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El antitaurinismo es tan antiguo como la tauromaquia

"Y la gente pagaba dinero por ver estas cosas"

Algunos santuarios del Campo de Montiel tienen una peculiaridad que no se da en todas las regiones españolas: incluyen una plaza de toros. A veces la plaza está junto al santuario, como ocurre en el de Nuestra Señora de la Antigua de Villanueva de los Infantes. En otros casos la plaza se encuentra dentro del santuario, en su patio central, como en el de Nuestra Señora de la Carrasca, localizado entre Carrizosa y Villahermosa. Probablemente a los naturales de esta comarca les parecerá una coincidencia de lo más normal. Sin embargo, los datos históricos desmienten la idea de que la religión católica y los espectáculos taurinos siempre han formado parte de una misma forma de entender el mundo.

Santo Tomás de Villanueva nació en Fuenllana en 1486, aunque pasó su infancia y juventud en Villanueva de los Infantes. Como sacerdote de la Orden de San Agustín y posteriormente como arzobispo de Valencia, es recordado por su caridad hacia los pobres, los enfermos y otros colectivos desfavorecidos. Murió en 1555 y fue canonizado en 1658. Actualmente es el patrón de Villanueva de los Infantes, donde existe una calle con su nombre y una estatua en su honor, entre otros reconocimientos. Pero, ¿cuántos infanteños saben que su santo patrón fue un gran antitaurino?

En el siglo XVI Santo Tomás de Villanueva clamó desde el púlpito contra la tauromaquia, por considerarla un espectáculo bestial que debía ser prohibido. Respecto a las corridas de toros, el santo dijo: “¿Hay brutalidad mayor que provocar a una fiera para que despedace hombres? ¡Oh duro espectáculo! ¡Oh juego cruelísimo!” Paradójicamente su canonización se celebró en varios lugares de España organizando corridas, a pesar de la oposición de algunos religiosos. ¿Qué pensaría este teólogo si hoy pudiera ver la plaza de toros junto al santuario del pueblo en el que creció?

Algo parecido puede decirse de Francisco de Quevedo, el escritor del Siglo de Oro español (entre los siglos XVI y XVII) que tan bien conocía el Campo de Montiel y cuyos restos descansan en la iglesia de San Andrés de Villanueva de los Infantes, por ser la población donde murió. Quevedo sentía repugnancia por las corridas de toros, que le parecían inhumanas, y entendía que el toro es simplemente “el marido de la vaca”. Sin embargo, actualmente esta localidad saca partido turístico a la figura de Quevedo omitiendo su pensamiento antitaurino.

El antitaurinismo español tiene al menos ocho siglos de antigüedad, puesto que el rey Alfonso X “El Sabio” ya calificó a los toreros como infames en el siglo XIII. Y Fray Luis de Escobar, un religioso y erudito del siglo XV, escribió que es “muy torpe crueldad, un animal inocente, matarlo tan cruelmente, por pura vanidad”. Desde entonces, los espectáculos taurinos han sido criticados en todas las épocas. No obstante, el pensamiento antitaurino ha existido fundamentalmente desde el siglo XVI hasta el XXI. El antitaurinismo no es una moda propia de las sociedades modernas sino una corriente intelectual que forma parte de la historia y la cultura de nuestro país. Históricamente los argumentos antitaurinos se han dividido en cuatro grandes grupos: el maltrato animal, el efecto nocivo de la violencia en la sociedad, la mala imagen de España ante el resto del mundo y el uso de dinero público para fomentar estos espectáculos.

Uno de los fundamentos del pensamiento antitaurino español es que el sufrimiento animal nunca puede servir de entretenimiento. Algunos tormentos a los que el ser humano ha sometido a los toros para divertirse son acosarlos hasta que se despeñaran por un precipicio, provocar que se ahogaran en el agua, herirlos con una gran variedad de armas (arpones, cuchillos, lanzas, espadas, flechas, dardos, garrotes, etc.) o quemarlos vivos tras envolverlos en una manta repleta de cohetes y pólvora.

