamiento que tiene como resultado su muerte, falta un ingrediente fundamental: la intención de morir. Por ejemplo, cuando una rata infectada por Toxoplasma gondii busca el olor de un gato y acaba muriendo bajo sus garras, no pretende acabar con su vida sino que es víctima del parásito, por lo que este no sería un suicidio verdadero. Pero, si hacemos un ejercicio de reduccionismo, tan habitual cuando nos referimos a los demás animales, incluso los suicidios humanos pueden ser atribuidos a procesos naturales físicos, químicos o biológicos. Imaginemos que una persona que toma un fármaco antidepresivo como el Prozac (fluoxetina), que es un inhibidor selectivo de la recaptación de serotonina, se quita la vida. Puesto que el tratamiento con estos medicamentos ha sido relacionado con un mayor riesgo de ideación y conducta suicida, ¿deberíamos concluir que la causa de la muerte fue el efecto del Prozac en su cerebro o una decisión voluntaria de esa persona? ¿No hablaríamos de suicidio en cualquier caso?

Por último, se dice habitualmente que los animales no humanos no pueden suicidarse porque no tienen conciencia de la muerte. Sin embargo, esto resulta cuestionable. Se han observado rituales de enterramiento en varias especies, por ejemplo en cuervos, urracas, gorilas, zorros rojos, elefantes y delfines. Además, muchos animales (mascotas como los gatos o los perros, y animales de granja como los caballos) experimentan sentimientos de duelo cuando mueren personas o animales con los que conviven, lo que sugiere que comprenden la diferencia entre la vida y la muerte. Estos sentimientos pueden ser tan intensos que los veterinarios recomiendan que a los animales en duelo se les permita ver el cuerpo de un compañero recientemente fallecido, ya que esto puede ayudarles a aceptar la pérdida. Parece que los demás animales también necesitan decir adiós.

Los científicos que defienden abiertamente la posibilidad del suicidio animal son una minoría. Sus argumentos se basan en la existencia de emociones negativas, conductas autodestructivas y psicopatologías en los animales no humanos. Los modelos animales se utilizan regularmente en los estudios científicos sobre el comportamiento humano, normal o patológico, incluyendo la investigación del suicidio, lo que implica que los investigadores asumen que los animales de experimentación:

a) Padecen los estados emocionales y psicológicos que, en los seres humanos, causan suicidio.

b) Muestran comportamientos que, en el ser humano, se consideran suicidas.

c) Sufren el mismo proceso bioquímico y biológico en el camino de a) a b).

Los otros animales pueden experimentar muchos de los estados emocionales típicamente relacionados con el suicidio: impotencia, letargo y síntomas de depresión, como ansiedad crónica, agresividad, problemas de sueño y anhedonia. Aunque no puede afirmarse con seguridad que los animales no humanos sufran depresión, se ha comprobado que pueden desarrollar condiciones homólogas a la depresión, la ansiedad, la desesperanza y la desesperación, por ejemplo en experimentos psicológicos de indefensión aprendida con roedores y de aislamiento social en primates (de hecho, la indefensión aprendida inducida en condiciones de laboratorio suele considerarse un buen modelo de la depresión humana). También presentan otras patologías homólogas a trastornos psiquiátricos humanos que son antecedentes del suicidio, como el trastorno de estrés postraumático, trastornos alimentarios o el trastorno antisocial de la personalidad.

Además, los animales no humanos pueden mostrar comportamientos autodestructivos relacionados con el estrés, particularmente aquellos mantenidos en cautividad. El hacinamiento, el aislamiento, la separación o el confinamiento, especialmente cuando las condiciones de vida son percibidas como incontrolables, a menudo provocan conductas que suponen un riesgo para ellos mismos. Algunos animales se dejan morir de hambre. Otros pierden interés en las actividades típicas de su especie. Otros se autolesionan golpeándose, mordiéndose o mutilándose a sí mismos.

En investigaciones biológicas y médicas se ha visto que en estos comportamientos autodestructivos de los animales no humanos están implicados los mismos factores biológicos, fisiológicos y neurológicos que en el suicidio humano. Los etólogos con frecuencia diagnostican a otros animales usando términos psicológicos y psiquiátricos, y tratan sus trastornos mentales utilizando fármacos destinados a uso humano. Por ejemplo, no es raro que a los animales domésticos o cautivos les receten antidepresivos humanos como Prozac o Xanax, a veces con resultados favorables.

Por tanto, los demás animales tienen la “maquinaria mental para suicidarse". Pero nadie ha conseguido provocar que un animal no humano se suicide, a pesar de haberlo intentado. Algunos científicos han llevado a cabo experimentos de laboratorio diseñados para establecer si un animal podía ser inducido a matarse, por ejemplo sometiéndole a condiciones de inanición, sin resultados positivos. Por este motivo, se considera que actualmente no existe un buen modelo animal de suicidio, por desgracia para los intereses comerciales de la industria farmacéutica. Incluso si creemos que hay razones para apoyar la hipótesis del suicidio animal, es inevitable preguntarse: si los animales no humanos pueden suicidarse, ¿por qué no lo hacen?

Para tratar de explicar la ausencia de suicidio animal, a pesar de las muchas similitudes biológicas, psicológicas y conductuales entre los humanos y otros animales, se distinguen dos posicionamientos:

- El suicidio es una discontinuidad evolutiva. "Algo" nos hace, Homo sapiens, biológicamente únicos.

- El suicidio existe en un espectro evolutivo continuo que incluye a los animales humanos y no humanos. No hay "algo" que haga de la conducta suicida una posibilidad solo para el ser humano.

Quienes rechazan la idea del suicidio animal están dispuestos a aceptar que los animales no humanos tienen un cierto grado de subjetividad reflexiva o de conciencia de la muerte, y que muestran conductas autodestructivas. Sin embargo, les resulta inconcebible que otro animal pueda querer morir y que tenga las capacidades cognitivas necesarias para matarse. Piensan que un animal que se lanza contra las paredes que lo encierran no está tratando de suicidarse, sino buscando una manera de escapar o destruir algo que percibe como peligroso. Y comparan a los animales que se comportan de un modo perjudicial para su bienestar con los bebés inconscientes que se meten cualquier cosa en la boca. Aunque los animales pueden lastimarse a sí mismos bajo las condiciones excepcionalmente estresantes del cautiverio y eventualmente morir por las heridas resultantes, esas muertes no constituirían el cese intencional y deliberado de la conciencia que define el suicidio. Suponen que una persona se suicida después de hacer un juicio de que la propia vida no vale la pena vivirse, siendo esta capacidad de hacer razonamientos sobre la vida y sus perspectivas lo que faltaría en los animales. Según este punto de vista, los animales se autodestruyen porque no saben lo que hacen, mientras que los humanos se autodestruyen porque deciden hacerlo.