Además de los toros, en la tauromaquia se han utilizado otros animales como los caballos, los perros, los burros o las vacas. Durante siglos, en las plazas de toros fue frecuente soltar a perros de presa para que atacaran al toro, a veces cuando era demasiado peligroso o difícil de torear. También soltaban a los perros cuando el toro, por miedo, no embestía. Los perros se sujetaban a las orejas, el morro y el vientre del toro, impidiéndole moverse e hiriéndole. Algunos perros, que eran azuzados con palos, también resultaban heridos o muertos por el toro. Y hasta bien entrado el siglo XX, los caballos salían a la arena sin ninguna protección. Por cada toro muerto, como mínimo morían dos caballos atravesados por las astas. El sufrimiento y la muerte del caballo formaban parte del espectáculo. Ha habido épocas en España en que se mataban hasta 18 toros en una única corrida, más de 50 animales entre toros y caballos.

Algunas de estas prácticas violentas han desaparecido con el tiempo, a medida que la sensibilidad de la sociedad española ha ido cambiando, como el desjarrete, el uso de la media luna o las corridas burlescas (charlotadas). A veces, unas prácticas se han sustituido por otras incluso más crueles. Cuando los taurinos dejaron de usar perros de presa inventaron las banderillas de fuego, que tenían cohetes o petardos acoplados y explotaban al entrar en contacto con la piel del toro, quemándole. Las banderillas de fuego se prohibieron en 1928 pero, al mismo tiempo, se determinó que si el toro no era todo lo fiero que se esperaba, se le clavaran cuatro pares de banderillas ordinarias, más de las habituales. Ya fuera mediante perros o banderillas, el público ansiaba castigar al toro manso.

Actualmente en la tauromaquia se siguen aplicando técnicas de tortura contra los toros y los caballos, como clavar banderillas, el descabello, la tienta y la pica del toro. También han perdurado otros espectáculos taurinos aparte de las corridas. Por ejemplo, el toro embolado, que consiste en acosar a estos animales tras colocarles sendas bolas de fuego en sus astas, fue descrito a principios del siglo XIX y continúa celebrándose en muchos pueblos de España cada verano.

En contra de toda lógica, hay taurinos que se atreven a negar que el toro sufra cuando forma parte de este tipo de eventos, incluso afirman que es feliz. Ante los argumentos de los antitaurinos, suelen sostener que los que se oponen a las corridas no saben nada de tauromaquia y por eso la critican. Otras veces se presenta al toro como una bestia con instinto asesino. Sin embargo, el toro ha sido reconocido desde muchos siglos atrás como un animal inofensivo, un rumiante, un buey, un herbívoro que solo quiere pastar tranquilo en el campo. Es un ser afectivo y no especialmente valeroso. Entonces, ¿cómo consiguen que sea “bravo”? Criándolo en dehesas, sin contacto con personas o con otros animales para que no se domestique ni se acostumbre a los espacios cerrados. En la plaza, el miedo ante lo que desconoce hace que intente huir. Pero no puede escapar y, al mismo tiempo, es acosado y herido. Entonces ataca para defender su vida.

Como se verá a continuación, algunos de los más grandes pensadores españoles han levantado su voz contra la tauromaquia a lo largo de los siglos. El antitaurinismo es transversal, no entiende de ideologías políticas o creencias religiosas. En España se han presentado numerosas propuestas de abolición de las corridas de toros, tanto por políticos conservadores, monárquicos y católicos como por otros más progresistas. Se trata de una cuestión que solo atañe a los valores y la sensibilidad de las personas.

Ya en los siglos XVI y XVII, autores religiosos y seglares denunciaron la tauromaquia por su crueldad hacia el toro. En el Renacimiento español (siglo XVI) hubo intelectuales antitaurinos que hablaban del “tormento de los toros perseguidos” y “heridos por pértigas, espadas y piedras”, que consideraban que estas acciones eran vergonzosas y que entendían que los toros sienten y sufren. Por ejemplo, el humanista del Renacimiento español Gabriel Alonso de Herrera se preguntaba qué placer puede haber en matar con tal crueldad a un animal inocente y pacífico como el toro. Algunos religiosos de aquella época pensaban que la tauromaquia iba en contra de la moral cristiana y los valores humanos. También en el siglo XVI se criticaba que los espectáculos taurinos se hubieran convertido en una industria nacional y había quien denunciaba que el dinero gastado en las corridas y en la construcción de plazas de toros podría destinarse a partidas más provechosas, por ejemplo a educación.