Por su parte, quienes defienden la interpretación continuista del suicidio destacan que las posturas científicas sobre lo que los animales pueden o no pueden hacer a menudo motivan posturas no científicas sobre lo que los humanos pueden o no pueden hacerles. Cuanto menos creemos que los animales son capaces de hacer, más los instrumentalizamos en nuestro beneficio. En este sentido, el debate sobre el suicidio animal no es solo científico sino también ético. La confirmación de que los animales no humanos también se suicidan reforzaría su derecho a ser tratados con cuidado.

2) EL SUICIDIO HUMANO DESDE UNA PERSPECTIVA BIOLÓGICA

2.1) ¿El suicidio es heredable?

Darwin explicó que solo hay "una ley general que conduce al avance de todos los seres orgánicos, a saber, multiplicar, variar, dejar que el más fuerte viva y el más débil muera". La supervivencia del más apto. Según la teoría de la evolución por selección natural, los genotipos y fenotipos que ayudan a un organismo a sobrevivir y reproducirse serán cada vez más comunes entre las nuevas generaciones. Para poder abordar el fenómeno del suicidio a la luz de la evolución por selección natural, es necesario asumir previamente que cumple la condición de heredabilidad.

Los suicidios a menudo se repiten en una misma familia y diversos estudios sugieren que el comportamiento suicida es hereditario en cierta medida, aunque los genes específicos responsables son esquivos. La falta de evidencia sobre un alelo particular que codifique para el comportamiento suicida sugiere que la combinación de muchos alelos esparcidos por el genoma humano podría ser responsable de la herencia de la susceptibilidad al suicidio. No obstante, no se ha demostrado que el suicidio se deba a una anomalía genética o biológica. Los marcadores genéticos potenciales descubiertos hasta ahora tienen muy poco poder predictivo y se han resistido a la replicación. En ausencia de una base genética obvia, se ha indicado que es posible que el suicidio humano sea un comportamiento aprendido o que pudo haber surgido a partir de una combinación de rasgos evolucionados e información transmitida culturalmente.

La Psicología evolutiva es una escuela de pensamiento donde confluyen la Psicología y la Biología evolutiva, que intenta analizar la cognición y el comportamiento humanos aplicando los mismos principios neodarwinistas que los biólogos aplican a la fisiología humana y al resto del mundo natural. Puede parecer difícil explicar la conducta humana solo en base a la aptitud biológica (supervivencia y reproducción). Las personas a veces asumen riesgos innecesarios para la propia supervivencia, por ejemplo fumando o conduciendo a gran velocidad. Y no está claro que sobrevivan y se reproduzcan únicamente los individuos con mejores cualidades genéticas. Más bien se diría que casi todo el mundo tiene descendencia y que muchas personas mueren por motivos socioeconómicos ajenos a sus genes. Podría argumentarse que las leyes de la naturaleza no son relevantes para el ser humano y que el suicidio no es susceptible de una explicación evolutiva, como tampoco parecen serlo otras prácticas como la anticoncepción, el celibato o la adopción, que demuestran la flexibilidad del comportamiento humano. Aun así, vamos a intentar entender el suicidio desde el enfoque de la Psicología evolutiva.

2.2) ¿El suicidio es adaptativo o no adaptativo?

La teoría evolutiva neodarwinista sostiene que existen tres mecanismos por los cuales cualquier rasgo, ya sea fisiológico o conductual, puede transmitirse genéticamente a través de las generaciones:

- Una adaptación, favorecida por la selección natural debido a las ventajas de aptitud biológica que otorga a la descendencia de quienes heredan el rasgo.

- Un subproducto de una adaptación: el rasgo puede no ser ventajoso en sí mismo pero haberse extendido porque está acoplado con otro rasgo que es ventajoso.

- Si un rasgo no es ni ventajoso ni desventajoso, bajo ciertas condiciones puede transmitirse mediante procesos genéticos aleatorios.

¿Qué mecanismo encaja mejor con el suicidio?

2.2.1) El suicidio como ruido genético

Algunos rasgos biológicos pueden propagarse en una población por casualidad, no porque se ajusten óptimamente a las demandas del entorno. Pero el ruido genético no puede explicar el suicidio, ya que este tipo de rasgos son neutros y no tienen un efecto favorable ni desfavorable sobre la aptitud biológica, algo que no ocurre en el caso del suicidio.

2.2.2) El suicidio como rasgo no adaptativo

Desde una perspectiva evolutiva, el suicidio es desconcertante porque va en contra de la aptitud biológica. Según la teoría expuesta por Clifford Alan Soper en su tesis doctoral, el suicidio humano, definido como el cese deliberado e intencional de la conciencia, es una discontinuidad evolutiva que probablemente surgió como un subproducto nocivo de dos adaptaciones muy ventajosas: primero, la aversión al dolor, un estímulo biológico que urge a escapar; y segundo, la sofisticación cognitiva del cerebro humano adulto, que permite escapar del dolor mediante el suicidio. Estas características de "dolor y cerebro" (facultades emocionales e intelectuales) proporcionan, respectivamente, el motivo y el medio. Desde este enfoque, el suicidio humano sería un efecto secundario no adaptativo, un coste en términos de aptitud biológica derivado de la cognición y la encefalización humanas. Como dice Dios en “Balada de Caín”, el maravilloso libro de Manuel Vicent: “Has nacido con la cabeza muy gorda, Caín. Piensas demasiado”.

El dolor, ya sea físico o psicológico, tiene una función adaptativa: es un estímulo que exige atención. La experiencia humana del dolor emocional podría entenderse como una adaptación evolutiva, una señal biológica que pretende alertar al organismo de una amenaza para su supervivencia o reproducción, que trajo consigo el suicidio como un subproducto no adaptativo. El suicidio parece ir acompañado universalmente de un intenso dolor psicológico y muchos suicidólogos creen que puede constituir una forma drástica de acabar con dicho dolor. Sin embargo, el sufrimiento emocional no es exclusivamente humano, ya que también lo experimentan otros animales. La soledad, el dolor y la tristeza se manifiestan en los estudios neurológicos modernos con mamíferos no humanos. Además, probablemente todas las personas conocen el dolor psicológico pero muy pocas responden quitándose la vida, por lo que este factor por sí solo no puede explicar el suicidio.