Los intentos de abolición de la tauromaquia son casi tan antiguos como las propias corridas. La primera prohibición histórica de la tauromaquia fue promulgada por el Papa Pío V en 1567 mediante una Bula papal, como consecuencia de una campaña antitaurina puesta en marcha por la Compañía de Jesús. El Papa consideraba que las corridas eran opuestas a la piedad y la caridad cristianas, un espectáculo más propio de demonios que de hombres. Para que las corridas desaparecieran de la cristiandad, este papa amenazó con excomulgaciones, entierros sin sepultura eclesiástica y condenación eterna al infierno. Pero el rey Felipe II, taurino, consiguió que España quedara al margen de la Bula. La única consecuencia para nuestro país de aquella iniciativa del humanismo cristiano fue que durante mucho tiempo las corridas no pudieron celebrarse los domingos ni las fiestas de guardar, porque si no nadie iba a misa sino a los toros.

Antes de la Ilustración (siglos XVII-XVIII) en Europa eran muy populares los espectáculos públicos basados en la tortura de animales, por ejemplo las peleas de perros contra osos o toros. Las corridas de toros no eran exclusivas de España sino que también se celebraban con frecuencia en otros países europeos como Italia. No obstante, con la llegada de la Ilustración, estos espectáculos tendieron a desaparecer en la mayor parte de Europa. El pensamiento ilustrado ya no consideraba aceptables ciertas conductas humanas del pasado, como quemar brujas o torturar herejes. Pero la Ilustración tuvo poco arraigo en España debido a la oposición de la Iglesia y la nobleza de la época, que temían perder su poder y privilegios.

En aquel momento existían españoles críticos con las corridas de toros por considerarlas incompatibles con la era de la razón, el conocimiento y la ciencia. Por ejemplo, Jovellanos señaló a las corridas como enemigas de la educación pública y pensaba que no aportaban nada provechoso al interés general, por lo que debían ser abolidas. La tauromaquia se percibía como un obstáculo para el progreso cultural, social y educativo del país, un freno para conseguir que España se equiparara al resto de Europa. Esta costumbre formaría parte de la España de la superstición, la ignorancia y el fanatismo.

Cuando se celebraba un “día de toros”, la corrida duraba todo el día y se mataban hasta 20 toros. En esa época era habitual que se produjeran disturbios durante las corridas. El público era irascible y violento, no solo contra los animales sino también contra las autoridades. A menudo había peleas y muertes entre los asistentes. Personajes de otros países europeos (ingleses, franceses, italianos) que visitaron España en los siglos XVIII y XIX describieron las corridas de toros como espectáculos primitivos, crueles y salvajes, una carnicería. En sus grabados de la serie Tauromaquia, Francisco de Goya reflejó la pica, las banderillas, el descabello y el desjarrete, así como la suelta de perros para que atacaran al toro manso que no embiste, todas ellas prácticas comunes en su época. Mediante sus obras, Goya no ensalzó las corridas sino que las denunció, reflejando su violencia y crueldad con crudeza.

Los ilustrados españoles estaban preocupados por la mala imagen de nuestro país en el extranjero y se defendían diciendo que muchos españoles estaban en contra de esta barbarie. Algunos consideraban que había que proteger a los menores frente a la tauromaquia, no permitiéndoles acudir a estos eventos. De otro modo, la educación de los niños se vería comprometida, puesto que contemplar estos espectáculos anularía su compasión y su sensibilidad, acostumbrándolos a la violencia desde pequeños. También se criticaba el perjuicio económico que suponía que la gente dejara de trabajar para ir a las corridas de toros, con una actitud de “Vuelva usted mañana”, así como la pérdida de recursos por la muerte de caballos y toros, que podían haber sido utilizados para otros fines más prácticos.

En este contexto, tuvo lugar el segundo intento de prohibición de las corridas de toros. El rey Carlos III las prohibió en España en 1785, aunque en la ley aún se permitían algunas excepciones. Los taurinos tomaron la excepción como regla y el rey tuvo que dictar otra ley en 1786 prohibiendo todas las corridas en todo el país menos en Madrid. Sin embargo, la tauromaquia mostró una vez más su carácter recalcitrante, ya que las corridas se siguieron celebrando en algunas ciudades y pueblos con la pasividad de las autoridades, que a veces temían que se produjeran revueltas. Y de nuevo Carlos III se vio obligado a dictar otra ley en 1787 reclamando que se hiciera respetar lo legislado. Cuando Carlos III murió, su hijo Carlos IV promulgó en 1805 la ley antitaurina más estricta de nuestra historia, que prohibió todas las corridas de toros y de novillos “de muerte”. Lamentablemente la picaresca de los taurinos volvió a manifestarse: siguieron lidiando toros y novillos hasta que quedaban malheridos, momento en el que los sacaban fuera de la plaza, donde los remataban. En 1807 y tras 15 años de trabajo, José Vargas Ponce terminó de escribir el libro más antitaurino que se conoce, “Disertación sobre las corridas de toros”, si bien esta obra quedó inédita hasta 1961.

La prohibición de las corridas de toros siguió vigente hasta que las tropas francesas de Napoleón invadieron nuestro país y José Bonaparte celebró su proclamación como nuevo rey de España en 1808 con dos corridas. A partir de ese momento, las corridas de toros fueron utilizadas con un fin político tanto por los invasores franceses como por la resistencia española. Los franceses pretendían ganarse el favor del pueblo dándoles entretenimiento, mientras que los españoles usaron la tauromaquia para fomentar el nacionalismo español. Cuando la guerra de la Independencia terminó y Fernando VII llegó al trono en 1814, España desanduvo los pocos avances que había hecho y volvió atrás en el tiempo. Este monarca, que restauró la Inquisición y cerró las universidades, también olvidó las leyes antitaurinas de su padre y su abuelo.

Fernando VII era partidario del “pan y toros”, que es la versión española del “pan y circo” romano. Consiste en entretener al pueblo como una forma de control social. El planteamiento es sencillo: si el pueblo está distraído con diversiones embrutecedoras, será más dócil y manipulable. El fomento de las corridas de toros por los gobernantes ha tenido ese objetivo desde hace mucho tiempo. La cuestión del “pan y toros” ha sido tratada en España desde los siglos XV y XVI. Y fue denunciada en el siglo XVIII a través de un libro de León de Arroyal, que circuló clandestinamente en forma de copias manuscritas.

Además, Fernando VII fomentó la tauromaquia como una cuestión de Estado. La propaganda bélica que se utilizó en la guerra contra los invasores franceses fue la que acabó convirtiendo las corridas en la “fiesta nacional”. Desde entonces, ser antitaurino es como ir contra España. Mientras otros países europeos evolucionaron gracias a la Ilustración, nuestro país se aisló del exterior y convirtió la religión católica y las corridas de toros en su seña de identidad.

Durante el siglo XIX, autores como Mariano José de Larra miraban con envidia a otros países europeos y pensaban que el atraso social, cultural y científico de España era en parte causado por el embrutecimiento que las corridas de toros generaban en el público. Larra consideraba que España debía afrontar profundos cambios sociales, políticos y económicos que permitirían posicionar al país a la altura del entorno europeo y que incluían dejar atrás las corridas. Estas eran vinculadas con personas holgazanas, que dedicaban demasiado tiempo a la fiesta y el alcohol, en lugar de estudiar, trabajar o cultivar otras formas de ocio más edificantes. En esa época, en España se criticaba que se destinara más dinero público a las corridas que a la enseñanza y hubo iniciativas políticas para prohibir o limitar el gasto público en espectáculos taurinos. También se planteó la prohibición del acceso a las plazas de toros a los menores.