En cuanto al cerebro, Soper sugiere que una posible explicación de la rareza del suicidio entre los niños y los discapacitados intelectuales, y de la aparente inexistencia del suicidio en los animales no humanos, es que todos ellos carecen de los medios cognitivos para concebirlo y ponerlo en práctica. Los suicidios entre preadolescentes, aunque no son desconocidos, son muy inusuales. Esto podría deberse a su inmadurez cognitiva: la incapacidad para conceptualizar la muerte, la mortalidad personal o el suicidio, y la dificultad para organizar un acto suicida efectivo. Los humanos cruzarían un umbral cognitivo para el suicidio conforme el cerebro madura, generalmente alrededor de la pubertad, lo que explicaría que la vulnerabilidad al suicidio aumente abruptamente en la adolescencia. Los adultos con discapacidad intelectual estarían igualmente protegidos por sus limitaciones cognitivas, aunque los datos sobre tendencias suicidas en esta población son escasos. Aquellos con una discapacidad leve pueden tener tanto riesgo de pensamientos suicidas como la población general. Sin embargo, entre aquellos con una discapacidad de moderada a severa, los suicidios consumados son muy escasos.

Pueden hacerse varias críticas al razonamiento anterior. En primer lugar, no parece equilibrado comparar a animales adultos con niños, como si el desarrollo cognitivo incompleto de la infancia fuera equivalente a una mente animal madura. Si acaso, habría que comparar a los animales jóvenes con los niños y a los animales adultos con las personas adultas. Los animales adultos pueden hacer cosas que los jóvenes no pueden hacer, igual que pasa con los humanos. La misma objeción puede hacerse al intento de comparar a personas con discapacidad intelectual con animales que cuentan con capacidades mentales plenas. En segundo lugar, aunque Soper acepta que los animales no humanos pueden distinguir entre los vivos y los muertos, o que pueden afligirse por una pérdida, duda de que posean una comprensión suficiente de la muerte en general o de su propia mortalidad para poder planear su muerte. Sin embargo, cuando un perro está sobre una colina pedregosa, se asoma al precipicio y decide no saltar desde una determinada altura sino buscar un camino alternativo para bajar, lo hace porque entiende que si saltara podría herirse o morir. Los animales son conscientes de su propia mortalidad porque si no lo fueran serían incapaces de mantenerse a salvo y sobrevivir. Un ciervo corre cuando aparece un lobo porque no quiere morir. Sabe que puede morir. Sabe que el lobo le puede matar. Y respecto a la organización del suicidio, este no siempre requiere una planificación minuciosa ni grandes habilidades intelectuales. Si un delfín quisiera suicidarse, solo tendría que dejar de respirar.

Un aspecto importante de la tesis de Soper es que propone que, desde el momento en que la evolución de la cognición humana ​​superó un umbral en el que la muerte intencional se convirtió en una opción concebible y factible, el suicidio habría supuesto una grave amenaza para la aptitud biológica, por lo que también habrían evolucionado defensas antisuicidio que actuarían sobre las facultades emocionales e intelectuales para evitar que los humanos lo utilicen para escapar del dolor. Esto explicaría el hecho de que, aunque muchas personas piensan en el suicidio en algún momento de sus vidas, la mayoría no llega a suicidarse. De acuerdo con esta teoría, las defensas antisuicidio pueden dividirse en dos grupos: de primera línea (activas) y de última línea (reactivas). A su vez, se distingue entre las defensas que actúan sobre el dolor (debilitan la motivación para suicidarse) y las defensas que actúan sobre el cerebro (restringen la capacidad mental para suicidarse).

Defensas antisuicidio de última línea

Las defensas antisuicidio de última línea son mecanismos psicológicos reactivos, que pueden actuar sobre el dolor emocional (D) o sobre la cognición (C), dando lugar a la psicopatología. Algunos ejemplos son:

- Amortiguar las emociones (D): En los estados depresivos se produce un desapego emocional que puede entenderse como un refugio frente a un estrés mental insoportable. La depresión inhibe el suicidio en parte al socavar la motivación.

- Medicación compulsiva (D): El alcoholismo y otras adicciones puede interpretarse como una automedicación compulsiva que evita, o al menos difiere, el suicidio. Junto con otros comportamientos autodestructivos, funcionan como sustitutos subletales del suicidio, proporcionando una solución analgésica temporal.

- Administración compulsiva de otro dolor (D): El dolor emocional puede intentar aliviarse mediante autolesiones moderadas, que mantienen el dolor dentro de los límites de la supervivencia. La autolesión puede considerarse no como un paso hacia el suicidio sino como una alternativa subletal.

- Distraerse del dolor con otras preocupaciones (D): Pueden incluir trastornos alimentarios y antojos de alimentos, así como los estados maníacos observados en la depresión bipolar.

- Separarse de una realidad insoportablemente dolorosa (D): Los delirios y las alucinaciones que caracterizan a las psicosis pueden proporcionar al individuo una realidad alternativa menos dolorosa para habitar, lo que se ha relacionado con un menor riesgo de suicidio.

- Dar sentido al dolor: inventar una narrativa para explicar su existencia (D). El dolor emocional puede hacerse más tolerable si el que lo sufre tiene una justificación plausible de su existencia, real o ficticia. La psicosis se entendería como "el sacrificio de la realidad para preservar la vida".

- Encontrar una razón para vivir con dolor (D): Las creencias delirantes a veces ofrecen razones para vivir. Los delirios psicóticos pueden proporcionar realidades menos dolorosas para habitar, explicaciones aceptables para experimentar dolor y motivación para que el individuo continúe soportando el dolor.

- Degradar la capacidad para planificar y ejecutar tareas (C): La depresión se asocia con un deterioro de la velocidad de procesamiento mental, la concentración, la memoria o la capacidad de decisión, lo que puede reducir las tendencias suicidas.

- Pérdida de energía psicomotora (C): La depresión puede entenderse como una parálisis instintiva, una desmovilización involuntaria que evita los peligros que surgirían de la acción.

El dolor, tanto físico como emocional, está fuertemente relacionado con la psicopatología. Existe una relación entre las adversidades de la vida y los trastornos mentales. Esto hace pensar a Soper que quizás los trastornos mentales previenen el suicidio, ya que muy pocas personas con trastornos mentales acaban suicidándose. La depresión, el alcoholismo y otras adicciones, el trastorno obsesivo compulsivo, las autolesiones o la psicosis podrían entenderse no como disfunciones sino como grupos de respuestas protectoras ante el potencial suicidogénico del dolor emocional. Como ejemplo, el riesgo de suicidio entre los jóvenes puede intensificarse cuando los síntomas depresivos comienzan a desaparecer debido al tratamiento con antidepresivos. El trastorno de ansiedad generalizada, en lugar de proporcionar alivio, pondría de manifiesto que existe un malestar psicológico que necesita ser resuelto.