El pensamiento antitaurino español estuvo limitado a una élite intelectual (pintores, escritores, periodistas, políticos, filósofos, historiadores, etc.) durante mucho tiempo. Pero a finales del siglo XIX se produjo un importante punto de inflexión. A medida que en España se universalizaba la educación, las ideas proteccionistas hacia los animales se extendieron a otros sectores sociales. En ese momento surgieron sociedades protectoras de animales y asociaciones desde las que la sociedad civil empezó a combatir los espectáculos taurinos. La primera sociedad protectora de animales española surgió en Cádiz en 1872. Esta sociedad convocó un certamen literario antitaurino y envió a las Cortes españolas una petición de abolición de las corridas en 1876. En los siguientes años aparecieron sociedades protectoras de animales en otras ciudades. Para aquellos pioneros, Europa era el modelo a seguir.

Asimismo, a finales del siglo XIX y principios del XX, los ciudadanos españoles empezaron a manifestarse para expresar su oposición a las corridas de toros. Los primeros actos multitudinarios antitaurinos conocidos en España tuvieron lugar en la primera década del siglo XX. Ya entonces se protestaba contra las corridas el mismo día que se celebraban, pidiendo su abolición y repartiendo folletos en las puertas de las plazas de toros. También se asistía a reuniones y fiestas culturales para reclamar el fin de la tauromaquia. Por ejemplo, en 1914 se organizó un festival cultural en Gijón, haciéndolo coincidir con la feria taurina de la ciudad. Se liberaron palomas y hubo exposiciones florales, recitales de poesía y conciertos. El público, que incluía familias con niños, quería demostrar que era posible entretenerse de manera pacífica y que había alternativas a los espectáculos taurinos como el baile, los deportes o la música. Este movimiento civil, que fue especialmente activo en Barcelona, estaba integrado por muchas asociaciones obreras y estudiantiles que mantenían contactos entre ellas, al tiempo que buscaban internacionalizar la causa antitaurina consiguiendo apoyos en el extranjero.

Durante los años 10 y 20 del siglo XX, el antitaurinismo se convirtió en una de las reivindicaciones propias del movimiento obrero. Desde su punto de vista, los espectáculos taurinos evidenciaban el atraso cultural y social de nuestro país, debido a que las fuerzas reaccionarias impedían su modernización y distraían al pueblo del pensamiento crítico. El socialismo, a diferencia de hoy, jugó un papel muy importante en el antitaurinismo de las primeras décadas del siglo XX. En sus orígenes, el PSOE propugnaba la abolición total de las corridas de toros, por ser un “espectáculo bárbaro y sangriento” y un obstáculo para la lucha de clases.

Entre los siglos XIX y XX vivieron en España numerosos antitaurinos ilustres, que veían a Europa como un modelo de prosperidad social y de progreso. Por ejemplo, Vicente Blasco Ibáñez dijo que la única bestia presente en las corridas de toros es el público. Consideraba que los espectáculos taurinos son un pasatiempo embrutecedor, contrario a la educación y la cultura, en el que se ignoran valores como la empatía o la compasión. Esta normalización de la violencia no solo afectaría al individuo sino a la sociedad. Y escribió: “Nos enseñaron de pequeños que [las corridas de toros] son muy divertidas, y lo repetimos como una verdad indiscutible, para que lo repitan luego nuestros hijos. Ningún español ha podido formarse un concepto propio y racional de esta fiesta”.

En el mismo sentido, Miguel de Unamuno calificó las corridas como salvajes, bárbaras y contrarias a la civilización, acusándolas de sumir en la incultura y la pobreza intelectual al pueblo español. Para Azorín, las corridas eran costumbres crueles y estúpidas. Antonio Machado también empatizaba con el toro y las condenó como espectáculo sangriento. Joaquín Costa o Leopoldo Alas “Clarín” pensaban que las corridas eran un lastre que impedía que España entrara en la modernidad y se opusieron a la tauromaquia por la degradación moral que supone divertirse con la crueldad hacia los animales. Emilia Pardo Bazán defendió poner en marcha una “cultura del sentimiento” que impulsara los valores de humanidad, compasión y piedad, mientras que en los toros se aprende a ser cruel, bárbaro e inhumano. Y calificó la fiesta nacional como la “demencia nacional”. El premio Nobel de medicina Santiago Ramón y Cajal se opuso a las corridas, ya que pensaba que denigraban a España en el extranjero, y defendió la abolición de la tauromaquia. Wenceslao Fernández Flórez, autor de El Bosque Animado, es otra figura fundamental del antitaurinismo español.