Estas defensas tienen un coste asociado, aunque cualquier resultado es preferible a la muerte en términos de aptitud biológica. Un ser humano adulto con dolor psicológico extremo puede ser incapaz de sentir mucha emoción o tener dificultades para pensar con claridad, tomar decisiones, recordar cosas u organizar tareas. Puede quedar tan incapacitado mentalmente que apenas salga de su casa o su cama, manejando poco más que funciones corporales básicas. Las personas que padecen trastornos mentales tienden a tener una menor esperanza de vida y menos descendencia que la población general. Además, las propias defensas antisuicidio de última línea pueden convertirse en patológicas. Es posible que estas estrategias automáticas proporcionen una tregua temporal. Pero si, pasado un tiempo, la persona no consigue sobreponerse, pueden volverse contra ella y empeorar aún más su vida.

Si se combinan los dos factores, trastorno mental y suicidio, teóricamente podrían darse cuatro situaciones personales distintas:

- NO TRASTORNO MENTAL, NO SUICIDIO: Una persona sin problemas psicológicos.

- NO TRASTORNO MENTAL, SÍ SUICIDIO: ¿Una persona puede suicidarse sin haber manifestado antes algún trastorno psicológico? Los pocos suicidios que ocurren sin informes previos de trastorno mental pueden deberse a afecciones psicológicas que pasaron desapercibidas (por ejemplo, juego compulsivo) o que estaban presentes a un nivel subclínico. Estos casos también pueden explicarse por la existencia de un dolor físico antes que psicológico.

- SÍ TRASTORNO MENTAL, SÍ SUICIDIO: Los trastornos mentales se caracterizan por un mayor riesgo de suicidio en comparación con la población general. El 90-95% de los suicidios están vinculados con un diagnóstico psiquiátrico. La depresión es un factor de riesgo relacionado con alrededor del 50% de los suicidios, y las personas con trastornos depresivos tienen mucha más probabilidad de quitarse la vida que la población general. Si bien las enfermedades mentales son menos prevalentes entre los niños, los suicidios infantiles se han asociado con la aparición de ciertos diagnósticos psiquiátricos, especialmente trastornos depresivos. Según Soper, en estos casos las defensas antisuicidio de última línea se activan correctamente pero no logran evitar el suicidio. Estos sucesos constituirían una tasa natural o básica de suicidio en las poblaciones humanas.

- SÍ TRASTORNO MENTAL, NO SUICIDIO: Muchas personas que padecen un trastorno mental tienen pensamientos suicidas. Pero la mayoría de ellas no se suicidan. Esto significaría que las defensas antisuicidio de última línea se han activado con éxito. Por otra parte, muchas personas que padecen un trastorno mental nunca han considerado el suicidio, lo que supondría una falsa alarma, una activación innecesaria o un mal funcionamiento ocasional de dichas defensas.

Es posible que los trastornos mentales sean una respuesta ante el dolor emocional y en ocasiones incluso podrían ayudar a sobrellevarlo. Pero la tesis de Soper no demuestra que existan porque existe el suicidio. Si los problemas psicológicos ocurren sin el suicidio pero el suicidio raramente ocurre sin problemas psicológicos previos, probablemente estos existen antes del suicidio simplemente por una cuestión de grado. Quitarse la vida es el último recurso. Por otro lado, si los trastornos mentales son adaptaciones que evolucionaron para combatir el suicidio, sería de esperar que no aparezcan en animales no humanos. Sin embargo, como ya se ha expuesto, los demás animales también sufren ansiedad y síntomas de depresión, se autolesionan y tienen conductas compulsivas. Soper justifica esta aparente contradicción diciendo que los animales no cumplen con los criterios diagnósticos de los trastornos mentales humanos. Que la psicopatología humana es una cosa y la psicopatología animal es otra muy distinta. En otros animales pueden encontrarse homólogos de los trastornos mentales humanos, así como comportamientos y estados emocionales que podrían constituir precedentes evolutivos de algunos síntomas de trastornos como la depresión. Pero, según este autor, aún no se ha establecido ningún modelo animal efectivo de depresión o de cualquier otro diagnóstico psiquiátrico. Esta limitación habría llevado, tras una serie de ensayos clínicos fallidos, a una reducción en los últimos años del uso de modelos animales para el desarrollo de antidepresivos y otros psicofármacos.

Defensas antisuicidio de primera línea

Las defensas antisuicidio de primera línea son mecanismos psicológicos activos. Como las defensas de última línea, pueden actuar sobre el dolor emocional (D) o sobre la cognición (C). Algunos ejemplos son:

- Homeostasis del afecto en un punto de reposo por encima del neutro (D): Una regulación homeostática de las emociones, que amortigüe el impacto de las experiencias dolorosas y mantenga el estado de ánimo en un punto de ajuste levemente positivo.

- Autoengaño egoísta (D): Las personas tendemos a tener una visión optimista y poco realista sobre las propias capacidades o la benignidad del entorno. Estamos más preparadas para aceptar las buenas noticias que las malas, lo que nos mantiene positivas, felices y esperanzadas.

- Actividades placenteras y biológicamente irrelevantes (D): La existencia de intereses frívolos pero placenteros que, si bien no tienen un propósito directo en la lucha por sobrevivir y reproducirse, pueden proporcionar contrapesos emocionales frente al dolor.

- Visiones del mundo benignas y poco realistas (D): El mantenimiento de unas creencias culturales, incluso religiosas o espirituales, puede promover una buena salud mental.

- El rechazo culturalmente transmitido a la idea del suicidio hace que este sea (C): impensable (tabú), inútil o incorrecto (estigma).

La mayoría de la gente es capaz de soportar el dolor emocional sin sufrir depresiones, adicciones o cualquier otro trastorno mental. Esto sería posible gracias a las defensas activas contra el suicidio, cuyo objetivo es mantener el dolor psicológico por debajo de un nivel que provocaría la activación de las defensas reactivas. Es decir, servirían para prevenir el daño a la aptitud biológica causado por la psicopatología. Estos mecanismos inconscientes funcionarían filtrando la información entrante potencialmente dolorosa, modificándola o secuestrándola selectivamente antes de que llegue a la consciencia, mejorando la experiencia subjetiva de la realidad. Para que esto no sea demasiado peligroso, debido a que la pérdida de información sobre uno mismo y el medio ambiente puede hacer que se tomen decisiones perjudiciales, tendría que darse un equilibrio entre la necesidad de recibir información veraz, o bien ignorarla, ponerla en cuarentena o distorsionarla, en beneficio de la salud mental. Estas defensas disminuirían la disponibilidad del suicidio como medio de escapar del dolor sin atenuar las capacidades intelectuales generales.