En las primeras décadas del siglo XX, ante el fracaso de los intentos de abolir la tauromaquia, esta se trató de regular. En 1928 se prohibieron las banderillas de fuego y se impuso la obligación de usar petos para proteger a los caballos. Y desde 1930 quedó prohibido que los menores de 14 años acudieran a las plazas de toros. Durante la II República española (1931-1936) se insistió en impedir ciertos espectáculos taurinos como las capeas, que llevaban 20 años prohibiéndose sin éxito, ya que los taurinos contaban con la complicidad de los alcaldes, que hacían la vista gorda. Y según una ley de 1935, “queda prohibido que sean corridos toros, novillos ni vaquillas, ensogados o en libertad, por las calles y plazas de poblaciones”.

Por desgracia, tras la guerra civil española, en otro ejemplo de involución histórica en España, llegó la dictadura franquista (1939-1975) y se recuperaron las políticas de “pan y toros”, como en los tiempos de Fernando VII. Y una vez muerto el dictador, la llegada de la democracia no supuso ningún avance en este tema. Incluso significó dar pasos atrás, como cuando José Luis Corcuera, ministro de Interior socialista y taurino, consiguió que en los años 90 volviera a permitirse que los menores de 14 años asistieran a las corridas de toros.

Ya en el siglo XXI, España sigue siendo identificada internacionalmente con las corridas de toros. Y otros espectáculos taurinos como los toros embolados o los toros a la mar son legales y reciben subvenciones públicas. Actualmente la tauromaquia es una forma de crueldad hacia los animales totalmente institucionalizada en España, que cada año recibe cientos de millones de euros de las arcas públicas, procedentes de fondos de la UE o de ayudas de los gobiernos central, autonómico, provincial o municipal. Y la televisión pública retransmite corridas de toros para todos los públicos. Sin este apoyo institucional, seguramente hoy la tauromaquia no sería posible. Esto es lo que se denuncia con el lema “No con mis impuestos”. Por otro lado, se sigue permitiendo que los menores asistan a estos eventos. La afición taurina se transmite de padres a hijos y los niños expuestos por su familia a la violencia de las corridas normalizan el maltrato animal, hasta el punto de que les resulta indiferente o incluso divertido.

En los últimos años, algunos gobiernos autonómicos han tomado iniciativas para prohibir o limitar severamente el ejercicio de la tauromaquia en regiones como Cataluña o Baleares. En Cataluña se aprobó la abolición de las corridas de toros en 2010, aunque se seguían permitiendo otros espectáculos taurinos como los “correbous”. Pero los taurinos, con el apoyo de algunos partidos políticos, consiguieron que las corridas dejaran de ser espectáculos públicos y pasaran a ser consideradas legalmente como un “patrimonio cultural”, por lo que ahora están protegidas por la Constitución española de 1978. Ante la abolición en Cataluña, el PP interpuso un recurso ante el Tribunal Constitucional, que en 2016 declaró inconstitucional la ley catalana. Afortunadamente, a pesar de que en el presente la tauromaquia tiene más protección legal que nunca, cuenta con un apoyo social mucho menor que en el pasado. Cada vez menos españoles acuden a las corridas y el número de festejos taurinos también sigue una tendencia descendente con los años.

¡Qué ironía! Tantos años de lucha y al final, como ocurrió con Francisco Franco, la tauromaquia posiblemente acabará muriendo de vieja. Y es que los espectáculos taurinos son un anacronismo propio de sociedades incultas. Las sociedades cultas prefieren otras formas más sutiles de crueldad.

BIBLIOGRAFÍA:

Codina Segovia, Juan Ignacio. 2018. Pan y toros. Breve historia del pensamiento antitaurino español. Plaza y Valdés. 238 páginas.

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