Para muchas personas, hablar sobre el suicidio o incluso pensar en ello resulta difícil (tabú). Aquellos que piensan en el suicidio, con frecuencia no creen que sea una forma eficaz de acabar con el dolor porque les preocupa lo que sucede durante y después de la muerte (anticipación al dolor físico que se sufre al morir o creencias en una dolorosa vida más allá de la muerte). Y entre quienes piensan que podría acabar con su dolor de forma eficaz, en general se acepta que el suicidio es moralmente incorrecto (estigma). Las religiones principales prohíben el suicidio y hace poco más de un siglo la mayoría de los países tenían leyes y castigos contra los suicidas. Es poco probable que este rechazo social haya evolucionado únicamente por selección natural. Posiblemente la asociación emocional aversiva es adquirida mediante el aprendizaje y se transmite culturalmente a través de las generaciones. Un paralelismo con el suicidio podría encontrarse en las actitudes hacia el incesto, una práctica que puede causar una pérdida de aptitud biológica a la descendencia.

El tabú y el estigma, si bien resultan crueles para los afectados, también pueden concebirse como parte de una primera línea de defensa que bloquea la idea del suicidio y podría servir para salvar vidas. En sociedades donde se ha levantado el tabú, el resultado ha sido catastrófico, especialmente entre los adultos jóvenes. A medida que las personas se familiarizan con el suicidio, se vuelve cada vez más aceptable, "algo que la gente ha aprendido a hacer". Cuando el tabú se rompe, pueden ocurrir epidemias de suicidio. Numerosos estudios han detallado un efecto de contagio, como luego veremos. La mera exposición a la idea del suicidio puede aumentar el riesgo porque "hace que lo impensable sea pensable". Una vez perdido, el tabú sobre el suicidio puede ser excepcionalmente difícil de restaurar.

2.2.3) El suicidio como adaptativo

Desde la Psicología evolutiva, el suicidio humano sería adaptativo en dos supuestos: bajo potencial reproductivo o altruismo. Los seres humanos que se enfrentan a un futuro sin hijos serían propensos al suicidio por falta de una razón genética para mantenerse con vida. Un animal debe permanecer vivo porque tiene un potencial reproductivo que defender. La ausencia de propósito reproductivo significaría que ya está genéticamente muerto. Sobre esta base, el suicidio podría ser un comportamiento explicable para las personas mayores, con enfermedades terminales, socialmente aisladas o sexualmente inactivas. Sin embargo, la epidemiología no apoya esta idea. El suicidio no es un fenómeno de aparición tardía. La tasa de suicidio por cada mil personas tiende a aumentar con la edad, pero también lo hace la tasa de mortalidad en general. En cambio, cuando se expresa como número bruto de muertes, o como una fracción del total de muertes, el suicidio es un problema predominantemente de la adolescencia y la juventud. El riesgo de aparición de conductas suicidas aumenta drásticamente durante la adolescencia y alcanza su punto máximo en la edad adulta temprana. Por otro lado, el suicidio podría consistir en un acto de altruismo en el que un individuo sacrifica su propia vida en defensa de su grupo de parentesco o cuando se convierte en una carga para sus familiares. Pero la razón principal que las personas suelen dar para querer morir no es ayudar o lastimar a otros, sino escapar y obtener alivio de un dolor psicológico insoportable.

No obstante, es posible que el suicidio sea adaptativo por otro tipo de motivo. ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? El suicidio humano, ¿surgió por un cambio cognitivo (interno) o por un cambio en las condiciones de vida (externo)? Es decir, ¿nos suicidamos porque podemos (el desarrollo de nuestro cerebro nos ha abierto esa posibilidad no adaptativa) o porque debemos (es una respuesta adaptativa ante unas condiciones ambientales nuevas)? El primer supuesto es el que se defiende en la tesis de Soper. El segundo supuesto implicaría que el suicidio revela la existencia de un contexto adverso para la vida. Una explicación evolutiva del suicidio en humanos que considera la presencia de un contexto negativo consiste en compararlo con el aposematismo en insectos. Los insectos aposemáticos son de colores brillantes, lo que los hace visibles para los depredadores, y están equipados con toxinas que causan una reacción nociva. Algunos insectos aposemáticos tienen defensas que repelen a los depredadores (por ejemplo, las avispas). Otras veces el depredador tiene que ingerir el insecto aposemático para sentir su efecto dañino. Pero aunque en este último caso el insecto muera, infunde en su depredador una aversión hacia organismos del mismo color. La aptitud biológica del individuo que es víctima de la depredación sufre pero se transmite un beneficio a aquellos con coloración similar. El aposematismo no beneficia a los parientes sino a aquellos organismos con fenotipos similares, como queda demostrado en el mimetismo mülleriano (dos especies diferentes que están bien defendidas contra los depredadores poseen advertencias aposemáticas similares) o batesiano (especies que expresan las advertencias aposemáticas de otros insectos pero no tienen ninguna defensa real frente a la depredación).

Existen paralelismos entre el aposematismo de los insectos y el suicidio humano. Ambos fenómenos facilitan un pequeño número de muertes para beneficiar la aptitud biológica de muchos. La muerte de un insecto aposemático condiciona a un depredador para evitar otros insectos parecidos en el futuro. Del mismo modo, un suicidio puede aumentar la credibilidad de futuras amenazas o intentos de suicidio y condicionar a la sociedad para tomárselas en serio. Si contextos particulares provocan un comportamiento suicida en humanos, un suicidio consumado puede incrementar las acciones tomadas por los miembros de la comunidad para proteger a otras personas propensas al suicidio. El depredador sería ese contexto o la propia sociedad, mientras que las víctimas de suicidio serían las presas que buscan escapar de contextos de baja aptitud biológica. Bajo este prisma, los genotipos que provocan un comportamiento suicida en ciertos contextos podrían resultar adaptativos, ya que actuarían como alertas o bioindicadores para el conjunto de la sociedad. Este concepto de condicionar a la sociedad mediante el suicidio para prevenir o aliviar contextos de baja aptitud biológica puede denominarse “aposematismo psicológico”. El aposematismo psicológico opera a nivel social, trascendiendo las relaciones familiares e interpersonales.

Otro modelo evolutivo del suicidio, denominado el modelo de negociación (bargaining model), sugiere que los intentos de suicidio representan gritos honestos de ayuda, mientras que los suicidios consumados ocurren raras veces como un resultado desafortunado. Las secuelas económicas, sociales y emocionales del suicidio son tan terribles para los familiares y la comunidad que este a menudo se malinterpreta como un acto interpersonal más que privado. A veces se considera que los suicidios están motivados por el deseo de vengarse o de manipular a otros. Pero los que intentan suicidarse a menudo explican sus propias acciones como un intento desesperado de cambiar una situación vital intolerablemente dolorosa. El estado mental suicida es ambivalente: las personas pueden decidir morir pero simultáneamente esperar ser rescatadas. La diferencia entre el aposematismo psicológico y el modelo de negociación del suicidio es que el primero sugiere que un pequeño número de suicidios consumados facilita la aptitud biológica de otras personas propensas al suicidio, mientras que el último supone que el suicidio consumado no puede ser adaptativo. Pero, ¿las amenazas o los intentos de suicidio serían herramientas de negociación eficaces si nadie se matara nunca? Los suicidios consumados proporcionan un poder de negociación real.

Los insectos aposemáticos tienden a vivir gregariamente (en proximidad geográfica), de modo que los depredadores tienen la oportunidad de entrar en contacto con varios individuos (en proximidad temporal). El gregarismo de los insectos aposemáticos parece estar diseñado para hacer clara la relación de causa y efecto entre su coloración de advertencia y sus efectos nocivos, acelerando el condicionamiento aversivo en los depredadores. De manera análoga, la sociedad podría ser condicionada con más éxito en contra de permitir contextos de baja aptitud biológica si se producen varios suicidios en proximidad temporal y geográfica. El agrupamiento de suicidios ilustra con más fuerza que un solo suicidio qué factores sociales y psicológicos son tan intensamente indeseables. A su vez, esto motivaría a la comunidad a aliviar estos factores como medio de prevenir futuros suicidios. La propagación de información a través de los medios de comunicación hace posible que el aposematismo psicológico trascienda los límites geográficos.

Poner el punto de mira en el contexto nos lleva a la reflexión de que quizás los humanos nos suicidamos porque nuestras sociedades son inhabitables. Que posiblemente no hemos llegado a ser el único animal que se suicida porque seamos más inteligentes o más libres que el resto sino porque somos la única especie que es incapaz de soportar sus condiciones de vida. Aparentemente los demás animales no se matan: se dejan morir o les matan. Si la fauna silvestre no tiene problemas de salud mental, si los comportamientos autodestructivos solo aparecen en los animales cautivos o domésticos, entonces habría que culpar al ambiente antrópico. Tal vez los otros animales no se suicidan porque aún no han aprendido a hacerlo. Pero si seguimos haciendo que su existencia sea insoportable, puede que acabemos forzándoles a encontrar esa salida, igual que tal vez tuvimos que hacer nosotros.

3) EL SUICIDIO HUMANO DESDE UNA PERSPECTIVA SOCIOCULTURAL

3.1) Historia

El suicidio humano es universal. Hasta donde se sabe, ninguna cultura está completamente libre del problema. Este comportamiento no es un producto de los estilos de vida modernos y urbanos. La ubicuidad del rasgo y su antigüedad hacen pensar que probablemente ya existía entre los humanos del Paleolítico que se dispersaron desde África. Pero aunque el suicidio es una práctica que siempre ha estado presente en las sociedades humanas, la forma de interpretarlo y de actuar ante él ha ido cambiando a lo largo de la historia.

Entre los egipcios, los griegos y los romanos, el suicidio era aceptado en las clases altas pero no en las bajas, puesto que se consideraba que los esclavos y los siervos no eran dueños de sus vidas y con su muerte perjudicaban a sus amos. En la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, se relatan suicidios. Por ejemplo, Judas se ahorcó por haber traicionado a Jesús. También se habla de suicidios por honor, que no se condenan, por ejemplo de mujeres que prefirieron morir antes de ser violadas. Pero el cristianismo supuso un cambio de postura, ya que empezó a tratar el suicidio como un pecado mortal instigado por Satán que va en contra del Quinto Mandamiento. Como Dios es quien otorga la vida y los sufrimientos, estos tienen que ser respetados. San Agustín destacó especialmente por defender este tipo de opiniones. La visión cristiana del suicidio coincide con la de otras religiones monoteístas, como el judaísmo y el islamismo, que ven al suicida como un asesino de sí mismo.

Históricamente el suicidio ha sido castigado negando la sepultura cristiana en camposanto, con la excomunión, la amenaza de condenación eterna en el Infierno, el escarnio público del cadáver o penas de prisión a quienes intentaban quitarse la vida. Incluso se llegaba a juzgar al muerto y el cuerpo era ahorcado en el cadalso, quemado y arrastrado por las calles. La familia del suicida también sufría la deshonra y la marginación, y se le arrebataba la herencia. La persecución del suicidio ha estado relacionada tradicionalmente con la prohibición de disponer de una vida que no pertenece a uno mismo sino a Dios o a un amo/Estado. Con el desarrollo de la medicina y la psicología, el estigma de la locura reemplazó al del delito o el pecado. Actualmente el suicidio se percibe más bien como una conducta marginal que va en contra de la razón y la normalidad. A pesar de ello, la Iglesia católica aún lo condena y, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 2014 el suicidio todavía era delito en 35 países.

A veces es difícil marcar el límite entre suicidio o inmolación. Por ejemplo, es conocido el suicidio colectivo de los habitantes de Numancia para evitar caer en manos de los romanos y ser convertidos en esclavos. Sin embargo, puede opinarse que este no sería un caso típico de suicidio, igual que el de los terroristas suicidas, los pilotos kamikazes o los monjes budistas que se queman a lo bonzo, ya que supuestamente estas personas no se matan porque piensen que la vida no merece la pena sino por unos ideales. Quizás en estos casos sea más correcto hablar de inmolación que de suicidio, ya que “inmolarse” es “dar la vida, la hacienda, el reposo, etc., en provecho u honor de alguien o algo” (“inmolar” es “sacrificar una persona o un animal como ofrenda a una divinidad”). Pero, al mismo tiempo, no puede negarse que en estos ejemplos también existe un componente de sufrimiento psicológico y de rechazo ante unas determinadas circunstancias vitales.

3.2) Datos hoy en día

Actualmente, según la OMS, el suicidio es una de las principales causas de mortalidad humana y supone un grave problema de salud pública. Se estima que cada año se suicidan un millón de personas en el mundo, lo que convierte al suicidio en la principal causa mundial de muertes violentas: mueren más personas por suicidio que por guerras y homicidios combinados. Según datos de 2008, la tasa media mundial es de 16 personas por cada 100.000, aunque existen grandes diferencias entre los países. En Japón el suicidio es un importante problema social y Cuba tiene la tasa más alta de Latinoamérica (18,5 por 100.000), superando a Estados Unidos. En España la tasa de suicidio es de 8 personas por 100.000 y se suicidan unas 10 personas cada día (más de 3.000 muertes anuales). No obstante, la incidencia real puede ser mayor, con quizás una quinta parte de los suicidios no declarados en las estadísticas oficiales, ya que muchos casos se clasifican erróneamente como muertes por otras causas o causas desconocidas. Por ejemplo, aproximadamente un 10% de los accidentes de tráfico podrían ser suicidios encubiertos. Esto hace que las cifras de suicidio estén subestimadas.

Se estima que por cada suicidio consumado hay de 20 a 25 intentos fallidos. El suicidio consumado y el intento de suicidio son, en cierta medida, fenómenos distintos: mientras que los jóvenes y las mujeres realizan más intentos, los suicidios consumados son más frecuentes entre los ancianos y los hombres. El suicidio de hombres triplica al de mujeres, aunque el grupo sociodemográfico con mayor riesgo de ideación e intentos de suicidio son las mujeres jóvenes. El suicidio infantil existe pero es raro en niños menores de 10 años y prácticamente desconocido en menores de 5 años. Entre los métodos más utilizados para quitarse la vida se encuentran el ahorcamiento, las armas de fuego, el salto al vacío y el ahogamiento, si bien existen diferencias en función del país y el género. Por ejemplo, en Estados Unidos el método más habitual es el arma de fuego. Las mujeres suelen preferir métodos menos violentos, como la sobredosis de medicamentos.

3.3) Causas

Las causas de los suicidios consumados se investigan mediante una técnica denominada “autopsia psicológica”. No existe una única causa que explique el suicidio. Los estudios han identificado cientos de factores de riesgo, como el abuso sexual o físico, la ruptura de lazos familiares, la ruina económica, el desempleo, la enfermedad grave o degenerativa, la marginación o la emigración. Las conductas suicidas son más comunes entre personas con intentos de suicidio previos o con trastornos mentales, entre mujeres jóvenes, solteras y desempleadas, o entre jóvenes homosexuales y transexuales. El aislamiento social, la ausencia de amigos cercanos y familiares, se ha asociado con el suicidio en adultos y adolescentes. Por ejemplo, hay mayor incidencia de suicidios entre personas que viven solas que entre quienes viven en pareja. Los sentimientos de soledad, desesperanza o baja autoestima son frecuentes. Pero no hay una combinación de variables que prediga el suicidio. Desconocemos por qué, cuándo y entre quiénes se producirá el comportamiento suicida. Solo sabemos que el suicidio es un recurso que algunas personas utilizan en caso de sufrimiento extremo, ya sea físico o emocional.

En la mayoría de los casos, los suicidios están relacionados con un problema de salud mental. El resto se debe a un sufrimiento físico. Más del 90% de los suicidas han sufrido depresión, alcoholismo o abuso de drogas, u otros trastornos mentales. En concreto, el trastorno depresivo y la adicción al alcohol tienen una gran correlación con la ideación, planificación e intentos de suicidio. En aproximadamente un tercio de los casos de suicidio hay un historial de dependencia del alcohol, y entre un 5-10% de los alcohólicos acaba suicidándose. Aunque el alcoholismo puede ser una causa o un síntoma, en cualquier caso es un importante indicador de riesgo. El suicidio representa la evidencia más dramática de los problemas psicológicos que existen en las sociedades humanas. Sin embargo, los suicidas no suelen ser enfermos mentales crónicos sino personas que sufren un episodio más o menos duradero de depresión o ansiedad, o que experimentan temporalmente un sentimiento profundo de soledad o infelicidad.

Hay una idea generalizada de que las poblaciones con menos recursos no experimentan sufrimiento psicológico porque se dedican a sobrevivir. Pero los problemas de salud mental no son cosa de ricos. De hecho, hay una estrecha relación entre la enfermedad mental y la pobreza o las desventajas sociales. Es erróneo pensar que los países expuestos a periodos de hambrunas, epidemias o guerras son inmunes a la depresión. Los suicidios aumentan en situaciones de crisis sociopolítica o recesión económica. Asimismo, se piensa comúnmente que el peligro de muerte revaloriza la vida o que la capacidad humana para sobreponerse al horror es enorme. Sin embargo, los suicidios eran muy frecuentes en los campos de concentración nazis y una vez fuera de ellos. También son habituales los suicidios de veteranos de guerra. Por ejemplo, entre los argentinos que participaron en la Guerra de las Malvinas hubo más muertos por suicidio que en combate.

3.4) Silenciamiento

A veces ocurre una agregación inusualmente alta de suicidios en proximidad temporal y/o geográfica. El suicidio se comporta como una enfermedad contagiosa, ya que los miembros de un grupo social se vuelven propensos al suicidio a través de la exposición a un suicidio inicial. El fenómeno de los suicidios por imitación se conoce como “efecto Werther”. Este término se deriva de una novela escrita por Goethe en el siglo XVIII, “The Sorrows of Young Man Werther” (1774), en la que el protagonista, llamado Werther, se quita la vida por un amor no correspondido. Tras la publicación de este libro, se produjo una ola de suicidios en varios países europeos, hasta el punto de que la obra tuvo que ser prohibida por las autoridades. Estos suicidios fueron similares en edad y sexo al protagonista, e imitaron su método letal y su manera distintiva de vestir.

El efecto Werther es real y conlleva un aumento del número de suicidios, así como una imitación del método o del lugar. Si se habla de suicidio, la idea puede anidar en quien no lo había considerado o animar a quien ya se lo hubiera planteado, sobre todo si se identifica con la víctima del suicidio original. Si alguien lo hace antes, se convierte en concebible. Los suicidas utilizan la información que les llega desde diferentes medios (libros, películas, noticias, conocidos, etc.) Hay estudios que indican que las cifras de suicidio aumentan después de que la noticia de un suicidio concreto aparezca en los medios de comunicación, sobre todo cuando el nivel de publicidad dado a la historia es elevado. Por ejemplo, después del suicidio de Marilyn Monroe, las tasas de suicidio aumentaron un 12% y un 10% en Estados Unidos y Reino Unido, respectivamente. Y más recientemente, se observó un aumento del 10% después del suicidio del popular actor Robin Williams. Este efecto también se ha notado tras la emisión de películas relacionadas con el suicidio. El fenómeno de los suicidios imitativos apoya la idea de que el suicidio sea un comportamiento aprendido más que instintivo.

El miedo a que se produzcan oleadas de suicidios por el efecto Werther ha tenido como consecuencia un pacto de silencio. Para el periodismo el suicidio no es una noticia en sí mismo. Solo se habla de ello si hay un personaje público implicado o si quien se suicida es un hombre tras haber asesinado a una mujer. Pero la censura o la desinformación también son peligrosos, por lo que la clave estaría en la manera de abordar la información. Algunas recomendaciones al dar noticias de suicidios son no ahondar en los casos individuales, no explicar el método ni el lugar, no caer en el sensacionalismo, no homenajear al suicida o facilitar formas de solicitar ayuda. Puesto que el primer paso para resolver un problema es conocer su existencia, aumentar la conciencia social sobre el suicidio podría ayudar a prevenirlo.

Aparte del temor al contagio, el silenciamiento del suicidio se debe al tabú y al estigma social que todavía rodean a esta conducta. Aunque el suicidio ya no es un delito en la mayoría de los países del mundo, se sigue hablando de “cometer suicidio”, lo que tiene connotaciones de ilegalidad o inmoralidad. A veces los suicidios son ocultados por familiares, autoridades o víctimas. Incluso los suicidas pueden intentar que parezca un accidente, con el fin de proteger a sus allegados. Quienes sobreviven a un suicida sufren estrés postraumático. Es habitual que sientan una gran culpabilidad y que necesiten encontrar una explicación. A pesar de esto, las familias de los suicidas suelen recibir poca comprensión y apoyo social, siendo frecuentes las dificultades económicas y el rechazo de la comunidad. Los efectos emocionales para los niños en duelo por un suicidio pueden ser particularmente graves: culpabilidad, vergüenza, un mayor riesgo de enfermedad mental y una mayor probabilidad de que ellos mismos se suiciden.

3.5) Soluciones

La prevención del suicidio se orienta principalmente a conseguir dos objetivos: aliviar la angustia mental que motiva el suicidio, mediante fármacos o psicoterapia, y restringir el acceso a los medios para suicidarse.

3.5.1) Restringir el acceso a medios letales

Limitar la disponibilidad de los medios para suicidarse es eficaz como estrategia preventiva. Las crisis suicidas suelen ser transitorias. A menudo, se precipitan rápidamente y se disipan en cuestión de días, horas e incluso minutos. Las personas con angustia emocional extrema probablemente encuentran difícil idear y ejecutar planes de cualquier tipo. Para alguien que está confundido y a quien le cuesta tomar decisiones, incluso una pequeña complicación, como que los medicamentos se vendan en formatos pequeños o encontrar trabas para la posesión de armas de fuego, podría ser suficiente para impedir un intento de suicidio, al menos por el momento. Si se levanta un obstáculo suficiente para hacer frente al riesgo inmediato, se gana tiempo. Además, evitar un suicidio mediante medidas disuasorias a menudo previene futuros intentos. Este tipo de medidas son especialmente relevantes en lugares donde ocurren agrupaciones de suicidios, por ejemplo la instalación de redes en el puente Golden Gate de San Francisco.

3.5.2) Aliviar el dolor psicológico

Desde un enfoque farmacológico, la depresión es una enfermedad causada por desequilibrios bioquímicos en los procesos cerebrales que regulan el estado de ánimo. Sin embargo, el uso de psicofármacos que interfieren en dichos procesos a menudo no soluciona el problema. Según la perspectiva evolutiva, el dolor contiene información biológicamente importante sobre la presencia de una amenaza para la aptitud biológica. Hasta que se aborde la amenaza, el dolor persistirá. Un tratamiento farmacológico que solo busque suprimir el dolor o los síntomas de trastorno mental probablemente no reducirá el riesgo de suicidio, a menos que también se aborde la causa subyacente. En general, los trastornos mentales como la depresión o la ansiedad remiten cuando desaparecen las situaciones vitales negativas o cuando tienen lugar acontecimientos positivos. Además, algunos estudios cuestionan la eficacia de los antidepresivos. Se ha observado que el placebo puede ser igual de eficaz en la depresión moderada, mientras que la diferencia es pequeña en caso de depresión severa. El placebo influye en la química cerebral y mejora el humor, y es igual de beneficioso que los antidepresivos o el hipérico si viene acompañado de atención médica, sencillamente porque las personas nos sentimos mejor cuando alguien nos hace caso y nos cuida.

Existen unas señales de alerta que permiten identificar a una persona que experimenta un dolor psicológico profundo: cambios de humor o personalidad, depresión, apatía, pesimismo, irritabilidad, comer en exceso o demasiado poco, dormir en exceso o sufrir insomnio. Otros indicios pueden hacer pensar que existe un riesgo de suicidio inminente: desprenderse de objetos de gran valor sentimental, hacer testamento o declarar el afecto como despedida, buscar métodos para quitarse la vida (información, armas, medicamentos, etc.) o manifestar pensamientos suicidas. Si bien el sufrimiento es subjetivo, las pérdidas sociales, como un duelo o un divorcio, y los eventos traumáticos, como accidentes de tráfico o agresiones, son situaciones angustiosas para la mayoría de la población. Además, como se ha indicado, los trastornos mentales están relacionados con el dolor emocional y su aparición debería ayudar a detectar a las personas que necesitan ayuda. Anteriormente se ha expuesto que el tabú y el estigma podrían proporcionar un cierto grado de protección frente a la ideación suicida. Pero, al mismo tiempo, pueden provocar que las personas prefieran olvidar, negar o al menos no mencionar sus tendencias suicidas. Por este motivo, hacer una simple pregunta como “¿Estás pensando en el suicidio?” puede ser decisivo.

El dolor psicológico se alivia con una intervención que proporcione a la persona una relación de apoyo y empatía. Por ejemplo, la psicoterapia es efectiva a largo plazo como tratamiento de la depresión. Sin embargo, los trastornos mentales reciben poca atención. Muchas veces no se diagnostican, no se tratan o no se tratan adecuadamente. Como explica Juan Carlos Pérez Jiménez en su ensayo sobre el suicidio: “El comportamiento suicida suele ser resultado de actos impulsivos y los sentimientos autodestructivos más fuertes suelen ser producto de crisis pasajeras. La persona en una situación de crisis suicida suele estar dominada por pensamientos rígidos, drásticos y sin perspectiva, que hay que ayudar a frenar y contener”. El suicidio no es una cuestión privada, una consecuencia aceptable de una crisis personal, sino un importante problema de salud pública. Las personas que tienen pensamientos suicidas a menudo desean ser salvadas. Es necesario proporcionarles apoyo psicológico, así como a su familia y amigos.

Aunque muchos suicidios se pueden prevenir, su completa eliminación seguramente es una meta imposible. En España la mayor parte de la sociedad está a favor de la “eutanasia”, que se define como “intervención deliberada para poner fin a la vida de un paciente sin perspectiva de cura” y “muerte sin sufrimiento físico”. Y pronto este será uno de los pocos países del mundo donde la eutanasia sea legal. Pero de momento no se contempla el sufrimiento psicológico como un supuesto para solicitarla. Actualmente los suicidas se quitan la vida “en silencio, a escondidas y en la más completa soledad”, según lo describe Pérez Jiménez. Si fuera posible legalmente que las personas que experimentan un sufrimiento psicológico severo, insoportable, incurable y permanente solicitasen la eutanasia o el suicidio asistido, su muerte sería más digna, sin sordidez. Además, esto contribuiría a acabar con el secretismo que rodea al suicidio, lo que podría facilitar que más personas reciban un tratamiento adecuado y continúen con vida.

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Etiqueta: suicidio
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